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Irène Némirovsky

Suite francesaResurjo de nuevo, como el Guadiana. Esto es un blog intermitente, si esa modalidad existe, mantenido desde hace años pero de una forma que no propicia realmente la fidelidad de los lectores. Es igual, Octaedro continúa aquí­ y de repente, sin saber ni cómo ni por qué, se reactiva. Alguien, de tanto en tanto, será testigo de estos resurgimientos ocasionales.

Como muchas otras veces, un libro. Un libro regalado, que es una modalidad de adquisición que sólo de cuando en cuando da lugar a buenas lecturas. Y esta ha sido una de esas ocasiones. Se trata de una autora que no conocía, Irène Némirovsky, y una obra sobre la ocupación de Francia durante la Segunda Guerra Mundial, Suite francesa. Leo en Moleskine literario que la novela hizo ganar a su autora el Premio Renaudot de manera póstuma en el año 2004, en lo que es el único caso que al menos yo conozco. Bien, la novela me interesó, últimamente me interesa todo lo relacionado con la guerra mundial. Sobre todo los aspectos menos conocidos. En ese sentido encuentro una relación interesante con otra novela, ésta de autora anónima: Una mujer en Berlí­n. Ambas tienen un indudable paralelismo. En las dos se plantean, además de otros temas, la relación con el invasor, con el soldado extranjero que llega como una inundación y se apodera de todo lo que encuentra a su paso, de los lugares, de los bienes materiales, incluso de la vida y las voluntades de los antiguos habitantes. En ambas novelas se plantea un aspecto muy interesante de la relación con ese invasor: el sentimental y, en algunos casos, el sexual. Cuando soldados extranjeros toman una ciudad, tienen una recompensa según las leyes no escritas de la guerra: el botín. Y de ese botín forman parte, en alguna medida, las mujeres. Es el caso de la toma de Berlín por parte del ejército ruso. Alemania estaba derrotada, hundida. Berlín era una ciudad fantasma en la que aún sobrevivían algunos de sus habitantes, escondidos entre las ruinas. Los rusos venían de una campaña intensa y se encontraron con las mujeres alemanas que permanecían en Berlín. La violación fue una constante. Tanto que la protagonista de este relato (Una mujer en Berlín) toma una decisión de supervivencia: ha de encontrar a un lobo que la proteja de todos los demás lobos. Así se hace amante oficial de un comandante ruso. Es la única manera de evitar que todos los soldados del ejército rojo hagan cola frente a su puerta.

El caso de Francia es diferente, aunque resulte paradójico. No hay botín de guerra. Al menos no en el pueblecito en el que transcurre la segunda parte de esta novela incompleta. Aquí los soldados alemanes no buscan apoderarse por la fuerza de todo lo que encuentran a su paso; o sí, pero con educación, con una aparente justicia, buscando ganarse la confianza del pueblo francés. Las mujeres no son tomadas al asalto, son cortejadas. Y ellas, con sus maridos ausentes (las que lo tienen), muchos de ellos prisioneros del propio ejército alemán, o simplemente en paradero desconocido, no pueden por menos que mostrarse complacidas ante un enemigo tan educado, tan culto, tan (en muchos casos) diferentes de los campesinos rudos que quedan en su tierra. Y de fondo la sociedad del lugar, dispuesta a crucificar a esas mujeres que ceden al impulso del amor, pero al tiempo tan servil con los ocupantes. Porque la sociedad francesa, una vez superado el temor inicial a la actitud de los soldados invasores, da rienda suelta a todas sus mezquindades; como por otra parte, ocurre siempre en situaciones semejantes.

Personalmente, creo que el valor de la novela reside principalmente en su carácter de testimonio de un determinado momento histórico, uno de los momentos más traumáticos de la historia reciente de Europa. Este carácter se refuerza también con la trayectoria personal de su autora. Judía, de origen ruso, establecida en París y autora de éxito en el momento, será deportada después de la invasión de Francia a Auschwitz, donde desaparecerá. Su marido, Miguel Epstein seguirá sus pasos y serán sus hijas, quienes recorriendo Europa merced a la ayuda de editores y otras personas que conocieron a sus padres, rescaten esta novela del olvido al que parecía estar destinada.

Lotería solar (y otro)

Comenzar a conocer la obra de un autor por su novela más floja no es lo más adecuado. A veces pasa, cuando uno utiliza una biblioteca pública (dónde no siempre se encuentran las obras más importantes de los autores, sobre todo si hablamos de una biblioteca de barrio) o no ha tenido la precaución de recoger previamente información sobre el autor. Sin embargo, tampoco es un mal sistema. Si lo que hemos leído nos ha gustado más o menos, siempre nos hará ilusión saber que aún nos queda por leer lo mejor. Suponiendo que persistamos, claro está, y que no abandonemos decepcionados. Algo así me ha ocurrido con Philip K. Dick. Para un aficionado a la lectura que nunca se ha asomado al mundo de la ciencia-ficción, Dick puede ser un autor bastante adecuado para comenzar, al menos es de los más conocidos fuera de este ámbito. Con su nombre en la cabeza, me planté en la biblioteca de mi barrio y me hice con el primer libro suyo que encontré, que resultó ser Lotería solar, su primera novela.

Nos encontramos en un momento impreciso del futuro. La democracia, con todo lo que implica de luchas por el poder, de intentos de manipulación o de control, ha sido sustituida por un nuevo sistema de elección. Ni más ni menos, el puro azar. A través de un sistema conocido como Minimax, se elige un Gran Presentador, una suerte de presidente mundial. Cualquiera puede ser agraciado por el nombramiento, incluso la persona más oscura o más alejada de la política. El designado mediante este sistema controla esta suerte de loteria y ejerce el poder bajo la protección de las Brigadas Telepáticas, una especie de guardia de corps o pretoriana, que controlan la mente de todos aquellos que se acercan al Presentador. Porque, desde el mismo momento en que el designado accede al puesto se encuentra en peligro. Dentro de las reglas del juego entra la posibilidad de ser asesinado. Una convención nombrará a un asesino, uno de cada vez, que intentará matar al Gran Presentador, con el apoyo y la aquiescencia de todos, que observarán los hechos como quien contempla un evento deportivo. Sin embargo, y a pesar de la pretendida imparcialidad del sistema, todos harán lo posible por manipularlo. Y no os cuento más.

Desde luego que Lotería Solar no es una gran novela. A pesar de ello, la idea me gusta, tal vez porque en la política de nuestra época cada vez se hacen más esfuerzos para dotar al sistema de apariencia de imparcialidad, cuando en realidad lo único que se pretende es manipularlo al máximo. En eso quizá veo nuestra época un poco reflejada en esta novela de Dick. Buscando cosas sobre el autor en la red, he dado con unas palabras suyas que me parecen de lo más interesantes. Las publica Enrique Bustamante en su bitácora, das Mystiche:

Como aconsejó Philip K. Dick, basta con imaginar una sociedad que no existe de hecho, pero que se basa esencialmente en nuestra sociedad real. Este mundo debe diferenciarse del real ?apuntaba Dick- al menos en un aspecto que debe ser suficiente para dar lugar a acontecimientos que no ocurren en nuestra sociedad, o en cualquier otra sociedad del presente o del pasado. Esta sociedad debe transformarse, pues, sin causa aparentemente justificada, a partir de la nuestra, y dar lugar a un nuevo mundo familiar y sorprendentemente extraño.

Actualización de bastantes días después (esta anotación ha dormido el sueño de los justos en las entrañas de Octaedro durante todo ese tiempo): Cómo apuntaba al principio de esta anotación, evidentemente lo mejor venía a continuación. Los tres estigmas de Palmer Eldritch. Acabo de terminarla y debo decir que me ha parecido casi, casi fascinante. Aquí Dick juega con la idea de Dios. Religión y drogas, un dios que está en todas partes merced a la intoxicación de sus fieles con una potente droga. Un dios que es todos y cada uno de sus fieles. Y una idea que apunta en un momento, muy interesante: Dios (con mayúscula) es onmisciente y onmipresente, pero no onmipotente. Nos ve, nos comprende en todo momento, pero no es capaz de ayudarnos, principalmente porque él mismo duda, porque no sabe qué hacer por nosotros. Entonces no es Dios, apunta otro de los personajes. Seguro que no, pero la idea queda ahí, por si alguien quiere reflexionar sobre ella (alguien que de alguna manera crea en Dios, porque sino, no veo la razón).

Travels in the scriptorium

Viajes por el scriptoriumEl privilegio de entender otros idiomas distintos de aqueste que tanto amamos, el español (también conocido como castellano) es poder leer libros de autores de países bárbaros antes de que alguien se tome la molestia de traducirlos. Yo entiendo malamente el inglés, no demasiado malamente, cuando me atrevo con un volumen publicado en Nueva York, completed and unabridged, y me he lanzado con uno recientemente aparecido en la tierra del rock. Paul Auster, como no podía ser menos. Curiosamente, Auster es uno de los escritores que más leo (al menos tiene una buena porción de estantería en el salón de mi casa) y que más me decepcionan. Me explicaré. Me gusta Auster, me gustan sus novelas (en general) y aprecio las pequeñas perlas que suelen aparecer en ellas de cuando en cuando. Me gustan sus temas, y su mundo me resulta atrayente. ¿Por qué digo entonces que me decepciona? Porque siempre me hace esperar más. En muchas de sus páginas hay una promesa, el vislumbre de algo suculento que, sin embargo, no termina de llegar. Al menos esa es la impresión que a mí me causa. Sin embargo, podría señalar en casi todos los libros de Auster párrafos que contienen pequeñas joyas.

Travels in the scriptorium (que Anagrama ya tiene preparada y a punto de lanzamiento) es una historia extraña, en la línea del mejor Auster. Un hombre mayor, al que sólo conocemos como Mr. Blank, se despierta una mañana en una habitación que no conoce, o al menos no recuerda. No sabe qué hace allí, ni quién es. Lo que intuye desde el primer momento es que está encerrado, a pesar de que en ningún momento se desplaza hasta la puerta para comprobarlo. Sobre la mesa hay un manuscrito que narra la historia de otro prisionero, además de un mazo de fotografías de personas que no conoce pero cuyas caras remueven algo parecido a la impresión de un recuerdo en su interior. Mr. Blank comienza a leer el manuscrito y no dejará de hacerlo mientras las visitas se suceden a su habitación. Una mujer, a la que identifica con una de las fotografías del mazo, un ex-policía, un médico, otra mujer. A lo largo de las visitas y de la información que proporcionan, vamos descubriendo un pasado un tanto turbio, alguna clase de actividad que envió a ciertas personas a la muerte, aunque algunos de los que ahora visitan a Mr. Blank le exoneran de parte de la responsabilidad.

En fin, no digo más. Es una novela bastante interesante y completamente diferente de la anterior, Brooklyn Follies. Por cierto, la bitácora sobre Auster en Español, ¡Esto es Brooklyn!, es una buena fuente de información sobre el autor. Aparece incluso mencionada en la página oficial de Paul Auster.

El nuevo lector

No sé si os ocurre lo mismo a vosotros, imagino que sí. A menudo me pierdo en la red. Me pierdo entre las palabras, entre los enlaces que me llevan a nuevas palabras. Desemboco en páginas inesperadas que me proporcionan nuevas palabras, y nuevos motivos de reflexión. A menudo me desespero cuando, después de una travesía de estas, me doy cuenta de la cantidad de tiempo que he consumido y que podría haber dedicado a cosas más urgentes -cosas que figuraban en mi agenda-. Soy un nuevo tipo de lector. Lo dice José Antonio Millán en este magnífico artículo: el lector Control F. José Antonio Millán cree plenamente en la vigencia de la red, cree que la red no va a suponer el final de nada, sino la mejora de muchas cosas. De la experiencia de la lectura, entre ellas. Y ello solo redunda en beneficio de los lectores, de los autores que solo anhelan ser leídos, incluso de los editores:

¿Quien va a salir ganando con esta situación. Todos: los autores, a los que el voraz flujo de novedades en las librerías ya no va a privar de lo que más les interesa: ser leídos (¡aunque sea en pantalla!). Los editores, porque gracias a los índices electrónicos mucha gente va a saber qué hay en el interior de sus libros, y gracias a las páginas de muestra los lectores van a transmitir su entusiasmo a otros. Y los bibliotecarios, porque ni soñando podían haber pensado en un cumplimiento mejor de su misión.

(Vía Libro de Notas)

Kapuścińki y la falta de ideas

Viajes con HerodotoEn el pasado, el tiempo fue una excusa para dejar de escribir Octaedro. No tenía tiempo ni para asomarme aquí, mucho menos para escribir o actualizar la plantilla, o hacer esas cosas que se supone hace un blogger diligentemente dedicado a su función. Ahora tengo tiempo, pero no tengo ideas. Ahora (como antes, cuando no tenía tiempo), recorro la blogosfera, los medios de comunicación, las páginas perdidas que de cuando en cuando me gusta descubrir, y reconozco que los temas son muchos y muy variados. Pero Octaedro continúa en barbecho, lleno de hierbajos y piedras. Me tientan muchas cosas más allá de los libros, incluso libros más allá de los que suelo comentar, pero lo observo todo desde la barrera, dudando si lanzarme de nuevo a la arena…

En fin, a lo que iba. El caso es que he leído Viajes con Herodoto, de Ryszard Kapuściński (creía que por recomendación de JJ Merelo, pero ahora no encuentro el comentario que creí haber leído en su blog).Para quien no lo conozca, Kapuściński es un periodista polaco que en sus libros ha trascendido el periodismo y ha hecho literatura de viajes. En este libro nos habla de sus primeros viajes como corresponsal. Como periodista de un país de la órbita soviética, Kapuściński estaba obsesionado con viajar fuera de su patria, en realidad, simplemente cruzar la frontera, aunque sólo fuera para ir al país de al lado. Sus expectativas de entonces se vieron colmadas con lo que imagino que sería impensable para la mayoría de los periodistas de su país: fue enviado nada menos que a China, en un intercambio de periodistas entre países comunistas. Antes de marcharse, la redactora jefe de su periódico le regala un libro que, aunque en ese momento le parece extraño, más adelante considerará indispensable para sus viajes. El libro en cuestión es la Historia de Herodoto. A partir de ese viaje inicial, Kapuściński viajará por todo el mundo con el libro a cuestas. Lo leerá una y otra vez, y le servirá de evasión en muchos momentos en los que su trabajo, la dureza de lo que se ve obligado a vivir, se le convierta casi en insoportable.

La razón principal por la que Kapuściński no se separa del libro es que la figura de Herodoto se le antoja precursora de la labor del corresponsal. Herodoto es un historiador, pero sus fuentes no son sino las personas, los testigos directos de los hechos que recoge en su libro. Herodoto recorre el mundo hablando con ellos, tomando notas de todo lo que le cuentan. Accede a información que está vedada a historiadores más tradicionales. La labor del corresponsal es la misma, para Kapuścińki. Lo que escribe en las crónicas que cada día manda a su periódico es también historia. También él habla con los protagonistas y los testigos de los sucesos que narra.

Kapuściński, más que un mero corresponsal, es un filósofo. Al menos un poco filósofo. Sus reportajes son una mirada al mundo, más que el relato de unos hechos y unas condiciones de vida. Mira al mundo y reflexiona, y en esa reflexión Herodoto le ha proporcionado un apoyo inestimable.

Viajes con Herodoto es un libro muy recomendable.

Lectura: Cuentos, de Augusto Monterroso

Cuentos, Augusto MonterrosoHe continuado mi vuelta a la actividad lectora con los cuentos de Monterroso. Hace tiempo que quería ver publicado en letras de molde, con su título y su indicación en el índice, el celebérrimo microrrelato, el que todo el mundo menciona y todo el mundo se sabe de memoria. El del dinosaurio, vamos. Me parecía una experiencia interesante pararme en la página, leerlo con calma y reflexionar sobre él. Pero pronto me di cuenta de que, delante y detras de ese relato, había otros igualmente interesantes y que definían a Monterroso tanto como ese. Quiero decir que por culpa del dichoso relato yo me había forjado de él una imagen de autor de microrrelatos, cuando en absoluto lo es, o al menos no sólo lo es. Los suyos son relatos, a veces muy cortos, pero en la mayor parte de las ocasiones de una longitud normal. Y muy, muy interesantes. Uno de los temas que trata en estos relatos y que me ha llamado la atención es el de los escritores que no escriben. Leopoldo (sus trabajos) es la historia de un escritor a quien le apasiona la búsqueda de información. Consulta libros y más libros, toma nota de todo lo que le parece digno de ser mencionado en un relato, juega con ideas que se le ocurren de tanto en tanto. Pero no escribe. Desde hace una inverosimil cantidad de años, se dedica a la escritura de un cuento, cuento que no ha comenzado porque no ha sido capaz de decidirse por la victoria de uno de los dos protagonistas. Trata sobre el combate entre un perro y un puercoespín, pero eso es lo de menos. El asunto es que, durante todo el tiempo que lleva dedicado a escribirlo, ha sido capaz de agotar la información disponible sobre ambos animales, pero no de escribir una sola palabra.

No quería decirlo, pero me siento un poco identificado.

Cuentos, Augusto Monterroso

Lecturas: Una mujer en Berlín

Una mujer en BerlínHace unos días terminé Una mujer en Berlín (de autora anónima), que, como ya anuncié hace un par de anotaciones, ha sido mi vuelta a la lectura. Os pongo en antecedentes por si no habeis oído hablar del libro: se trata del diario de una mujer alemana a la que tocó vivir la entrada de las tropas rusas en el Berlín derrotado de la Segunda Guerra Mundial. Es un diario íntimo, una forma de supervivencia en unas circunstancias difíciles: su autora nunca había pensado en publicarlo, de hecho, una vez convencida de hacerlo, no quiso que su nombre apareciera. Por ello tal vez está redactado de una manera extremadamente realista, y en él no se ahorran comentarios negativos sobre la manera de actuar de sus compatriotas. Hay un eje temático, el principal problema que las mujeres vivieron en ese momento de crisis y disolución de una sociedad: las violaciones. El ejército ruso entró en Berlín a la caza de cuanta mujer se dejaba ver. Supongo que como han hecho todos los ejércitos a lo largo de la historia de las distintas guerras que en el mundo han sido. Estaba compuesto, en su mayor parte, por jóvenes campesinos, hijos de un pueblo joven e inexperto, y las mujeres alemanas les parecían sofisticadas, distintas a las mujeres de su tierra. Los primeros días las violaciones eran generalizadas y en masa. Las mujeres temblaban en cuanto las botas de los soldados rusos resonaban por las escaleras de sus casas. Más adelante, como le ocurrió a la autora del diario, aprendieron a “buscarse un lobo que las protegiera de los demás lobos”, a ser posible de alta graduación. Con el tiempo, las violaciones se convirtieron en intercambios. Ellas daban sexo a cambio de comida, porque sus amantes rusos siempre llegaban con arenques o tocino debajo del brazo.

Se fueron acomodándo a la situación, más preocupadas por la vida de todos los días y la manera de seguir adelante entre el hambre y la destrucción de su mundo, dando por buena la intuición de la autora de que ellas eran el auténtico “sexo fuerte”. Los hombres alemanes permanecían en un discreto segundo plano. La autora narra como, en una ocasión, asistió al momento en que unos soldados rusos trataban de sacar a una mujer por la fuerza de un refugio. La mujer se resistía con todas sus fuerzas. Desde la puerta del refugio, un hombre asomado le recriminaba su comportamiento: “vaya con ellos, mujer, que nos está poniendo a todos en peligro”. La actitud es lo suficientemente elocuente. Sin embargo, cuando llega el final de la ocupación (al menos las tropas que habían estado acampadas en su calle se marchan y comienza a haber un mínimo de organización que pone en marcha de nuevo la vida social de la ciudad), los hombres, que vuelven a asomar la cabeza y a reclamar su derecho a sus mujeres y a su mundo, les recriminan su actitud. Ellas, para soportar la situación, habían recurrido al humor y hablar abiertamente de lo ocurrido. Así, la autora, a cada mujer que conoce, le pregunta cuantas veces ha sido violada. Con algunas intercambia bromas y burlas sobre la capacidad amatoria de los rusos. Pero cuando su novio vuelve de su ausencia militar, no entiende lo que le parece “desvergüenza” de las mujeres alemanas.

Merece la pena leer Una mujer en Berlín, sobre todo porque el sufrimiento de otros pueblos durante la Segunda Guerra Mundial está suficientemente documentado, no así el del pueblo alemán. Cierto es que ellos fueron los principales causantes de la tragedia europea, pero no está demás comprobar que, detrás de unos líderes despiadados había un pueblo, unas personas, una vida diaria en parte ajenas a lo que ocurría en los campos de concentración y en los países invadidos (los alemanes escondidos en los refugios comentan la crueldad del ejército que se les viene encima, sobre la que han oído rumores. Alguien comenta entonces que también los alemanes, los “nuestros” se comportaron con extrema violencia durante el intento de invasión de la Unión Soviética).

Retomar la lectura

Retomar lo que quedó abandonado se me antoja más difícil que comenzar algo desde cero. Hay que desbrozar los caminos que antes recorría asiduamente, buscar las llaves de las puertas que se cerraron, sobre todo recordar donde estaban las cosas que son necesarias para poner en marcha de nuevo la maquinaria. Durante este tiempo he dejado de leer como también de escribir, así que ahora me encuentro un poco huérfano de temas sobre los que escribir, y lo que es peor, de estrategias para encontrarlos.

Estoy leyendo Una mujer en Berlín, un diario de guerra en el que se narran las experiencias personales de una mujer anónima durante la caída de Berlín en 1945. He escrito personales, pero no lo son, son experiencias que sin duda compartieron todas las mujeres que asistieron a la entrada de los rusos en la capital del Tercer Reich. Hambre, frío, violaciones a las que se terminaron acostumbrando y llegaron a no encontrar tan terribles como la palabra que las designa. Es un libro seco, preciso, que narra una realidad sin adornar. Una realidad que, por otra parte, la historia había dejado a un lado. Los alemanes fueron los culpables de la guerra y del genocidio de los judios, su sufrimiento durante los bombardeos aliados y las invasiones rusas no mereció, durante mucho tiempo, más que comentarios al margen. Es curioso comprobar como, una vez abatido el imperio nazi, la población civil estaba tan desvalida como la que aquellos países a los que ellos antes llevaron la guerra y la destrucción.

Me adelanto mucho. Aún no he terminado de leer el libro

Leer es una llamada a la liberación

Leer tiene mucho de subversivo. Lo decía José Antonio Marina en la entrevista de Boulé: las dictaduras siempre han desalentado la lectura porque leer es una llamada a la liberación, y por tanto es una actividad peligrosa. Leer es pensar a través de las ideas de otros, poniendo pie en las ideas de otros. Y todo pensar es no conformarse, es buscar más y mejores cosas, mejores formas de vivir. Quienes se apoyan en un statu quo determinado no quieren que continuemos buscando, tratando de inventar nuevas cosas. Nos prefieren tranquilos, enganchados a lo que ellos mismos nos ofrecen. Pensar solivianta, inquieta, nos impulsa a preguntarnos si lo que tenemos es lo mejor que podríamos tener. Y leer siempre empuja a pensar.

La innecesaria clasificación de la información

Hace unos días Javí, de Tannhauser, me mencionó una anécdota de un libro de Vila-Matas en los comentarios. Yo no la recordaba y comenté que echaba en falta en los libros de papel, los de toda la vida, algo parecido a un buscador, algo que te llevara exactamente a la página en la que se encuentra el pasaje que estás buscando. Por supuesto es una tontería: no estoy tan penetrado u obsesionado con lo digital como para que ese deseo sea algo más que una broma (que ni siquiera soy el primero en mencionar, ya lo hizo Adolfo en este post), pero si es cierto que en otras ocasiones me he encontrado ante una situación semejante a la que se me planteaba con el comentario de Javi. Es decir, que recordaba haber leído algo en determinado libro, pero no era capaz de encontrarlo por mucho que lo hojeara. Y en ese momento sí eché en falta una forma de hallar lo extraviado. Sin tener que leer otra vez el libro, por supuesto. Algo mágico, que hiciera aparecer ante mí el párrafo sin más. Es decir, ni más ni menos que un buscador.

¿Y qué buscador puede hallar un pasaje en un libro de papel? Sí, ya sé que Google pronto será capaz de hacerlo, cuando cumpla su objetivo de digitalizar todos los libros del planeta, cosa que en gran medida ya ha comenzado a lograr. Pero existía una alternativa previa que pronto dejará de tener sentido. Las notas. Los subrayados, los asteriscos, cualquier anotación hecha en el margen del libro. Ese siempre ha sido el buscador natural que todos en alguna medida hemos empleado. Antes de la era digital, por supuesto, ahora ya no es necesario. Y esa es la reflexión que quiero hacerme tras todo este largo preambulo. Hasta ahora, la única forma de poder hallar información que fuera relevante para nosotros consistía en leer y tomar notas. Leer para encontrar y tomar notas para archivar, de alguna manera, la información encontrada. Dejábamos pistas escritas para poder volver a recorrer el camino y llegar hasta aquello que nos interesaba. Con el Google desktop, con el concepto de buscador, eso ya no es necesario. Antes ordenábamos la información en carpetas (físicas o virtuales) por materias, por importancia, por…, yo qué sé que criterios personales. Ahora el mensaje es, no hace falta ordenar nada, google encuentra cualquier cosa. No hace falta clasificar, google sólo necesita un par de datos para localizar lo que buscas.

Supongo que es mucho más cómodo así, guardar todo en el ordenador, de cualquier manera, a mogollón, y que otro se encargue de localizar lo que necesitamos, pero creo que también perdemos algo. La necesidad de clasificar, de dejar notas escritas sobre la información que manejamos, también nos empuja a leerla con más detenimiento, a “estudiarla”, a hacerla más nuestra. Con la ayuda de Google, lo único que hace falta es echar un somero vistazo, quizá decidir un poco por encima si puede sernos útil, y guardarla allí donde nos pille.

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