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El lamento de Portnoy, Philip Roth

Mis ocupaciones, y un cambio de costumbres (he dejado de ir a trabajar en metro), han hecho resentirse a mi ritmo de lecturas. Esa es una de las razones por las que cada vez publico menos “reseñas” en Octaedro. Esa y que cada vez publico menos de cualquier cosa en Octaedro, pero eso es otro tema. Voy a ver si vuelvo a donde solía y os puedo dar noticia de los libros que cada tanto voy descubriendo. Ahora estoy leyendo “Música para camaleones”, de Truman Capote: ya os lo comentaré cuando lo acabe. Por el momento, os dejo un post que tenía escrito y guardado en las entrañas de Octaedro, en espera de revisión.

El lamento de Portnoy, de Philip Roth, adopta la forma de una larga conversación, en realidad monólogo, entre el personaje de Alexander Portnoy y su, suponemos, psicoanalista. En esta confesión se van desgranando las claves de la vida de Portnoy, la explicación de su descontento y de su sufrimiento. Portnoy es judío y fue educado en los valores judíos. El problema es que sus padres eran un par de neuróticos que le trataron de inculcar, desde su deforme visión de la vida, el sentimiento de culpabilidad que todo judío debe acarrear.

Adolescencia. Educación en los valores judíos desde algo semejante a una enfermedad mental. Complejo de culpabilidad, sienten culpa por todo, como si la culpa fuera un mal heredado, inevitable. Le inculcan también el respeto a sus padres, pero desde la neurosis (”tus padres se han esforzado por tí, se han sacrificado. Tu padre trabaja como un burro por tí, mírale”. Y su padre adopta el gesto de quien desfallece o sufre intensamente). Portnoy se rebela ante esta visión del mundo y de la vida que su madre le presenta. Y se revela como lo haría cualquier adolescente: negándose a complacer a sus padres en cosas nimias, sin importancia. Pero en su casa eso es una tragedia. El mero hecho de no ponerse traje el día de una festividad judía (ahora no recuerdo cuál es) hace que sus padres se desesperen y exageren el intenso dolor que les causa el hijo.

Toda esta educación desemboca en la represión sexual de Portnoy. Portnoy no llega a tener una relación normal con el sexo. En su adolescencia se dedica a masturbarse furiosamente, pero lo hace con un tremendo sentimiento de culpabilidad. Más tarde, sus relaciones con las mujeres serán erráticas. Irá de relación en relación, buscando únicamente el sexo y el placer, pero al mismo tiempo, añorará una relación estable, una familia, hijos. La relación más fuerte que encuentra es, precisamente, con una mujer que no hace ascos a cualquier tipo de relación sexual, pero que es de una educación inferior a la suya. Y que también es gentil. Una de los aspectos claves de su castrante educación es que un judío no puede mantener ningún tipo de relación con una mujer gentil. Como es fácilmente adivinable, son precisamente las mujeres gentiles las que excitan y hacen gozar a Portnoy: otro factor más para el tremendo sufrimiento que infringe a sus padres.

Portnoy atraviesa la vida sin una dirección definida, de exceso en exceso, escandalizando y despreciando a sus padres y a todo lo relacionado con la vida que ha vivido hasta ese momento. Y en realidad, lo que más anhela es precisamente que esos padres le quieran y reconozcan sus méritos (social y laboralmente ha alcanzado un estatus elevado) más allá de la estrechez de miras que su forma de interpretar su religión y su cultura les impone.

Lo dramático de la historia de Portnoy se refleja en la novela con un tono claramente humorístico, sobre todo cuando se hace referencia a la adolescencia del protagonista. Lo ridículo de las situaciones por las que pasa aligera un poco la sordidez de la historia y la convierten en una novela bastante divertida.

Los diarios de Hélène Berr

La premisa del mercado editorial, como la de cualquier otro mercado, es vender. Hasta ahí no hay nada que objetar. Y esa premisa produce, en muchas ocasiones, auténticos engendros con forma de libro y lujosamente editados que regalar a los amigos en navidades. Pero no siempre es ese el camino seguido para cumplir con la premisa. En ocasiones se practica otro que, a priori, parece más prometedor: lo que podríamos llamar el desenterramiento o el desempolvamiento (palabro) de textos interesantes de autores desconocidos o, simplemente, de textos privados que no tenían como finalidad darse a conocer. Y hay un tema en relación con el cual está práctica produce cosas muy interesantes: la segunda guerra mundial, en concreto todo lo relacionado con el holocausto de los judíos. La experiencia personal de los que sufrieron los campos de exterminio y volvieron para contarlo, o de quienes no volvieron pero dejaron consignada su experiencia por escrito, es ahora un filón para los editores. Y lo es porque, como lectores, nos interesa. Personalmente, han pasado por mis manos unos cuantos libros que tienen como tema este brutal episodio de la historia europea. Si esto es un hombre, de Primo Levi; Sin destino, de Imre Kertész; y más recientemente un curioso libro que tenía deseos de leer hace tiempo y que presenta estas vivencias desde el punto de vista psicológico: El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl.

Ahora se desentierran los diarios de Hélène Berr, una chica francesa, hija de un industrial, que no escribía para el mundo, sino para su novio, Jean Morawiecki. Hélène provenía de una familia judía y, como tal, fue deportada por las autoridades colaboracionistas durante la ocupación nazi. Tanto ella como sus padres murieron en los campos de exterminio de Auschwitz y Bergen-Belsen. Paradójicamente, su novio se enroló en la resistencia y más tarde participó en la liberación de esos mismos campos en los que había fallecido su novia y toda su familia. Durante dos años, los peores años de la guerra mundial, escribió un diario secreto destinado a su novio en el que hablaba de la irracionalidad en la que se encontraba inmersa, del horror por venir y del único afán de los nazis:

Pero no hay nada que reflexionar, pues los alemanes no buscan ni razón ni utilidad. Tienen un objetivo: exterminar.

Pero no solamente es la experiencia de los judíos durante la segunda guerra mundial, sino ésta en sus múltiples aspectos, la que interesa a editores y lectores. Me vienen a la cabeza ahora otros libros relacionados con el tema. Una mujer en Berlín, por ejemplo, de autora anónima, que narra las violaciones masivas que sufrieron las mujeres alemanas cuando Berlón cayó en manos de los soviéticos. O Suite francesa, de Irène Némirowski, en la que la experiencia ahora es de las mujeres francesas (mucho menos traumática que la de las alemanas, todo hay que decirlo) en su relación con los ocupantes nazis. En todo caso, es un tema sobre que aún se puede hablar (y leer) mucho.

Tu rostro mañana, Javier Marí­as

Javier MaríasHace unos días que he terminado la trilogí­a de Javier Marí­as, Tu rostro mañana. Leí­ los libros según fueron apareciendo, pero cuando publicó el último no me pude resistir a volver a ellos para leerme la obra de un tirón, lo que puede parecer excesivo cuando estamos hablando de mil seiscientas páginas. Pero no me ha resultado costoso recorrer las reflexiones de Marí­as y los sucesos, morosos por analizados obsesivamente, de esta curiosa novela.

Tenemos el personaje de Jaime, o Jacobo, o Jacques (por decir sólo algunos de sus nombres) Deza. Acaba de separarse de su mujer y para no estorbarla en el proceso de acostumbrarse a la decisión que ha tomado (ya que ha sido ella quien le ha echado de su lado), se marcha a vivir a Londres. Es su “segunda temporada” allí­, en el pasado (antes incluso de conocer a su mujer), estuvo trabajando como profesor en la universidad de Oxford. En aquella época conoció a Toby Rylands y a Peter Wheeler, así­ como tuvo una amante, Claire Bates. De todos ellos solo queda Wheeler, que es quien le hace una curiosa propuesta y le presenta a un personaje inquietante que tendrá que ver mucho en su vida a partir de ese momento.

El profesor Deza tiene una extraña cualidad, una cualidad que poseen muy pocas personas. La tení­a Rylands, y también Wheeler, y son ambos quienes la descubren en él. Se trata de la capacidad de ver en el interior de las personas, de captar, a través de sus palabras, de sus gestos, de sus comportamientos, cómo será su “rostro mañana”. Es decir, Deza y los que son como él son capaces de prever los comportamientos futuros a partir de las actitudes presentes. En el fondo, parece querer decir Marí­as en esta novela, todos somos capaces de ver en los demás mucho más allá de lo que vemos, lo que ocurre es que no queremos ver, no queremos saber qué hay en el fondo de los demás. Preferimos confiar, aunque haya señales palpables que nos avisen de que no debemos hacerlo. Nos cegamos en nuestra relación con los demás y preferimos verlos como a nosotros nos gustarí­a que fuesen antes que como son en realidad.

Deza y los que poseen su cualidad simplemente no pueden ponerse esa venda ante los ojos. Ven en el alma de los demás, aunque ellos mismos no sean conscientes de ello. Es por eso que Peter Wheeler le presenta a Bertram Tupra, un extraño personaje que dirige un grupo no menos extraño del que Deza pasa a formar parte. Ese grupo (que no tiene nombre y se reúne en un edificio también sin nombre) tiene como función el analizar a personas que se les proponen, mediante entrevistas o ví­deos, y determinar hasta dónde podrí­an llegar en su comportamiento. Si serí­an capaces de matar, que es la pregunta última de cada uno de los análisis. Son una especie de agentes secretos que trabajan en teorí­a para el gobierno británico, aunque a veces existe la sospecha de que los destinatarios últimos de sus análisis podrí­an ser simples particulares, con un objetivo nada claro.

Deza se integra en el grupo, disfruta de su trabajo, que le parece más entretenido que cualquier otro. Pero un dí­a se da de narices con la violencia. En el fondo de todo late la violencia, lo aprende en una ocasión en que Tupra intimida a alguien con una violencia calculada, limitada, utilizada con la intención de asustar. En un primer momento, la rechaza, rechaza las explicaciones y las justificaciones de Tupra. Pero luego él mismo la emplea cuando regresa a su paí­s y descubre que su mujer mantiene una relación que él cree peligrosa con otro hombre. Deza se descubre capaz de ejercer esa violencia que le habí­a repugnado en Tupra, y sobre todo, descubre que le gusta sentir la sensación de poder que confiere el tener la capacidad de intimidar a otro ser humano. Descubre su rostro y descubre que no es tan diferente del de Tupra.

Todo ello compone la trama principal, pero hay algo más, apasionante también, un tributo de Javier Marías a la realidad. Wheeler, y Juan Deza, el padre de Jacobo, son, en realidad, Sir Peter Russell y el padre del autor, Julían Marías. De ambos toma prestadas sus memorias, lo que vivieron y padecieron en sus respectivas guerras (la guerra mundial y nuestra guerra civil) y lo utiliza para reflexionar. Las guerras son un gran desperdicio, concluye, y uno participa en ellas haciendo cosas que luego, cuando llegue la paz, difícilmente será capaz de justificar ante sí mismo. Pero también la guerra tiene un efecto adictivo. Muchos, una vez concluida, la echan de menos. En su transcurso vivieron más intensamente, preocupándose sólo por aquello que era esencial, y siempre sabían qué podían considerar esencial. La vida adquiría en guerra otro matiz, parecía mucho más vivida.

La novela se lee con rapidez, a pesar de que las reflexiones del autor son muy abundantes y de que da la impresión de que examina las escenas desde fuera, aunque realmente lo hace desde el protagonista. Hay también algún problema con el personaje de Pérez Nuix, que da la impresión de que va a cobrar fuerza según se desarrolle el relato pero luego termina aparcado, casi olvidado, sin que se tenga una impresión clara de cuál era su papel en la trama. Sin embargo, todo esto son problemas que se le pueden perdonar. Tu rostro mañana es una novela sumamente interesante por lo que tiene de ejercicio de reflexión en torno al ser humano, a las relaciones entre los seres humanos, a lo que son capaces de hacer los seres humanos de acuerdo con las circunstancias en las que viven. Y, sobre todo, una reflexión sobre la responsabilidad individual, sobre la autojustificación. Las cosas “que no cuentan” porque se hicieron en otro país, en otra vida. O en el transcurso de una guerra.

Tu rostro mañana. 1 Fiebre y lanza.

Tu rostro mañana. 2 Baile y sueño.

Tu rostro mañana. 3 Veneno y sombra y adiós.

Editorial Alfaguara

Retorno y algunas lecturas

Sin destinoMis ausencias de Octaedro son tan frecuentes, los pocos que me leéis estáis tan acostumbrados a ellas que, simplemente, me parece absurdo intentar justificarlas. Ocurre que, de cuando en cuando, el blog desaparece de mis listas de prioridades. No sé muy bien por qué, tampoco se trata de que tenga mucho trabajo en otros ámbitos. Simplemente ocurre. Y luego, de repente, un día me da por volver a él. Así, sin más. Supongo que uno no tiene más remedio que asumirse como es, que no tiene objeto luchar denodadamente por autoimponerse una periodicidad que tal vez no vaya con su carácter. En fin, que aquí estoy de nuevo.

Lo curioso es que durante ese tiempo no abandono la actividad que se halla en la base de este blog. Como siempre, sigo leyendo, tanto literatura como referencias a ella en otros blogs. Ahora, por ejemplo, tengo dos libros para comentar en Octaedro. Por una parte, Sin destino, de Imre Kertész, que lo debía desde el verano (fundamentalmente a Magda, que fue quién me lo recomendó). Y el otro, nada menos que lo último de mi querido Vila-Matas, Exploradores del abismo. Vamos, pues, con el primero.

La historia de Sin destino es de sobra conocida. Un adolescente judío en Hungría durante la Segunda Guerra Mundial. El acoso de los nazis y fascistas locales es imparable. Un día su padre es destinado a un campo de trabajo. György lo registra con cierto distanciamiento, como si no fuera muy consciente de lo que ocurre. Su familia adopta variadas actitudes ante la situación, entre las que predominan la resignación y la obediencia. En todo caso, todos confían en que sea cosa de poco tiempo: los nazis van perdiendo la guerra y pronto puede llegar la liberación.

En un momento posterior es el propio György el que experimenta en su persona “el destino común de los judíos”. De repente recibe la noticia de que debe abandonar los estudios y comenzar a trabajar, lo que en realidad no le disgusta del todo. Pero un día, camino de ese trabajo, su autobús es detenido y todos los judíos que lo ocupan son deportados. El destino será un pueblo cuyo nombre no les dice nada: Auschwitz-Birkenau.

A partir de ese momento, el protagonista conoce el mundo de los campos de concentración. Aprende que hay dos tipos, los de trabajo y los de exterminio, que, a primera vista, se distinguen con facilidad por el número de chimeneas que hay en unos y en otros. Como es un joven ágil y fuerte, su destino es acabar en uno en el que solo hay una chimenea, Buchenwald. Allí trabaja como una mula, recibe golpes y termina contrayendo sarna y teniendo heridas abiertas en el costado. Acaba en la enfermería, de donde ya no saldrá hasta el momento de la liberación.

Lo más chocante de la novela es el tono en que está narrada. Hay un cierto distanciamiento, cierta objetividad que hace al autor narrar los hechos sin introducir ningún tipo de interpretación de los mismos. Gyorgy, el protagonista, simplemente observa lo que le rodea y trata de comprender. Pero lo hace con una actitud desapasionada, una actitud que no se rebela, que no maldice su destino. Simplemente, lo acepta. Incluso, aunque parezca increíble, llega a sentirse feliz cuando por fin se encuentra en la enfermería, con una cama para él solo, libre del sufrimiento y de las obligaciones de los sanos. Se arrebuja entre las mantas y piensa con agrado que no tiene que formar ante su barracón ni marchar al trabajo, que no tiene que luchar por conseguir una porción mayor de rancho. Se siente en esos momentos libre de preocupaciones y obligaciones.

Cuando llega la liberación y puede volver a su país, a su ciudad, reflexiona por primera vez acerca de la experiencia que acaba de vivir. Un periodista le pregunta por sus sentimientos en relación con lo vivido. György examina por primera vez su interior y descubre con cierta sorpresa que siente odio. Odio hacia sus compatriotas, que les dejaron marchar a los campos nazis sin mover un solo dedo, que incluso ayudaron a su traslado, contentos de no ser ellos los deportados. Es el primer sentimiento del protagonista que aparece en la novela, al menos que aparece inequívocamente. Y lo hace sin pasión, casi de forma inesperada. Gyorgy comprueba que siente odio como quien se da cuenta de que tiene hambre. De repente, todo lo vivido se le manifiesta en toda su magnitud. Se podría decir que hasta ese momento no ha sido consciente de lo que ha sufrido.

Kertesz, como dice Magda, es uno de los mejores escritores vivos. Al menos uno de los mejores que he leído.

P.S. El otro libro que he mencionado al principio, Exploradores del abismo, de Enrique Vila-Matas…, lo dejo para otro día.

Asesinos sin rostro, Henning Mankell

Asesinos sin rostro

No soy lector de novela policíaca. En el pasado lo fui, pero el género terminó por aburrirme. Me parecía que tenía demasiados clichés, que era un tipo de literatura demasiado previsible, casi mecánica. Probablemente no leí a los mejores autores de la cosa. El caso es que en un primer momento me atrajo, precisamente, uno de esos clichés. La figura del detective. Generalmente es un tipo duro, solitario, con una vida personal inexistente o simplemente caótica. No se hace ilusiones en relación con el género humano por lo que se escuda detrás de una ironía a veces amarga. Trata a los delincuentes sin contemplaciones, aunque no los juzga, y atrae a un cierto tipo de mujeres. La figura del detective me parecía enormemente interesante porque parecía implicar una actitud filosófica ante la vida. Pero, en la mayoría de las novelas del género, esa actitud, esa forma de ser del personaje, apenas llegaba a desarrollarse a lo largo de la novela. Quedaba apuntada al comienzo, parecía a punto de tomar cuerpo a lo largo de la novela, pero se diluía como un azucarillo cuando la historia llegaba al final. El problema es que en la mayoría de las novelas lo importante era el argumento, la emoción de lo que vendrá a continuación, y no el personaje, que terminaba por desinflarse y quedaba convertido en un personaje de cartón.

En esta novela de Henning Mankell, Asesinos sin rostro, la primera de la serie dedicada al policía Kurt Wallander, sin embargo, no ocurre lo mismo. El personaje tiene una dimensión humana que trasciende la investigación policíaca. Es un buen policía, pero no es un tipo duro. Tiene dudas, se siente inseguro, se deprime. Paralelamente al transcurso de la investigación aparece su vida privada, quizás un poco demasiado desgraciada. Le acaba de dejar su mujer, su hija no quiere (o no se decide a) hablar con él para arreglar la relación entre los dos. Su padre está llegando a la demencia senil. Y él mismo se da cuenta de que, a consecuencia de la marcha de su mujer, se va abandonando poco a poco. Engorda, bebe demasiado… La resolución del caso parece aportar algo de luz a su oscura vida, los problemas con su hija y su padre parecen disminuir de intensidad y aparece la figura de una fiscal que puede llegar a hacerle olvidar a su mujer.

La novela también tiene una dimensión social. Presenta la problemática de la inmigración y el racismo latente en la sociedad sueca. El crimen que se trata de resolver tiene que ver con todo ello y el inspector Wallander a menudo se siente desconcertado por la actitud que ve a su alrededor en relación con la inmigración. Hace una crítica muy concreta al país: que se permite una inmigración sin control, lo que, a la larga, propicia la aparición de actitudes racistas y estallidos de violencia.

Como suele ocurrir con las novelas policíacas, en general con todas las de género, esta novela de Mankell es la primera de una serie que tiene como protagonista al policía Wallander. A diferencia de otro tipo de novelas, en las de género el personaje que da unidad a la serie se desarrolla no en una sola novela, sino en toda la serie. A través de los distintos casos policíacos en los que va interviniendo, veremos como la personalidad de Wallander va cobrando profundidad. Es algo específico de la novela policíaca, que no sé si se repite en otros géneros. El caso paradigmático es el detective por excelencia, Sherlock Holmes, cuya personalidad era el principal misterio a resolver de sus historias. No creo que Wallander llegue a tanto, pero sí que es un personaje lo suficientemente interesante como para justificar la lectura de otros libros de la serie de Mankell.

Como curiosidad, el inspector Wallander tiene su propia página en internet.

Las tribulaciones del estudiante Törless, Robert Musil

Robert MusilBusco en la Wikipedia y sólo encuentro una breve frase sobre esta novela. Se afirma allí que “narra el despertar vital y sexual de un adolescente en un colegio de Europa Central. En otras páginas encuentro más explicaciones. Al parecer, Robert Musil escribió esta obra basándose en sus experiencias en el colegio militar al que asistió siendo niño. La idea, por tanto, es la adolescencia, el despertar sexual y la iniciación a la vida. Y sí, evidentemente va de eso, pero también de violencia. Es la historia de un estudiante brillante, con alma de artista, que se alía con unos brutos para vejar y humillar a un compañero. Tal vez sea una explicación simplista, pero en el fondo es así. El joven Törless cree asistir a una experiencia estética y creadora, algo que le está haciendo crecer como persona. Una experiencia filosófica en la que cree percibir el sentido de la vida que le espera. Pero al final se da cuenta de que la humillación de su compañero está llegando a un extremo brutal y pone fin a la situación recomendando a la víctima que denuncie la situación al director del colegio, aun cuando eso pudiera suponer su expulsión. Porque su conducta se considera impropia, moralmente reprobable y, de alguna forma, justificativa de las vejaciones y humillaciones a las que ha sido sometido. Basini robaba en las taquillas de sus compañeros para pagar las deudas que tenía con ellos mismos. Más tarde, cuando basándose en este hecho y como pago por su silencio, los amigos de Törless y él mismo, buscaron sus favores sexuales, Basini se sometió casi gustosamente y permitió que hicieran con él lo que quisieron. Es decir, consentía y no sólo consentía, sino que llegaba a buscar esas relaciones. Al menos con Törless, de quien parecía haberse enamorado.

El comienzo de la novela extraña, y se hace un poco difícil de seguir. Cuesta comprender las cavilaciones filosóficas de Törless. Pero según la trama va cogiendo fuerza, entendemos de alguna manera lo que Törless persigue. Creo que busca una experiencia intensa que le otorgue sentido a todo lo demás. Y cree verla en la dominación de Basini. Pero luego se va dando cuenta poco a poco de que lo que ocurre con Basini (por el que no siente, nadie siente en esa escuela, ni atisbo de piedad) no es nada más que una experiencia vulgar, brutal pero vulgar.

La novela también proporciona una de esas pildorillas filosóficas a las que soy tan aficionado. La transcribo aquí:

Porque, en efecto, con los pensamientos ocurre algo muy singular. A menudo no son otra cosa que hechos contingentes, casuales, que pasan sin dejar rastro alguno. Los pensamientos tienen además instantes vivos e instantes muertos. Puede uno lograr un genial conocimiento, y que, no obstante, se le marchite lentamente entre las manos como una flor. Queda la forma, pero los colores, el aroma, desaparecen. Es decir, que lo recuerda uno palabra por palabra, y el valor lógico de la frase que uno encontró para expresarlo continúa siendo perfectamente impecable. Sin embargo, ese pensamiento no hace sino recorrer sin tregua la superficie de nuestro ser íntimo y no nos sentimos más ricos a causa de él…, hasta que -tal vez al cabo de años-, de golpe, sobreviene un momento en que comprendemos que en todo ese ínterin no sabíamos absolutamente nada de aquel pensamiento, aunque lo sabíamos todo lógicamente.

Sí, hay pensamientos vivos y pensamientos muertos. El pensamiento que se mueve en la superficie de nuestro ser y que en cualquier momento puede referirse al hilo de la causalidad, no tiene por qué ser vivo. Un pensamiento que se nos da de esa manera es algo indiferente, impersonal, como un hombre que marcha en una columna de soldados. Un pensamiento…, que acaso ya desde mucho tiempo atrás se nos metió en el cerebro, llegará a ser un pensamiento vivo sólo en el momento en que lo anime algo que ya no es pensamiento, algo que ya no es lógico, de manera tal que sentimos su verdad más allá de toda justificación intelectual, como un ancla que desgarra carne viva, sangrante… Un elevado conocimiento que está sólo a medias en el círculo luminoso del intelecto; la otra mitad tiene sus raíces en el oscuro suelo de lo más recóndito; de suerte que un gran conocimiento es ante todo un estado de ánimo y sólo en su punta más exterior está el pensamiento, como una flor.

W.G. Sebald: Los emigrados

Sebald2Como ya he dicho en más de una ocasión, una de las funciones principales de este blog es descubrir nuevos autores (autores que no he leído) y compartirlos por quienes se dejan caer por aquí de cuando en cuando. En esta ocasión el descubierto es W. G. Sebald, y el libro es Los emigrados. No me atrevo a llamarlo novela ni colección de cuentos. Lo primero, porque no hay unidad entre las distintas historias, a no ser la que confiere el narrador, aparentemente el propio Sebald, aunque Susan Sontag lo pone en duda en el extenso artículo que dedicó al autor, W. G. Sebald: El viajero y su lamento:

¿Es Sebald el narrador? ¿O es un personaje de ficción a quien el autor ha prestado su nombre, con detalles selectos de su biografía?

Salvo por ese detalle, los relatos se pueden leer como piezas independientes, lo que abonaría la idea de que estamos ante una colección de cuentos. Sin embargo, hay demasiada unidad en el tema, el tono y los personajes, más de la que es dado encontrar en una colección de cuentos. Dejaré, por tanto, el término libro, más indeterminado pero menos comprometedor.

Bueno, pues este libro presenta una colección de historias melancólicas, de personajes desarraigados que en un momento u otro debieron dejar su país. En el exilio son siempre emigrados, gente que no ha echado auténticas raíces en el sitio que han elegido para vivir, gente que permanece atada a viejos recuerdos. Sebald es judio, como todos los personajes de este libro, y de alguna forma esa condición le ha determinado en la elección de sus temas. Los judios son los emigrantes universales, los que nunca pertenecen al lugar en el que viven. Por eso, Sebald ha hecho de viaje, del desplazamiento (la mayoría de sus relatos comienzan con uno) uno de los temas fundamentales de su prosa.

También la memoria es otro de los temas, el hilo conductor de estos relatos. Los personajes recuerdan, pero no solo recuerdan, recuperan recuerdos que creían perdidos, sienten algunos recuerdos como más reales que la vida que están viviendo. En ese sentido una particularidad de Sebald es el empleo de fotografías en su obra. Todos sus libros incluyen fotografías en blanco y negro, con aire antiguo, ajado. A veces, páginas de periódicos, fotografías de documentos o incluso de objetos. Cuando uno lee en el texto referencias a una de esas imágenes, la tentación de considerar lo que se está leyendo como basado en hechos reales, como sucesos y personas que han formado parte de la vida de Sebald, es muy fuerte. Sin embargo, pronto toma cuerpo la sospecha de que no todo es real, que probablemente haya una mezcla entre ficción y realidad, y que esas fotografías provienen en parte de tiendas de anticuarios o de mercadillos callejeros.

El viaje, el desarraigo, la memoria y la melancolía son los temas de estos relatos. También la curiosidad por las vidas ajenas, podríamos decir. El narrador (ya sabemos que Susan Sontag no está del todo segura de que sea el propio Sebald) emprende un viaje en solitario para indagar, para buscar vestigios de la vida de uno de sus personajes. Visita las ciudades en las que vivió, se deja penetrar por su decadencia. Siempre solo. Es un escritor viajero, interesado por las vidas de otros viajeros, en este caso, viajeros a la fuerza.

Son cuatro relatos, cada uno de ellos la vida de un personaje. Dice Susan Sontag que el libro tiene una estructura musical de cuatro movimientos, in crescendo hasta llegar al apogeo de la cuarta narración, la historia del pintor Max Ferber. Es la historia más terrible, porque su exilio estuvo marcado por la muerte de sus padres a manos de los nazis. A causa de este último relato, se ha etiquetado la obra de Sebald como “literatura del holocausto”. Erróneamente, puesto que el tema aquí no es el destino de los judíos, sino el desarraigo del emigrante.

En suma, un libro enigmático y fascinante.

Vuelve Vila-Matas

Enrique Vila-Matas, al que considero uno de los mejores escritores vivos en castellano, publica un nuevo libro. Se trata de Exploradores del abismo, una colección de cuentos que se aleja, según sus propias palabras en la entrevista que le han hecho en El País, de la metaliteratura que había practicado en sus anteriores obras: Bartleby y compañía (que, curiosamente, acabo de comenzar a releer hoy mismo), El mal de Montano y Doctor Pasavento. Las tres forman una trilogía y, por tanto, componen un ciclo ya cerrado. Comienza ahora otra escritura en la que las alusiones literarias dejarán de situarse en el centro de la escritura de Vila-Matas. Quizá perdamos algo los que lo admiramos precisamente por esa trilogía, por esa capacidad suya de jugar con los escritores y lo literario para componer textos paradójicos, extraños. Yo, personalmente he descubierto a unos cuantos escritores a través de los libros de Vila-Matas. Pero comienza una nueva época en su obra y habrá que ver lo que puede dar de sí. En todo caso el título parece prometedor.

Exploradores del Abismo, Anagrama

De vuelta

Ya estoy de vuelta en mi casa virtual. En la otra, la real (o la tangible, porque la de la web no es menos real) estoy hace un par de días. Es curioso, la ciudad digital de los blogs también está en parte “cerrada por vacaciones”. Extraño mes agosto, despoblado en la ciudad, pero lleno a rebosar en otros lugares (las playas de levante, por ejemplo. Apenas uno puede adivinar que debajo de la gente haya arena).

Pero afortunadamente no todos están de vacaciones. Magda continúa ahí, y me da la pista de un artículo interesante de mi admirado Vila-Matas en El País. En relación con la famosa portada de El Jueves y la dignidad del Príncipe (una curiosa profesión para estos tiempos. Los príncipes y las princesas me resultan como las hadas o las brujas: categorías de cuentos infantiles. Cuesta pensar que alguien en estos tiempos sea príncipe en activo). El artículo reseña un libro de ensayos de J. M. Coetzee que viene muy a propósito: Contra la censura.

La idea es que para que haya una ofensa tiene que existir un concepto equivocado de la dignidad: sólo hay ofensa si se ignora que la dignidad es una ficción, un eje más de las ruedas del teatro del universo.

Así es, si así nos parece. El mundo es una ilusión, un escenario en el que todos tenemos frases que decir y un papel que representar. Cierta clase de actores, al reconocer que están en una obra, seguirán actuando a pesar de todo; otra clase de actores, escandalizados de descubrir que están participando en una mascarada, tratarán de irse del escenario y de la obra. Los segundos se equivocan. Se equivocan porque fuera del teatro no hay nada, ninguna vida alternativa a la que uno pueda incorporarse. El espectáculo, al igual que el teatro kafkiano de Oklahoma, es, por así decirlo, el único que hay en la cartelera. Y lo único que uno puede hacer es seguir representando su papel, aunque tal vez con una nueva conciencia, una conciencia cómica.

Vila-Matas, que tan aficionado es a los teatros, sobre todos si son kafkianos. El artículo me abre las ganas de leer el libro de Coetzee y de volver a Vila-Matas, al que hace tiempo que dejé de seguir la pista. Lo que menos me interesa es el tema del Príncipe y de su dignidad. El chiste de El Jueves no dejaba de tener su gracia, aunque es una pena constatar que cada vez tenemos menos sentido del humor.

Por otro lado, me topo en Literatúrame (que me remite a un blog que no conocía, Poemas del alma) con una nueva campaña de esas que llaman de “fomento de la lectura” y que deberían llamar de “fomento de la compra de libros”. Se denomina “Lee en la playa 2007” y consiste en que varios actores disfrazados de personajes literarios (entre los que no podían faltar Don Quijote y Sancho Panza) regalan montones de chorradas si demuestras estar leyendo algo tumbado encima de la toalla. Se me ocurre: entre tanta campaña de fomento de la lectura, ¿alguna vez se le ha ocurrido a alguien publicar estadísticas de uso de bibliotecas públicas o de número de libros prestados? Aunque quizá sea mejor no hacerlo, que con todo ese tema del canon de las bibliotecas puede que esa sea una información que no convenga airear (¿alguien sabe cómo está este tema, si han implantado el famoso canon?).

Lletraferits

Los lectores compulsivos pertenecemos a un club secreto, que los catalanes definen con una palabra, ?lletraferits?, ?letraheridos?. Nos conocemos entre nosotros por la manera de coger un libro, de hojearlo, de reconocer la calidad de un papel- esa sonrisa que nos da una textura-, por la prisa para buscar privacidad cuando hemos encontrado el libro buscado?Además tenemos bastantes manías, tratamos nuestros libros de manera especial, a veces ilógica: un amigo mío plancha las hojas de los libros después de leerlos, yo, que soy capaz de llenarlos de anotaciones, no tolero que se doblen las hojas de mis libros con marcas de lectura.

Leer como sea“, Andrés Sobrino (vía Libro de Notas)

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