Esta claro que internet les inquieta, y cada vez más. Sienten que están perdiendo el control de los contenidos, que, por primera vez, no son imprescindibles para que alguien publique sus textos o su música. Me refiero a la industria cultural, informativa, cinematográfica. Es decir, a los que marcan lo que se lee, se escucha, se ve. Y está claro que les inquieta porque, de cuando en cuando, nos encontramos con alguna profecía catastrofista sobre la influencia que Internet puede tener en nuestra sociedad. Hemos oído hablar del efecto adictivo que tiene en sus usuarios, de la utilización que hacen de la red pedófilos y terroristas, de cómo el intercambio de archivos va a acabar con los autores y, en último termino, con la cultura. Precisamente esto último es lo que Andrew Keen dice en su libro-denuncia, recientemente publicado (noticia en 20 minutos). Nada menos que Internet está asesinando a la cultura. Y lo dice en el título: “El Culto del Aficionado: cómo Internet está matando nuestra cultura y asaltando nuestra economía”. Ahí es nada.
El problema para él ya no es el p2p, sino la web 2.0, es decir, la facilidad de publicar contenidos de cualquier tipo en la red. Y es un problema porque el papel de los profesionales de la cultura se diluye entre tanto griterío internetero. Vale ya tanto la opinión del profesional como la de los aficionados, con lo que estamos creando una “cacofonía donde todo importa y nada importa”. El autor arremete contra servicios como la Wikipedia y Youtube, al que denomina “plataforma para el exhibicionismo narcisista”. Y propugna un uso responsable de la red, en el que los profesionales del mundo de la cultura vuelvan a tener un papel central. Es decir, que la distinción entre productor y consumidor de cultura, que el uso actual de internet parece haber diluido, vuelva a instaurarse.
En Ciberescrituras (a través del cual he llegado a la noticia), Juliana Boersner contesta a alguno de los planteamientos del autor de este polémico libro. Juliana habla de un cambio en el concepto de cultura, un cambio que será irreversible
Tenemos que partir de una noción de cultura muy distinta a la tradicional. Los antiguos cánones de tipificación han sido fragmentados porque ahora quienes dicen qué es la cultura, son cada vez más todos los integrantes y constructores de esa cultura. No los catedráticos y parece que eso molesta mucho al Sr Keen. Y es que no deja de ser desconcertante este cambio, pero a mi juicio es un cambio que no tiene retorno.
A mí cada vez me impacientan más estas advertencias catastrofistas. Algo está cambiando, y está cambiando muy profundamente. Por el momento han perdido el control de la red, puede que lo recuperen mañana, que consigan hacernos pagar por cualquier cosa que obtengamos de la red, o nos impidan publicar lo que queramos. Pero por el momento, las cosas están así. Por supuesto que los planteamientos de Andrew Keen y de tantos como él son interesados. Están dirigidos claramente a favorecer a la industria cultural, lo que me indigna doblemente, porque la llamada industria cultural no es ese garante de la calidad y de la cultura que se nos quiere hacer creer. La industria cultural está descaradamente volcada en ofrecer mero entretenimiento, cuando no pura bazofia, y su principal finalidad, diga lo que diga, no es preservar la cultura, sino llenar la bolsa. Así que la “cacofonía donde todo importa y nada importa” puede que no sea tal, sino pluralidad, multiplicidad de voces y propuestas no mediatizadas por los intereses económicos de los productores tradicionales de cultura. Tal vez la cacofonía esté en el otro lado, en la cultura oficial. Al menos en una parte de esa cultura oficial. ¿Quién puede asegurar que de todo lo que se publica en papel, nada en ningún caso forma parte de esa cacofonía? Y esas segundas y terceras partes de películas taquilleras, descaradamente creadas para aprovechar el filón económico, ¿no tienen algo de cacofónico, también?
Es innegable que la red es inmensa, que cada vez lo es más. Todo el mundo puede publicar, todos podemos ser autores. Todos llegamos en igualdad de condiciones a la red, sin que ningún intermediario nos impida mostrarnos a los demás. A partir de ahí, está claro que necesitaremos sistemas que filtren de alguna forma todo ese material, sistemas que orienten en medio de la selva digital. Esos sistemas tendrán detrás personas que jugarán el papel del profesional de la cultura al que se refería Andrew Keen. Pero no será un profesional a sueldo de nadie, sino alguien que, a su vez, estará sujeto a evaluación por parte de la red. En la red el estatus lo otorga, no el respaldo de una firma internacional, sino la atención que uno sea capaz de suscitar. También hay gurús, pero aquí es más fácil que cualquiera pueda llegar a serlo, o que alguno establecido deje de ser considerado imprescindible. Dependerá, como en último termino depende todo lo que se publica en la red, de que los demás le lean, de que su sitio obtenga visitas.
En definitiva, que la cultura está cambiando. Aunque algunos no sean capaces de aceptarlo.
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