Lecturas del verano

Este verano (que oficialmente finalizó hace varios días) he hecho una serie bastante variopinta de lecturas. Así como el año pasado mi hilo conductor era, más o menos, la historia reciente española, sobre todo lo relativo a la guerra civil (leí La guerra civil española, de Hugh Thomas, y dos libros de Paul PrestonEl holocausto español y su biografía de Franco), este año solamente puedo aludir al inglés como motivo orientador. Quería leer libros en inglés que fueran relativamente sencillos. Deduje (y creo que no me equivoqué del todo) que me resultaría más fácil la literatura de género: novela negra, ciencia-ficción, incluso relatos de terror del siglo diecinueve.

Factótum, de Charles Bukowski

Por Bukowski me interesé a raíz de mi lectura de Fante, en un extraño juego de referencias y recomendaciones cruzadas. Como dije entonces, nunca he sido un seguidor fiel de Bukoswki, pero en su momento sí leí algunos de sus libros, incluyendo este Factótum. He vuelto a él porque de repente, de la misma manera que me había ocurrido con Fante, se me ocurrió que tal vez su realismo sucio y su forma de narrar bronca y de frases cortas fueran adecuadas para un lector inseguro en inglés. Y acerté.

Factótum es la segunda novela de Bukowski y narra la vida de Henry Chinaski (que como es sabido, es para Bukoswki lo mismo que Bandini para Fante, su alter ego). Chinaski ha sido rechazado en el ejército (estamos al comienzo de la segunda guerra mundial) y sobrevive saltando de un empleo a otro, mientras se emborracha y escribe incansablemente relatos que no consigue publicar. Tanto en sus trabajos como en sus relaciones con mujeres, nunca consigue permanecer demasiado tiempo. Hasta que conoce a Jan, una especie de alma gemela a la que es capaz de aguantar y con la que inicia algo parecido a una relación.

Es, quizá su novela más conocida, tal vez la que mejor defina su estilo, ese realismo sucio que luego ha sido imitado en una gran parte de la literatura norteamericana posterior. Sin embargo, aquí apenas se encuentra presente el tema por el que será más conocido en sus obras posteriores, el sexo. En Factótum el tema es el trabajo como maldición, como la condición imprescindible para llevar una vida más o menos decente. Chinaski solo quiere escribir, beber, estar con mujeres. No quiere formar parte de una sociedad que trabaja para tener a su alcance bienes que no necesita. Sin embargo, para poder llevar adelante su vida necesita trabajar en trabajos miserables, dejarse explotar, despreciar. Se pregunta a sí mismo por qué.

La maldición de los Dain, de Dashiell Hammett

Del realismo sucio a la novela negra. Dashiell Hammett y una de las novelas que le llevó a la fama (aunque es más conocido por El halcón maltés). La maldición de los Dain es una novela de misterio en el sentido más clásico del término. El agente de la Continental investiga la maldición que parece afectar a una familia a través de tres historias conectadas entre sí porque todas ellas tienen en su centro a Gabrielle, la hija de Edgar Legett. Como buena novela negra, hay muertos detrás de cada esquina. Pero es interesante y ágil.

Dashiell Hammett tiene el indudable mérito de haber sido también un pionero, como Bukowski y Fante. En su caso, fue el creador, o descubridor, de la novela negra.

La autopista de la eternidad, de Clifford D. Simak

En este caso, únicamente me movía el deseo de leer ciencia-ficción. No tenía referencias de Simak, ni de esta obra, y debo decir que es el libro que me ha parecido menos interesante de toda esta serie. Ciencia-ficción maravillosa, Simak nos cuenta en La autopista de la eternidad un viaje en el tiempo. Corcoran y Boone acuden a un hotel en el que ha desaparecido misteriosamente uno de sus clientes. Conocidos por sus capacidades extrasensoriales, descubren un extraño anexo que les llevará, a través del tiempo a un extraño lugar, Hopkins Acre, en el que varios humanos se refugian de la amenaza de ser convertidos en seres sin cuerpos, inteligencias puras dedicadas únicamente a pensar. A partir de ese momento, comenzará un caótico viaje por el tiempo.

La historia es entretenida. Los protagonistas viajan al Pleistoceno y se enfrentan a la amenaza de los lobos y dientes de sable. Viajan a otras épocas en las que los robots sirven al hombre, que no tiene otra cosa que hacer más que pensar, y destruyen los árboles porque temen que sea la especie que tome el lugar del hombre. Sin embargo, no se capta muy bien el propósito de Simak, y el conjunto de la novela da la sensación de ser solamente una acumulación de sucesos.

El hotel de los horrores, de Wilkie Collins

Por último, una historia de terror. Un hotel veneciano sufre un extraño encantamiento. Dormir en una de sus habitaciones es imposible para todos los miembros de una misma familia: cuando lo intentan experimentan extrañas visiones, olores insoportables. Pero para llegar hasta aquí Collins nos ha llevado previamente a través del desgraciado matrimonio de Lord Montbarry, que le llevó a abandonar precipitadamente a Agnes, su prometida oficial, para casarse con la condesa, una mujer fascinante y extraña. Montbarry se muda con ella y su hermano a un palacio veneciano y allí fallece en extrañas circunstancias. Posteriormente, el palacio es transformado en el hotel del título, y todos los miembros de su familia, incluida Agnes (que ahora es pretendida por el hermano de Montbarry) recalan allí. El fantasma de Montbarry les ayudará a conocer su triste final.

Es una obra muy poco conocida de Collins, pero que representa bastante bien su habilidad para el misterio y lo sobrenatural. En este ámbito Collins fue un maestro, incluso se considera que fue el auténtico creador del género policíaco con su novela La piedra lunar.

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Lecturas de un año

        Durante el año recién terminado he leído 27 libros. No parece una gran cantidad y no lo es, aunque en mi descargo he de decir que una gran parte de ellos superaban las quinientas páginas, uno incluso estaba compuesto por dos tomos. De todos ellos, 14 eran en inglés, con lo que podría decir que este ha sido el año que más libros en ese idioma he leído. Otro aspecto importante sobre mi lectura de este año es que por primera vez he leído sobre la guerra civil: dos libros de Paul Preston, El holocausto español y Franco, una biografía; y otro de Hugh Thomas, La guerra civil española. Era una asignatura pendiente que tenía desde que llegué a la conclusión de que la mayoría de nosotros hablamos de la guerra civil sin tener información fidedigna y consistente sobre lo que ocurrió en realidad. Por mi parte, creo que en general mi visión del asunto no estaba demasiado desviada, aunque si es cierto que se me han desmontado unos cuantos mitos en relación con el tema. Para guiarme en estas lecturas (que espero continuar a lo largo de 2013), me guié por la bibliografía que publicó Antonio Muñoz Molina en su blog a principios del año pasado.

       También este año abandoné el ensayo filosófico (que en algún momento estuvo centrado en la figura de Michel Onfray) y me decanté más por la novela y la ficción en general. Era necesario, me había alejado demasiado de la literatura, aunque me gustaría a lo largo de este año compaginar mejor los distintos géneros que me interesan. Y comentar todos los libros en este blog, que ha estado abandonado durante gran parte de 2012, por lo que no puedo aportar ningún enlace a esta nota.

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El lamento de Portnoy, Philip Roth

Mis ocupaciones, y un cambio de costumbres (he dejado de ir a trabajar en metro), han hecho resentirse a mi ritmo de lecturas. Esa es una de las razones por las que cada vez publico menos “reseñas” en Octaedro. Esa y que cada vez publico menos de cualquier cosa en Octaedro, pero eso es otro tema. Voy a ver si vuelvo a donde solía y os puedo dar noticia de los libros que cada tanto voy descubriendo. Ahora estoy leyendo “Música para camaleones”, de Truman Capote: ya os lo comentaré cuando lo acabe. Por el momento, os dejo un post que tenía escrito y guardado en las entrañas de Octaedro, en espera de revisión.

El lamento de Portnoy, de Philip Roth, adopta la forma de una larga conversación, en realidad monólogo, entre el personaje de Alexander Portnoy y su, suponemos, psicoanalista. En esta confesión se van desgranando las claves de la vida de Portnoy, la explicación de su descontento y de su sufrimiento. Portnoy es judío y fue educado en los valores judíos. El problema es que sus padres eran un par de neuróticos que le trataron de inculcar, desde su deforme visión de la vida, el sentimiento de culpabilidad que todo judío debe acarrear.

Adolescencia. Educación en los valores judíos desde algo semejante a una enfermedad mental. Complejo de culpabilidad, sienten culpa por todo, como si la culpa fuera un mal heredado, inevitable. Le inculcan también el respeto a sus padres, pero desde la neurosis (“tus padres se han esforzado por tí, se han sacrificado. Tu padre trabaja como un burro por tí, mírale”. Y su padre adopta el gesto de quien desfallece o sufre intensamente). Portnoy se rebela ante esta visión del mundo y de la vida que su madre le presenta. Y se revela como lo haría cualquier adolescente: negándose a complacer a sus padres en cosas nimias, sin importancia. Pero en su casa eso es una tragedia. El mero hecho de no ponerse traje el día de una festividad judía (ahora no recuerdo cuál es) hace que sus padres se desesperen y exageren el intenso dolor que les causa el hijo.

Toda esta educación desemboca en la represión sexual de Portnoy. Portnoy no llega a tener una relación normal con el sexo. En su adolescencia se dedica a masturbarse furiosamente, pero lo hace con un tremendo sentimiento de culpabilidad. Más tarde, sus relaciones con las mujeres serán erráticas. Irá de relación en relación, buscando únicamente el sexo y el placer, pero al mismo tiempo, añorará una relación estable, una familia, hijos. La relación más fuerte que encuentra es, precisamente, con una mujer que no hace ascos a cualquier tipo de relación sexual, pero que es de una educación inferior a la suya. Y que también es gentil. Una de los aspectos claves de su castrante educación es que un judío no puede mantener ningún tipo de relación con una mujer gentil. Como es fácilmente adivinable, son precisamente las mujeres gentiles las que excitan y hacen gozar a Portnoy: otro factor más para el tremendo sufrimiento que infringe a sus padres.

Portnoy atraviesa la vida sin una dirección definida, de exceso en exceso, escandalizando y despreciando a sus padres y a todo lo relacionado con la vida que ha vivido hasta ese momento. Y en realidad, lo que más anhela es precisamente que esos padres le quieran y reconozcan sus méritos (social y laboralmente ha alcanzado un estatus elevado) más allá de la estrechez de miras que su forma de interpretar su religión y su cultura les impone.

Lo dramático de la historia de Portnoy se refleja en la novela con un tono claramente humorístico, sobre todo cuando se hace referencia a la adolescencia del protagonista. Lo ridículo de las situaciones por las que pasa aligera un poco la sordidez de la historia y la convierten en una novela bastante divertida.

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