2666
Hace ya algún tiempo que terminé 2666. De hecho, he leído ya desde entonces algún otro libro y empezado alguno más. La pereza, que es una de las fuerzas que me mueven (que la pereza pueda ser una fuerza es una idea que algún día desarrollaré un poco más profundamente), me ha hecho ir dejando de lado el comentario que había prometido sobre esta novela, tal vez porque no tengo muy claro qué puedo decir sobre ella. En algún lugar he leído que es una obra de un nivel semejante a Cien años de soledad, a las de Juan Rulfo, o a cualquiera de las centrales del boom latinoamericano. Estoy de acuerdo con esa opinión. Y con todos los entusiastas de este escritor fallecido hace tan poco tiempo y a una edad tan absurda.
Es sabida la historia de esta novela. Roberto Bolaño, sabiéndose sentenciado por la enfermedad que acabó con su vida, decidió que debía publicarse por partes, tantas como las que tenía la novela. Cada una de esas partes podía ser leída como una novela independiente, así que no había, en principio ningún problema. La razón de ello era asegurar una fuente de ingresos más o menos estable para sus hijos tras su muerte. Sin embargo, aquel a quien nombró su albacea literario, Ignacio Echevarría, un conocido crítico que escribe (o escribía) en El País, optó por no seguir su deseo. Cada parte podía leerse por separado, sí, pero eso supondría desmembrar una novela que sólo cobraba pleno sentido cuando se leían todas sus partes en conjunto. Además, no era necesario utilizar el sistema propuesto por Bolaño: la fuente de ingresos para sus hijos quedaba asegurada por su enorme calidad.
Creo que Ignacio Echevarría tomó la decisión correcta. Aunque cada una de las partes podría ser una novela independiente, el sentido de cada una por separado no tiene nada que ver con el que adquieren al ser leídas conjuntamente. Hay partes más intensas que otras: la de Fate, por ejemplo, en mi opinión no pasa de ser una especie de novela negra, muy interesante, pero que quedaría sólo en eso sin el apoyo de las demás. La de los crímenes, por su parte, a mi me resultó un tanto monótona por la repetición de los casos de asesinato en tono de informe policial. Es curioso porque, al mismo tiempo, fue la que más me intranquilizó. Si hubiera constituido una novela sin ningún otro referente, sin que la lectura desembocara en ninguna otra parte, quizá no me hubiera gustado tanto. Luego hay otras, como la de Archimboldi o la de los críticos que sí se dejan leer independientemente, que, en mi caso, podrían ser objeto por si mismas de nuevas lecturas.
En apoyo del criterio de publicar la novela completa está la propia actitud del autor, que durante su redacción se jactaba de vérselas con un proyecto de dimensiones colosales, mucho más ambicioso y extenso que su otra novela, Los detectives salvajes.
Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan conata aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez. (pags. 289 y 290 de la edición de Anagrama, única por el momento)
El pensamiento de Amalfitano, recogido también en el epílogo de Echevarría, acalló la conciencia de los editores. Aun contraviniendo sus últimos deseos, habían sido respetuosos con la voluntad del autor. Y habían favorecido a los lectores, que se encontraban de repente con un mundo enorme, inmenso, en sus manos.
Comments(4)

Mi opinión sobre los diarios de John Cheever es contradictoria. Por una parte me parecen el registro de una vida gris, triste y mezquina, además de vulgar, con una vulgaridad muy americana; por otra tienen, como dijo de ellos alguien que no recuerdo, lirismo y fuerza. A John Cheever lo aquejaron una serie de males, de los cuales tal vez el mayor fuera su bisexualidad. Le costó aceptar que le atraían los hombres, lo que tal vez le condujo al alcohol y pudo producir el desencuentro con su mujer que llegó a convertirse en algo cercano al odio. Esos eran sus tres problemas fundamentales, su sexualidad, el alcohol y su mujer. A los dos primeros les hizo frente y logro, en cierta medida, solucionarlos. Con el tercero aprendió a convivir: nunca se planteo el divorcio como posible solución, tal vez porque era un hombre religioso. Esos procesos aparecen reflejados en el diario con una tremenda carga de angustia y depresión. Pero la vida de Cheever, o el reflejo que hace de ella en sus diarios, tenía también otros elementos.
