Archive for the tag 'escritura'

Círculo vicioso

En muchas ocasiones me he detenido un instante mientras leía y se me ha ocurrido pensar para qué leía. Sé que es una pregunta estúpida, el tipo de pregunta que nunca tiene contestación, pero a menudo me hago preguntas así. Es más, me pregunté por qué le dábamos tanta importancia al mero hecho de inventar una historia y escribirla para que otros la lean, algo que, según García Márquez, bien mirado no sirve para nada. Una posible respuesta es que, sea como sea, adopten la forma que adopten, necesitamos ficciones. Supongo que no podemos vivir sin escapar diariamente de nuestra cotidianeidad, aunque sólo sea durante unos minutos. Por eso vemos películas, leemos novelas, incluso nos interesamos por la vida de los famosos o seguimos los a veces vergonzosos debates políticos. Bien, esa es la explicación, al menos para una parte de los lectores. Pero hay otros que quieren ir más allá de la mera evasión, que buscan algo más en la narrativa, o en el cine, o en los lugares más variopintos. Lo más probable es que todos lo hagamos, o desemos hacerlo, pero que con el tiempo nos hayamos desengañado de la posibilidad de encontrar ese algo que no sabemos qué es. Pero no esos otros, esos que siguen buscando, que escriben ellos mismos. Hace tiempo reflexioné sobre ello, sobre lo que buscamos en la letra impresa y se me ocurrió lo siguiente (y lo traslado aquí tal y como se me ocurrió, en forma esquemática):

- La lectura (y no sólo la lectura, sino también el cine, la música, incluso la televisión) nos proporciona toda una serie de materiales.

- A través de la escritura utilizamos esos materiales para componer un discurso propio, para crear una herramienta expresiva.

- Con esa herramienta exploramos nuestro mundo (deseos, aversiones, recuerdos) y vamos introduciendo claridad en lo que somos. Nos vamos comprendiendo.

- Al tiempo creamos nuevos materiales que (si uno tiene la suerte de poder publicar) se van incorporando a los ya existentes, y tal vez ayudarán a cualquier otro a crear esa herramienta que le permita indagar en su mundo.

- Y así, la lectura y la escritura transitan en un círculo imparable en el que cada cual hace una aportación mayor o menor en función de su talento.

Desde luego, no pretende ser una reflexión muy original, sino tan sólo una forma de introducir orden en algunas de las ideas que me rondaban en aquel tiempo por la cabeza. Y también, quizá, una manera de justificar los ratos que paso aquí sentado, frente al ordenador.

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Garabatos

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Cuando se alcanza un cierto nivel, o uno cree que lo ha alcanzado, en la práctica de la escritura, las metas que nos imponemos suelen ser más ambiciosas. Nos olvidamos entonces de una de las máximas que todos los profesores de escritura creativa repiten una y otra vez: no dejes de escribir, cualquier cosa, simples ejercicios, borradores. Escribe sobre algún recuerdo especialmente querido o sobre algo que te ha ocurrido esta misma mañana, por más banal que sea. Pero escribe siempre, sin dejar de hacerlo ni un solo día. Sentimos que esa es una etapa ya superada y que esos consejos sólo son útiles a principiantes menos avezados que nosotros. Lo nuestro es otra cosa, tiene otro empaque. Ya no escribimos ejercicios de estilo porque ya no cogemos la pluma ?o el ordenador? si no es para algo de mayor enjundia, un relato o incluso una novela. Y nos resistimos a abandonar esas altas miras incluso cuando nos hallamos sumidos en el bloqueo. Porque hacerlo sería un retroceso, un reconocer que tal vez nos exigíamos demasiado y que esa exigencia ha terminado con el placer que la escritura debe producir. Que es el primero y más importante motivo por el cual escribimos.

Un escritor bloqueado ante su novela, incapaz ya de disfrutar con la escritura porque esta se ha convertido en una labor casi académica, como aquellos trabajos que nos encargaban en la universidad, no tiene mejor opción para salir de donde se encuentra que volver a los consejos que con tanto entusiasmo nos daba Natalie Goldberg: escribir, escribir y escribir. Sentarse frente al ordenador o al papel en blanco y escribir la impresión que nos ha causado conocer por fin a la nueva novia de nuestro mejor amigo, o relatar con todo detalle el placer que sentimos mientras pintábamos nuestra habitación preferida de otro color. Banalidades, por otra parte, para un auténtico novelista. Lo malo es que con el bloqueo hemos dejado de ser novelistas y nos hemos vuelto a convertir en niños que hacen garabatos en una hoja de papel, y como ellos tenemos que empezar de nuevo desde el principio, aprender de nuevo, experimentar de nuevo lo que se siente la primera vez que uno se enfrenta a las palabras. Pero no se trata de escribir de cualquier manera, textos a los que nunca volveremos y que intuimos plagados de errores; es escribir, sólo escribir, como lo hacíamos al principio, cuando no creíamos que nuestros textos pudieran llegar a gozar del aprecio de otros y nos sentíamos en plena libertad de escribir lo que nos apetecía. La única meta que nos planteábamos entonces era llegar a satisfacernos, aunque fuera por la mínima, a nosotros mismos. Corregíamos una y otra vez, hasta que nos convencíamos de que, por mucho que lo intentáramos, aquel texto no iba a ser mejor de lo que era, que habíamos tocado nuestro techo de entonces. Y esa convicción no nos amargaba el día porque sabíamos que estábamos aprendiendo y que a nuestro alcance, como al de cualquiera, se hallaba la posibilidad de escribir bien, al menos de ser capaces de narrar una historia correctamente. Y esa convicción, la de que estamos aprendiendo, es la que hemos de recuperar si queremos vencer el bloqueo.

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La honestidad en la escritura

En sus Ensayos, Montaigne se plantea un reto al que nadie se había enfrentado hasta entonces: escribir desde su yo, plasmar en sus escritos su visión personal de las cosas. Él mismo nos confiesa que su discernimiento no es el mismo frente a todos los problemas que llega a plantearse, que algunos le superan con mucho, pero que todos afronta aunque lo haga reconociendo simplemente su incapacidad para ir más allá de una mera exposición superficial. No pretende sentar cátedra, ni analizar exhaustivamente ninguno de ellos, porque no es ese el planteamiento desde el cual escribe. Y jamás pretendo tratarlos por entero. Pues de nada puedo ver el todo. Aquellos que prometen mostrárnoslo, no lo hacen. De cien partes o rostros que cada cosa tiene, tomo uno de ellos, ya sólo para lamerlo, ya para rozarlo, ya para pellizcarlo hasta el hueso. Penetro en él, no con amplitud sino con la mayor profundidad que puedo. Su sistema es aparentemente imperfecto, ya que no puede aspirar a lograr un análisis exhaustivo de los temas, pero es muy personal. Sus escritos son el fruto de su exploración interior. No engaña a nadie, no pretende ser más de lo que es (que ya es suficiente), y escribe con la humildad del que se sabe incapaz de satisfacer todas las expectativas. No hay, en sus escritos, grandilocuencia, pretenciosidad, deseo de lucirse. Sólo honestidad.

No hay, pues, que temer a la censura. Ni a esas críticas que a veces nos desalientan. Escribir desde nuestro yo, sin pretender ser nada más que nosotros mismos, con la honestidad que practicaba Montaigne. Sin tener miedo a ningún tema, porque en cualquiera de ellos solo pretendemos dar una opinión, ofrecer nuestra forma de verlo, siempre abierta a otras opiniones, a otros matices. En último término, la única persona a quien debemos satisfacer por completo es a nosotros mismos. Bien si nos leen, todos lo deseamos, pero tener lectores es algo que se debe dar por añadidura: si somos capaces de deleitarnos a nosotros mismos, probablemente también lo consigamos con los demás.

La filosofía de Montaigne, su actitud ante la escritura, me parece la más apropiada para una bitácora personal.

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Una dedicación personal

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La trastienda del escritor. Una vocación y un oficio, de Pepa Roma, es mucho más que uno de esos libros sobre escritura, principalmente dirigidos a talleristas, que tan de moda están ahora. Aquí se pretende dar una imagen integral de lo que supone el trabajo y la vida del escritor, con un paseo por todos los elementos que conforman esa vida, desde los comienzos hasta la consagración. Si algo me queda claro después de la lectura de este libro, es que la escritura es una dedicación estrictamente personal, que no se manifiesta de manera similar ni siquiera en dos escritores cualesquiera que podamos considerar. Cada uno tiene su manera de enfrentarse a ella, su manera de concebir sus trabajos, de escribirlos, de corregirlos. Por eso, los consejos de escritores que se recogen en tantos sitios (uno de ellos justo aquí al lado) no pueden ser tomados más que como curiosidades. A pesar de haber sido asiduo de talleres de escritura en el pasado, cada vez estoy más convencido de que en este oficio (o afición, que es lo que es para mí) la única forma de aprender es escribir sin descanso, y leer, pero leer fundamentalmente las obras. Los libros de consejos quedarían únicamente como una curiosidad a la que uno puede asomarse de tanto en tanto.

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Navegando

Navegando por el mar de las bitácoras, me encuentro con algo que no es bitácora (propiamente dicho) pero recoge material sobre el vicio de escribir. Nada especial es la página personal de Mariana Torres, alumna del Taller de Escritura de Madrid, al que un día yo también acudí con la esperanza de aprender a escribir. En mi caso fue una esperanza vana (por mi culpa, ellos hicieron todo lo posible por enseñarme), espero que en el de Mariana Torres no lo sea. En todo caso, su página recoge, como ya he dicho, fragmentos sobre técnicas de escritura, cuentos de grandes autores y curiosidades. Lo bastante para merecer una visita larga (supongo que yo volveré con frecuencia).

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Ficciones

Siempre me he preguntado por qué necesitamos tanto de las ficciones. ¿Porque anhelamos sentir a través de sus personajes aquellas cosas que nuestro estilo de vida nos impide experimentar de otra manera? ¿Porque es cómodo vivir esas experiencias sin tener que asumir el riesgo que conllevan? Podríamos decir que nuestras vidas son grises y monótonas, que de esa manera, a través de los personajes con los que nos identificamos, añadimos un poco de variedad y diversión. Pero si eso fuera así, sólo elegiríamos ficciones positivas (divertidas, con final feliz) y es un hecho, aunque cada vez seamos menos los que lo hacemos, que también elegimos ficciones negativas en las que se nos presentan vidas más difíciles que las nuestras, situaciones que nada tienen de emocionante o agradable. Luego ese argumento no vale, al menos por sí solo.
Más bien creo que surgen de la necesidad de comunicarnos, de entender lo que sienten los otros. En el mundo real eso es algo muy difícil de conseguir, no podemos llegar con garantías a lo que ocurre en el interior de otro, por muy cercano que nos sea. Por eso recurrimos a las ficciones. Nos hacemos la ilusión de contemplar a otro ser humano en su totalidad, como si fuera una persona realmente existente de la que vemos todo y no solamente lo que ella misma tiene interés en mostrar.
Es un tema sobre el que se podría reflexionar largo y tendido. Tal vez lo haga más adelante.

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Recuperar el disfrute

Es la primera vez que escribo directamente en el blogger, sin pasar previamente por el tratamiento de textos, sin tirarme un buen rato pensando en un tema sobre el que escribir. Voy a colgar este post sin apenas revisarlo, tal y como me salga. El tema será, como casi siempre, la escritura, pero hoy mi escritura, no en general sino en particular. Y personalizando al máximo, justo como siempre me negué a hacer. Hay una buena razón para ello, no muy original, es cierto. Lo que me ocurre es lo que lo que Adolfo Ramirez comentó en alguna ocasión: estoy perdiendo la escritura. No es nada nuevo, qué sería de un escritor si no experimentase de vez en cuando el famoso bloqueo, sería casi un bicho raro. Ni siquiera es nada nuevo en mí: lo he experimentado con cierta frecuencia. Lo que ocurre es que ahora los períodos creativos son cada vez más cortos. Creo que cada vez disfruto menos con la escritura, incluso llego a considerarla una obligación para la que debo disciplinarme. Sé que la escritura es libertad, creatividad, experimentación. El único ámbito en que a uno se le permite jugar, disfrutar. Pero cada vez más siento la responsabilidad de escribir bien, de producir textos perfectos, literariamente apreciables. Y como siento que la mayoría de las veces no lo consigo, mi papelera acaba llena y mi carpeta vacía.
La consecuencia de todo esto es que uno se vuelve a los libros, a los apuntes de los talleres, a los consejos de los grandes. Hojea de nuevo a Natalie Goldberg, y llega a la conclusión de que, por mucho que la idea le tiente, no puede dejar de escribir. Que lo que debe hacer es ejercer esa libertad y recuperar el disfrute. Y, sobre todo, acabar con los encorsetamientos que se ha impuesto a sí mismo.

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Talleres de escritura

Si buscamos en google la palabra “escritura”, nos encontraremos con una cierta cantidad de talleres de escritura que se anuncian en internet, tanto para enseñanza on line como presencial. Si además le agregamos la palabra “talleres”, nos aparecen ya todos los que son. Centenares. La conclusión inmediata es que la escritura creativa (que así la llaman) es una moda y un buen negocio. Cuando comencé a escribir, hace bastantes años, nunca hubiera sospechado que aquello que yo hacía casi a escondidas y que solía sorprender a mi interlocutor cuando se lo confesaba abiertamente, llegaría a ser una afición tan popular. Aunque puede que ya en aquellos años fuéramos muchos y que por culpa de esa incomprensión hayamos permanecido ocultos hasta que comenzaron a soplar vientos más favorables, con la aparición de los primeros talleres, directamente importados de Estados Unidos (y de otros países americanos, donde también parecen tener mucha importancia).
Pero a pesar de todo ese éxito, de todo el interés que suscita la escritura en tantos aficionados, no hay mucho material relacionado con ella en internet. Hay algunos textos con consejos de autores consagrados sobre la manera de enfocar la práctica de la escritura, dirigidos a principiantes; algunas páginas que recogen información de tipo práctico (cómo presentarse a un concurso literario, inscribir trabajos en el Registro de la Propiedad Intelectual y cosas así). Pero prácticamente nada de técnicas narrativas. Parece lógico que defiendan esos materiales quien los emplea como materia prima de su negocio, pero ya sabemos que si por algo se caracteriza internet es por promover el libre acceso a todo tipo de materiales, con o sin copyright. Por eso resulta extraño esa ausencia tan señalada.
Había planeado mencionar unas cuantas páginas que recogen el poco material que circula por la red, que a pesar de no referirse a cuestiones técnicas, siempre es interesante para motivarse. Pero revisando mis favoritos me he dado cuenta de que es mejor que las recoja aquí al lado, junto con los otros enlaces, para que se puedan consultar en cualquier momento, sin tener que ir a buscarlas en este post. No hay más que unos cuantos textos, aviso, que se repiten prácticamente en todas, aunque alguna, como Ciudad Seva, es mucho más completa.

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El oficio de escritor

Una de las preguntas más recurrentes que se le pueden formular a un escritor (a cualquier escritor, lo que ocurre es que algunos tienen más dificultad para contestarlas que otros, en función de la nula fama y los inexistentes ingresos que les proporciona la escritura), es por qué escribe. Es una pregunta que se ha contestado de miles de maneras diferentes: porque no puedo hacer otra cosa, para que me quieran, para huir en cierta medida de la deprimente realidad que nos rodea. Pero después de esa viene otra, más relacionada con las costumbres del escritor, con el modo de enfocar esa tarea que parece casi mágica a quienes leen con avidez y desearían atreverse a escribir: cómo escriben los escritores, de donde sacan sus ideas, cómo son capaces de crear sus personajes. Hasta ahora los autores consagrados no se han mostrado muy dados a satisfacer esas curiosidades, pero cada vez más están superando esa tradicional barrera. No sé si será que existe un cierto agotamiento en la novela (después de todo hace años que se le augura una muerte cercana), que nuestro interés por nuevas historias decae y, por el contrario, quien nos llama ahora la atención es el creador, hasta tal punto que estamos más dispuestos a comprar un libro en donde nos narre sus cuitas como escritor que una novela, que al fin y al cabo es el fin principal de su oficio. O puede que sea que ahora, con la proliferación de talleres de escritura, los escritores seamos legión, y una legión siempre ávida de conocer los secretos de sus maestros.
Y ellos, los consagrados, sensibles a nuestras demandas, comienzan a escribir sobre su trabajo. Ahora lo han hecho Enrique Vila-Matas, en “El mal de Montano”, y Rosa Montero, en “La loca de la casa”, dos libros de los que habla Susana Pezzano en su artículo de La insignia de ayer. No los he leído, no sabía siquiera de su existencia, pero como buen integrante de esta legión educada en talleres de escritura, me voy a poner inmediatamente a buscarlos.

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Esbozos y fragmentos

El sol, la playa o la montaña, la vida fuera de la madriguera, suelen ser perjudiciales para la escritura, al menos en mi caso. El hábito de trabajo, que en este ámbito es una conquista mucho más difícil y dolorosa que en otros, queda anulado por unos pocos días, no muchos pero sí suficientes como para que enfrentarse de nuevo con el espacio en blanco (digital o de origen vegetal) suponga un pequeño sufrimiento. Durante las vacaciones, aunque uno sabe perfectamente que no lo va a hacer, que todos sus torpes intentos van fracasar miserablemente, se lleva un par de cuadernos, discretos pero suficientes, y sólo aspira a producir pequeños textos, relatos mínimos, esbozos de ideas para desarrollar cuando vuelva a sentarse a la mesa, fragmentos que no sabe muy bien dónde encajarán pero que copia pulcramente por si acaso. Y se siente satisfecho de ello porque demuestran que no ha perdido el contacto del todo, que ha mantenido la maquinaria en funcionamiento. Pero es en casa, que es el refugio del invierno (a pesar del calor asfixiante), donde quedan aparcados los grandes proyectos, todavía sin terminar, momentáneamente abandonados, a la espera de que finalicen esos días de vacaciones y la levedad del verano se disipe lo suficiente como para retomar el trabajo serio otra vez.

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