Archive for the tag 'escritura'

Escribir para la red

Ya sabeis que una de mis principales preocupaciones (antes era la única, pero uno va cambiando con los años, probablemente para peor) es la escritura. Los aspectos prácticas de la escritura. Y como la escritura e internet han llegado a estar tan absolutamente interrelacionados para mí, pues un manual sobre la escritura de textos en la red tenía que interesarme. Escribir para la red nos da unos cuantos consejos (de esos que luego nunca seguimos, al menos no del todo) para que la experiencia de leer blogs y cualquier texto en la red sea lo más agradable posible para el usuario. Una de las cosas más interesantes de las que habla es el tema de los enlaces. Estoy completamente de acuerdo con algunas de las visiones sobre el hipertexto que se mencionan en este trabajo. Creo que, mal usado, tiende a distraer la atención del lector. En concreto, hay una frase que suscribo plenamente: no todo lo que puede ser enlazado, debe ser enlazado. En los blogs cometemos este pecado con mucha frecuencia. Cada mención a una empresa, a un determinado software, suele convertirse en un enlace, aunque en ese momento no haya ninguna razón para mandar al lector a ver la página en cuestión, que ha podido ser mencionada de pasada.

En fin, espero que lo encontreis de utilidad. Ah, he llegado a este manual a través de Libro de notas (y pongo el enlace, en evidente contradicción con mis palabras).

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Pereza

Octaedro comenzó como un sitio en el que hablar sobre escritura. Escritura de ficción, sobre todo, que era lo que más me interesaba entonces, cuando comencé a leer bitácoras y a querer publicar una. Me proponía recoger páginas en las que se dieran consejos sobre cómo escribir mejor, eso que alguien ha llamado la “autoayuda” del escritor (algunas de esas páginas aún permanecen enlazadas aquí al lado). Entonces sólo me interesaba eso, debo confesarlo. Me recorría la red en busca de esas páginas, en busca de escritos de autores en torno a lo que significa escribir que alguien hubiera tenido la caridad de colocar en la red. Estaba en crisis de creatividad, “perdiendo la escritura”, en expresión de Adolfo.

No he recuperado la escritura, al menos la de ficción. Ya no recuerdo ni el tiempo que hace que no escribo un relato, que no muevo a un personaje por un escenario, ni pienso con imágenes. Por ahí, en mi disco duro, hay algunos relatos empezados, apenas apuntados, a los que no he vuelto. Al contrario de lo que pensé en un primer momento, Octaedro no me ha servido para recuperar esa escritura de ficción. Me ha servido para otra cosa, para descubrir la red en una dimensión que en aquel momento yo no conocía. Me ha servido para ver todo esto como algo vivo, que se desarrolla día a día, que va cambiando a velocidad de vértigo, algo a lo que cualquiera, de una de las muchas formas posibles, puede contribuir. A través de una bitácora, colaborando en la wikipedia, compartiendo enlaces. Defendiendo el software libre y el libre acceso a la cultura. Pero sobre todo, considerando a la red como un ámbito que es de todos y en el que todos colaboramos.

Pero nada de todo esto es incompatible con la escritura de ficciones. No hay excusa: si no escribo relatos, será otra la razón. La pereza, por ejemplo. Tengo delito.

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Escribir y no publicar

Adolfo me ha dado la solución, como siempre que tengo alguna duda en relación con la escritura. Sus cinco puntos sobre la vida sin blog son lo que vengo tratando de hacer desde hace unas semanas y no consigo, al menos plenamente. Estoy en su mismo caso, el trabajo y otras cuestiones personales me alejan de Octaedro y de la escritura en general, de la reflexión y la calma que siempre he asociado con ella. Pero tengo una moleskine en la que escribo de cuando en cuando y, sobre todo, anoto los libros que me llaman la atención y que leeré cuando vuelva a tener tiempo para mí. Y me siento un poco como él dice, como si estuviera escribiendo una bitácora, pero fuera de internet, una bitácora analógica, de papel y tinta.

Lo que ocurre es que cuando escribo y no publico, lo que escribo se me convierte en íntimo, casi impublicable. En Octaedro intentaba hablar de libros, de cultura, informar (dentro de la medida de mis posibilidades) de lo que llegaba a saber, a leer, a contemplar en un cine o en la pantalla de mi dvd (mi televisor). En la moleskine, en los otros cuadernos, hablo de mis perplejidades y zozobras, de mis dudas y de mis cabreos. Y, hoy por hoy, no se me ocurre una forma válida de trasladarlos a la bitácora. En lo que sí que estoy de acuerdo, y cada vez más, es en que un blog no muere porque uno deje de actualizarlo o porque no lo haga a diario. Un blog continúa estando ahí, aunque haga semanas que no te asomas a él. Al menos eso me gusta pensar.

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Los signos de puntuación

En un artículo de Javier Cercas en el país semanal (no recuerdo exactamente de qué semana se trataba, yo soy así de impreciso) se hablaba de un tema que me resultó muy interesante. Se decía que no era tan absurdo hablar de las distintas versiones del Quijote según qué académico la hubiera compuesto, ya que el Quijote, originariamente, estaba escrito sin signos de puntuación. Es decir, los signos de puntuación son un “invento” posterior, no destinado exclusivamente a fastidiar a los escolares, como todos creímos en su momento, sino a facilitar la lectura. Inmediatamente pensé en algo que había leído hace tiempo en no sé dónde (me estoy pasando de impreciso), en relación también con la escritura: al principio se escribía sin separar las palabras unas de otras, todas se arremolinaban en una fila de hormigas sin fin. Relacionando ambos asuntos, ahora comprendo por qué no se comenzó a practicar la lectura silenciosa hasta mucho después: antes fue preciso favorecerla mediante la separación de las palabras. Con el tiempo, los signos de puntuación fueron indicando las pausas correctas, y la introducción, ya en nuestros días de otros elementos, no sé si llamarlos tipográficos, como la separación entre párrafos, la letra bastardilla o negrita, han terminado por facilitar esa lectura silenciosa al máximo.

Es decir, la escritura humana en un primer momento era muy similar a los primeros lenguajes de programación de ordenadores: era dura de aprender y difícil de entender. Con el paso del tiempo, los lenguajes de programación se han ido aproximando al habla humana, lo que ha facilitado su empleo. Exactamente igual que le ha ocurrido a la escritura. Es una similitud curiosa y sorprendente.

(Impreciso y todo, hay un excelente libro de Alberto Manguel sobre el tema, Una historia de la lectura, que a mí me resultó apasionante).

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Vivir, escribir

Buscando por la red, recupero por casualidad este post de pjorge de hace dos años (y pico) que no había leído, pero que coincide plenamente con el espíritu que pretendía insuflar a Octaedro cuando comencé (ahora es otra cosa, un poco más informe, un poco más sobre todo y sobre nada). Tengo que reconocer que he leído, tiempo ha, el libro de Marina, pero estos párrafos me pasaron completamente desapercibidos. Mira tú.

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El placer del texto

Me gusta este post de Rafael Marín. Todo él huele al placer de la escritura, el gusto de ver nacer el texto ante tí, en la pantalla del ordenador. De verlo después salir por la boca de la impresora, ordenado y pulcro en el papel blanco, para comenzar a corregirlo con calma y a lápiz. El resto del proceso ya no lo conozco, yo siempre me quedé ahí (bueno, excepto un año que participé en un taller de escritura en el que se editaba un libro de relatos). Pero entiendo la sensación de la que habla Rafael.

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Licenciados en escritura

Comparto la santa indignación de Rafa Marín ante la peculiar idea de Espido Freire. Una cosa es que existan talleres de escritura en los que te den algunas indicaciones para saber por donde comenzar y otra muy distinta es convertir esas “notas”, “guías”, “sugerencias” en un corpus de conocimientos oficial que uno debe cursar inexorablemente si quiere obtener una certificación oficial de que es “escritor”. Yo he asistido en el pasado a talleres, y los he encontrado bastante útiles, pero lo que me ha gustado más de ellos ha sido precisamente esa falta de oficialidad de las enseñanzas, ese ambiente como de grupo de amigos que discute sobre escritura, que lee sus trabajos y que se deja guiar por las sugerencias (porque tales son) del profesor. Es decir, me ha gustado la informalidad de los talleres. Nada que ver con la seriedad de la universidad.

La palabra escritor casa muy mal con la palabra título. Ya me resultaba chocante que en la antigua Unión Sovietica existiera una asociación oficial de escritores a la que era imprescindible pertenecer si uno quería ver sus trabajos publicados. Y tal vez sea eso lo que a algunos les gustaría ver por aquí. A asociaciones como la SGAE en el ámbito literario, por ejemplo.

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Escritura automática

Escribir en Octaedro siempre me produce un poco de ansiedad. A veces hay temas concretos sobre los que hablar, y la cosa se produce casi naturalmente, aparentemente sin esfuerzo. Pero otras veces no tengo un tema definido y en cambio sí deseo escribir. Si lo estuviera haciendo en un archivo destinado únicamente a ser guardado en mi ordenador, exclusivamente para mi uso, no habría mayor inconveniente. El problema es la aguda conciencia que siento de que escribo para la red, para que otros me lean, incluso para que opinen a través de los comentarios.

Pessoa dijo en alguna ocasión que le gustaba “palabrear”, sentarse a veces frente al papel en blanco sin la intención de escribir algo en concreto, sólo para eso, para escribir. Palabras. Luego las palabras van conformando ideas, creando imágenes (si uno es lo suficientemente afortunado). Es el acto mecánico de escribir el que nos proporciona el tema. Yo, por ejemplo, lo estoy haciendo ahora. ¿Cuál es mi tema? La ansiedad de la escritura, combinada con el deseo de poner una palabra, y luego otra, y otra. Dos cosas que puestas en contacto producen un chirrido ensordecedor. ¿Qué hacer? Prescindir de una u otra, de escribir o de sentir ansiedad. ¿Es fácil hacer oídos sordos a la ansiedad? No, a mí me cuesta mucho. ¿Debo dejar de escribir, por lo tanto? Por favor, no puedo. Como dicen en muchas películas americanas, dejar de escribir no es una opción.

Continuaré, pues, manchando el espacio blanco de la pantalla, como he hecho tantas y tantas veces cuando sentía la imperiosa necesidad de escribir. Sólo que ahora, y ello introduce un punto de emoción en el proceso, lo hago para la red, para colocarlo en donde alguien puede leerlo y hacer un gesto de desdén, del que yo sólo me enteraré si después lo traduce en un comentario. Pero no dejaré de sentir la ansiedad, una cierta ansiedad que desaparece en el momento en que aprieto el botón “save”.

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Empezar por el principio

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Hay muchos textos que aconsejan al aspirante a escritor como debe afrontar su arte y la vida que se deriva de él; otros le explican técnicas para mejorarlo, en un intento de ahorrarle camino y errores. Pero pocos, que yo sepa, se ocupan del origen, del por qué uno comienza un buen día a escribir. Ya sé que no es de repente, que uno abriga el deseo de escribir desde hace mucho tiempo, probablemente desde la infancia (aunque es más raro, también hay quien descubre en sí mismo el interés por la escritura en su madurez) y probablemente ligado a ciertas lecturas, distintas para cada uno. Pero no todos los que transitan por esos caminos durante sus primeros años llegan a coger un lápiz y poner por escrito todo aquello sobre lo que fantasean en sus juegos. ¿Por qué, entonces?

Probablemente sea una cuestión de carácter, de predisposición. Todos fantaseamos, pero sólo algunos se plantean anotar sus fantasías. ¿Lo hacen por el deseo de comunicarlas a los demás, o quizá para ponerlas en claro, para atrapar de alguna forma ese mundo interior tan volátil? Es una idea extendida que lo que hace el escritor al escribir es lo mismo que hace un niño al jugar. Desde esa visión, el escritor sería un niño que se niega a crecer, que quiere seguir jugando, pero que cambia los juguetes por las palabras. Es una imagen que me gusta, pero no explica la pregunta que me hacía al comienzo: ¿por qué unos si y otros no, si todos hemos jugado en nuestra infancia?

Pero no lo hemos hecho todos de la misma manera. En los primeros años, sí. Era nuestra forma de descubrir el mundo. Igual para todos. Pero según vamos creciendo, para algunos es bastante con ese descubrimiento del mundo, y van abandonando el juego paulatinamente, o dedicándose a juegos más abstractos. Para otros, junto al descubrimiento del mundo también tiene importancia el descubrimiento de sí mismos, del mundo interior. Son los que continúan jugando a contarse historias, mediante los juguetes y, posteriormente, a través de los libros.

El escritor que escribe es como un niño que juega, como él representa historias con sus juguetes (que ahora son las palabras). Al principio lo hace sólo para sí mismo, pues es de su mundo interior del que se trata. Pero luego aspira a que los demás participen de él. Porque los otros niños, los que terminaron por abandonar el juego seducidos por ese mundo exterior que habían comenzado a descubrir, continúan, a pesar de todo, necesitando historias. A veces, historias que les descubran ese interior que abandonaron cuando dejaron de jugar y que ya se sienten incapaces de explorar por sí mismos. Aceptan entonces las historias que les propone el escritor, en las que muchas veces se ven reflejados. Porque el escritor, si es lo suficientemente bueno, logrará que sus lectores encuentren en sus escritos aquello que intuyen dentro de sí mismos.

El escritor es, por tanto, un niño que sigue jugando cuando los demás ya hemos dejado de hacerlo.

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Círculo vicioso

En muchas ocasiones me he detenido un instante mientras leía y se me ha ocurrido pensar para qué leía. Sé que es una pregunta estúpida, el tipo de pregunta que nunca tiene contestación, pero a menudo me hago preguntas así. Es más, me pregunté por qué le dábamos tanta importancia al mero hecho de inventar una historia y escribirla para que otros la lean, algo que, según García Márquez, bien mirado no sirve para nada. Una posible respuesta es que, sea como sea, adopten la forma que adopten, necesitamos ficciones. Supongo que no podemos vivir sin escapar diariamente de nuestra cotidianeidad, aunque sólo sea durante unos minutos. Por eso vemos películas, leemos novelas, incluso nos interesamos por la vida de los famosos o seguimos los a veces vergonzosos debates políticos. Bien, esa es la explicación, al menos para una parte de los lectores. Pero hay otros que quieren ir más allá de la mera evasión, que buscan algo más en la narrativa, o en el cine, o en los lugares más variopintos. Lo más probable es que todos lo hagamos, o desemos hacerlo, pero que con el tiempo nos hayamos desengañado de la posibilidad de encontrar ese algo que no sabemos qué es. Pero no esos otros, esos que siguen buscando, que escriben ellos mismos. Hace tiempo reflexioné sobre ello, sobre lo que buscamos en la letra impresa y se me ocurrió lo siguiente (y lo traslado aquí tal y como se me ocurrió, en forma esquemática):

- La lectura (y no sólo la lectura, sino también el cine, la música, incluso la televisión) nos proporciona toda una serie de materiales.

- A través de la escritura utilizamos esos materiales para componer un discurso propio, para crear una herramienta expresiva.

- Con esa herramienta exploramos nuestro mundo (deseos, aversiones, recuerdos) y vamos introduciendo claridad en lo que somos. Nos vamos comprendiendo.

- Al tiempo creamos nuevos materiales que (si uno tiene la suerte de poder publicar) se van incorporando a los ya existentes, y tal vez ayudarán a cualquier otro a crear esa herramienta que le permita indagar en su mundo.

- Y así, la lectura y la escritura transitan en un círculo imparable en el que cada cual hace una aportación mayor o menor en función de su talento.

Desde luego, no pretende ser una reflexión muy original, sino tan sólo una forma de introducir orden en algunas de las ideas que me rondaban en aquel tiempo por la cabeza. Y también, quizá, una manera de justificar los ratos que paso aquí sentado, frente al ordenador.

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