Irène Némirovsky
Resurjo de nuevo, como el Guadiana. Esto es un blog intermitente, si esa modalidad existe, mantenido desde hace años pero de una forma que no propicia realmente la fidelidad de los lectores. Es igual, Octaedro continúa aquí y de repente, sin saber ni cómo ni por qué, se reactiva. Alguien, de tanto en tanto, será testigo de estos resurgimientos ocasionales.
Como muchas otras veces, un libro. Un libro regalado, que es una modalidad de adquisición que sólo de cuando en cuando da lugar a buenas lecturas. Y esta ha sido una de esas ocasiones. Se trata de una autora que no conocía, Irène Némirovsky, y una obra sobre la ocupación de Francia durante la Segunda Guerra Mundial, Suite francesa. Leo en Moleskine literario que la novela hizo ganar a su autora el Premio Renaudot de manera póstuma en el año 2004, en lo que es el único caso que al menos yo conozco. Bien, la novela me interesó, últimamente me interesa todo lo relacionado con la guerra mundial. Sobre todo los aspectos menos conocidos. En ese sentido encuentro una relación interesante con otra novela, ésta de autora anónima: Una mujer en Berlín. Ambas tienen un indudable paralelismo. En las dos se plantean, además de otros temas, la relación con el invasor, con el soldado extranjero que llega como una inundación y se apodera de todo lo que encuentra a su paso, de los lugares, de los bienes materiales, incluso de la vida y las voluntades de los antiguos habitantes. En ambas novelas se plantea un aspecto muy interesante de la relación con ese invasor: el sentimental y, en algunos casos, el sexual. Cuando soldados extranjeros toman una ciudad, tienen una recompensa según las leyes no escritas de la guerra: el botín. Y de ese botín forman parte, en alguna medida, las mujeres. Es el caso de la toma de Berlín por parte del ejército ruso. Alemania estaba derrotada, hundida. Berlín era una ciudad fantasma en la que aún sobrevivían algunos de sus habitantes, escondidos entre las ruinas. Los rusos venían de una campaña intensa y se encontraron con las mujeres alemanas que permanecían en Berlín. La violación fue una constante. Tanto que la protagonista de este relato (Una mujer en Berlín) toma una decisión de supervivencia: ha de encontrar a un lobo que la proteja de todos los demás lobos. Así se hace amante oficial de un comandante ruso. Es la única manera de evitar que todos los soldados del ejército rojo hagan cola frente a su puerta.
El caso de Francia es diferente, aunque resulte paradójico. No hay botín de guerra. Al menos no en el pueblecito en el que transcurre la segunda parte de esta novela incompleta. Aquí los soldados alemanes no buscan apoderarse por la fuerza de todo lo que encuentran a su paso; o sí, pero con educación, con una aparente justicia, buscando ganarse la confianza del pueblo francés. Las mujeres no son tomadas al asalto, son cortejadas. Y ellas, con sus maridos ausentes (las que lo tienen), muchos de ellos prisioneros del propio ejército alemán, o simplemente en paradero desconocido, no pueden por menos que mostrarse complacidas ante un enemigo tan educado, tan culto, tan (en muchos casos) diferentes de los campesinos rudos que quedan en su tierra. Y de fondo la sociedad del lugar, dispuesta a crucificar a esas mujeres que ceden al impulso del amor, pero al tiempo tan servil con los ocupantes. Porque la sociedad francesa, una vez superado el temor inicial a la actitud de los soldados invasores, da rienda suelta a todas sus mezquindades; como por otra parte, ocurre siempre en situaciones semejantes.
Personalmente, creo que el valor de la novela reside principalmente en su carácter de testimonio de un determinado momento histórico, uno de los momentos más traumáticos de la historia reciente de Europa. Este carácter se refuerza también con la trayectoria personal de su autora. Judía, de origen ruso, establecida en París y autora de éxito en el momento, será deportada después de la invasión de Francia a Auschwitz, donde desaparecerá. Su marido, Miguel Epstein seguirá sus pasos y serán sus hijas, quienes recorriendo Europa merced a la ayuda de editores y otras personas que conocieron a sus padres, rescaten esta novela del olvido al que parecía estar destinada.
El privilegio de entender otros idiomas distintos de aqueste que tanto amamos, el español (también conocido como castellano) es poder leer libros de autores de países bárbaros antes de que alguien se tome la molestia de traducirlos. Yo entiendo malamente el inglés, no demasiado malamente, cuando me atrevo con un volumen publicado en Nueva York, completed and unabridged, y me he lanzado con uno recientemente aparecido en la tierra del rock. Paul Auster, como no podía ser menos. Curiosamente, Auster es uno de los escritores que más leo (al menos tiene una buena porción de estantería en el salón de mi casa) y que más me decepcionan. Me explicaré. Me gusta Auster, me gustan sus novelas (en general) y aprecio las pequeñas perlas que suelen aparecer en ellas de cuando en cuando. Me gustan sus temas, y su mundo me resulta atrayente. ¿Por qué digo entonces que me decepciona? Porque siempre me hace esperar más. En muchas de sus páginas hay una promesa, el vislumbre de algo suculento que, sin embargo, no termina de llegar. Al menos esa es la impresión que a mí me causa. Sin embargo, podría señalar en casi todos los libros de Auster párrafos que contienen pequeñas joyas.
En el pasado, el tiempo fue una excusa para dejar de escribir Octaedro. No tenía tiempo ni para asomarme aquí, mucho menos para escribir o actualizar la plantilla, o hacer esas cosas que se supone hace un blogger diligentemente dedicado a su función. Ahora tengo tiempo, pero no tengo ideas. Ahora (como antes, cuando no tenía tiempo), recorro la blogosfera, los medios de comunicación, las páginas perdidas que de cuando en cuando me gusta descubrir, y reconozco que los temas son muchos y muy variados. Pero Octaedro continúa en barbecho, lleno de hierbajos y piedras. Me tientan muchas cosas más allá de los libros, incluso libros más allá de los que suelo comentar, pero lo observo todo desde la barrera, dudando si lanzarme de nuevo a la arena…
He continuado mi vuelta a la actividad lectora con los cuentos de Monterroso. Hace tiempo que quería ver publicado en letras de molde, con su título y su indicación en el índice, el celebérrimo microrrelato, el que todo el mundo menciona y todo el mundo se sabe de memoria. El del dinosaurio, vamos. Me parecía una experiencia interesante pararme en la página, leerlo con calma y reflexionar sobre él. Pero pronto me di cuenta de que, delante y detras de ese relato, había otros igualmente interesantes y que definían a Monterroso tanto como ese. Quiero decir que por culpa del dichoso relato yo me había forjado de él una imagen de autor de microrrelatos, cuando en absoluto lo es, o al menos no sólo lo es. Los suyos son relatos, a veces muy cortos, pero en la mayor parte de las ocasiones de una longitud normal. Y muy, muy interesantes. Uno de los temas que trata en estos relatos y que me ha llamado la atención es el de los escritores que no escriben. Leopoldo (sus trabajos) es la historia de un escritor a quien le apasiona la búsqueda de información. Consulta libros y más libros, toma nota de todo lo que le parece digno de ser mencionado en un relato, juega con ideas que se le ocurren de tanto en tanto. Pero no escribe. Desde hace una inverosimil cantidad de años, se dedica a la escritura de un cuento, cuento que no ha comenzado porque no ha sido capaz de decidirse por la victoria de uno de los dos protagonistas. Trata sobre el combate entre un perro y un puercoespín, pero eso es lo de menos. El asunto es que, durante todo el tiempo que lleva dedicado a escribirlo, ha sido capaz de agotar la información disponible sobre ambos animales, pero no de escribir una sola palabra.
Hace unos días terminé Una mujer en Berlín (de autora anónima), que, como ya anuncié hace un par de anotaciones, ha sido mi vuelta a la lectura. Os pongo en antecedentes por si no habeis oído hablar del libro: se trata del diario de una mujer alemana a la que tocó vivir la entrada de las tropas rusas en el Berlín derrotado de la Segunda Guerra Mundial. Es un diario íntimo, una forma de supervivencia en unas circunstancias difíciles: su autora nunca había pensado en publicarlo, de hecho, una vez convencida de hacerlo, no quiso que su nombre apareciera. Por ello tal vez está redactado de una manera extremadamente realista, y en él no se ahorran comentarios negativos sobre la manera de actuar de sus compatriotas. Hay un eje temático, el principal problema que las mujeres vivieron en ese momento de crisis y disolución de una sociedad: las violaciones. El ejército ruso entró en Berlín a la caza de cuanta mujer se dejaba ver. Supongo que como han hecho todos los ejércitos a lo largo de la historia de las distintas guerras que en el mundo han sido. Estaba compuesto, en su mayor parte, por jóvenes campesinos, hijos de un pueblo joven e inexperto, y las mujeres alemanas les parecían sofisticadas, distintas a las mujeres de su tierra. Los primeros días las violaciones eran generalizadas y en masa. Las mujeres temblaban en cuanto las botas de los soldados rusos resonaban por las escaleras de sus casas. Más adelante, como le ocurrió a la autora del diario, aprendieron a “buscarse un lobo que las protegiera de los demás lobos”, a ser posible de alta graduación. Con el tiempo, las violaciones se convirtieron en intercambios. Ellas daban sexo a cambio de comida, porque sus amantes rusos siempre llegaban con arenques o tocino debajo del brazo.