Archive for the tag 'Literatura'

Necesitar la escritura como el aire

Hay otros autores que necesitan la escritura como el aire. Ganar dinero con su obra puede ser una cuestión secundaria respecto a lo que es una necesidad vital: dar rienda suelta a la palabra, poner el propio ser en cada uno de los párrafos. En estos casos, no hay manera de acceder a la vida del autor que no sea pasando por la obra. Hay quien pone la propia vida en cada palabra, en cada obra, en los personajes, y mucho antes que al entorno social o familiar es a la obra a quien hay que preguntar si se quiere saber algo del autor. La mejor manera de saber quiénes fueron Unamuno, Lorca o Machado es perderse entre sus obras.

Joyce, evidentemente, fue de esos. Leyendo las notas biográficas de introducción al Ulises, me maravillaba de que hubieran existido en otros tiempos autores (o pintores, actores, músicos, científicos; incluso, aunque suene raro, políticos) para quienes lo principal no fuera convertir su trabajo en mercancía para vender en el mercado. Personas que, sí, aspiraban a vivir de lo que hacían, pero solo como condición necesaria para seguir haciéndolo. Sin tener esa aspiración tan actual de convertirse en millonarios. En Boulé, Miguel habla de las dos actitudes ante el papel en blanco.

Boulé: Escribir y vivir

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Günter Grass: Pelando la cebolla

Pelando la cebolla

Pelando la cebolla

Como ya os dije en el post anterior, este verano le ha tocado el turno a Pelando la cebolla, la autobiografía de Günter Grass y la confesión de lo que ha sido el mayor pecado de su vida: su pertenencia a las SS durante los años finales de la Segunda Guerra Mundial. Todos recordareis la polvareda que levantó su confesión, sobre todo por dos razones: primera, por haber mantenido oculta durante tanto tiempo esa pertenencia; y segundo, porque a lo largo de su carrera literaria se ha destacado especialmente, como integrante de la izquierda alemana, en intentar que ningún político alemán de derecha se olvidara del papel que jugó en ese gran pecado alemán que fue el nazismo. Evidentemente, la polémica está, en cierta medida, justificada. Pero la valentía de esta confesión, una confesión clara y rotunda, que no busca justificaciones, le ha granjeado la defensa de muchas personalidades del mundo de la cultura y de la política.

Grass no oculta que se presentó voluntario, que estaba fascinado por lo que él veía como heroísmo de las tripulaciones de submarinos, y que, confrontado con la evidencia de que no toda aquella imagen heroica era cierta, que había algo más bajo toda aquella parafernalia, prefirió “no preguntar”. Él mismo reconoce en el libro que no preguntar, no querer saber, supone también una forma de compromiso con una situación determinada. Y él decidió obviar los rumores que iban llegando sobre el destino de los judíos, optó por saber “cosas falsas” sobre el destino del chico rubio y de ojos azules, modelo de ario perfecto, que en el campamento se negó a llevar armas invocando un “nosostrosnohacemoseso”.

Grass narra el final de la guerra, su trabajo en las minas y su comienzo de una carrera artística como escultor, que posteriormente se transformaría en literaria, primero como poeta y más tarde como novelista. Sin embargo, sobre todo el libro planea esa culpabilidad, para la que Grass no encuentra perdón en sí mismo. El tema es interesante. Mientras leía el libro tenía constantemente en la cabeza si yo mismo concedía ese perdón, o no, a Grass. Durante mucho tiempo, después de haber leído y escuchado mucho sobre el tema, de haber visto montones de películas sobre la guerra y los nazis (que constituyen un género en sí mismo), tenía muy asumido el desprecio que me merecían todos aquellos hombres que habían luchado por instaurar el régimen más execrable que han conocido los tiempos. Luego fuí consciente de que muchos de ellos se vieron obligados a secundar el nazismo por la tremenda presión social, cuando no por la coacción directa. Pero hasta ahora no me había encontrado con alguien que hubiera abrazado el nazismo, que hubiera creído en Hitler y en la sociedad que pretendía fundar, y que mereciera ser perdonado. Es cierto que en aquel momento Grass era prácticamente un niño. Es la única disculpa que se me ocurre. Y tal vez, aunque no hubiera sido un niño, se podría invocar una especie de locura colectiva, de rapto alucinado por las ideas imperantes. Pero esas son débiles justificaciones ante la magnitud del horror que el nazismo produjo, y al que muchos como Grass contribuyeron con ese no querer saber.

Creo que todo el mundo tiene derecho a arrepentirse, a darse cuenta de las aberraciones que ha apoyado sin saber o sin querer saber. Y Grass es valiente por hacerlo en un libro como este y de la manera en que lo hace. También es cierto que su reputación como novelista e intelectual es enorme y, de alguna forma, le protege. Pero ha tenido suerte, mucha suerte, de que en todos estos años nadie haya sacado su pasado a la luz pública.

Por cierto, una curiosidad. Grass tuvo un compañero de fatigas con el que compartió su huída al final de la guerra, justo antes de ser internado en un campo como prisionero de guerra. Un tal Joseph, católico convencido y bastante pesado, a juzgar por lo que dice Grass de él. Pues bien, Grass sospecha (aunque luego está casi completamente seguro de ello) que el tal Joseph no era otro que el papa Ratzinger. Creo (no estoy seguro) que Benedicto XVI no ha confirmado esa sospecha, pero sin duda sería muy interesante.

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Vicio ya no tan solitario

Todo está cambiando, ya no hay vuelta atrás. La creación literaria ya no es el vicio solitario del escritor, se convierte en un espectáculo a la vista de todos. Internet, los blogs, la inmediatez que dan los nuevos medios tienen la culpa. Se puede escribir y leer casi al instante, ya no hace falta un trámite tan largo para que lo escrito llegue al lector. En Buenos Aires (ahora cubierto de humo) lo saben bien. Han organizado una jam session de escritores. Improvisación literaria frente al público lector. Con un portatil y un cañón van desgranando frases que los asistentes leen inmediatamente en la pantalla. Asisten al proceso de creación en directo, ven como el autor teclea a toda velocidad, como se detiene y borra una o dos frases, como los personajes y la historia van cobrando forma allí mismo, frente a ellos. Lo que antes hacía el autor en la más estricta soledad, ahora lo hace frente a todos. Hay que tener valor, de todas formas.

Desde la trastienda de la creación

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Concurso filosofía y literatura

Miguel ha lanzado su segundo concurso filosófico. Si en la edición del año pasado el tema era la relación entre filosofía y cine, en ésta hablamos de filosofía y literatura. Todos los participantes deberán escoger cinco obras de cualquier género literario que tengan alguna relación con la filosofía. Puede ser que el autor introduzca digresiones de tipo filosófico en la corriente del relato o que de las situaciones o los personajes emane algún tipo de filosofía. Eso si estamos hablando de novela o teatro, porque también vale la poesía. Como veis, el tema nos toca muy de cerca, así que no puedo por menos que mencionarlo aquí y animaros a pasar por su página y participar. El premio, un libro, y la satisfacción de participar en la creación de una lista de obras literarias con trasfondo filosófico que a todos nos puede venir bien conocer.

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Mi Literaturas!

Comienzan a proliferar las redes sociales literarias. Primero fue Red de blogs y libros, ahora Mi Literaturas! Es una iniciativa de literaturas.com que descubro a través de Magda. Lo que la hace especialmente interesante es que, a decir de su editor, Nacho Fernández (editor también de literaturas.com), existe la posibilidad de conversar con los propios autores y editores. Corro a apuntarme.

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Recopilación de cuentos

Me gusta leer relatos en la red. Hay muchas revistas literarias, de todos los tipos y todos los colores, que publican relatos. Los hay bastante malos, pero también muy buenos. Como digo, me gusta leer relatos en la red, pero normalmente no lo hago. Tengo la sensación de que requieren siempre más tiempo y más sosiego que cualquier otra cosa. Un artículo en torno a un tema sobre el que me interesa aprender me parece siempre mejor lectura, más adecuada a internet. Uno lee con rapidez, buscando la información relevante. Cuando se lee un relato, por el contrario, es necesario hacerlo con lentitud, disfrutando de las palabras. Por eso mi tendencia es siempre a dejarlos para más adelante. Para evitarlo (o al menos para compartirlos con vosotros), voy a intentar publicar de vez en cuando una entrada recogiendo unos cuantos de ellos, los que me hayan parecido mejores. De esa manera, con la finalidad práctica de publicarlos aquí, volveré a leerlos.

Aquí os dejo unos cuantos de los que he encontrado estos días.

Óscar Sipán Sanz – Hay otros mundos, pero están en mi cabeza

Renzo Carnevale – La casa acribillada de enfrente

Ricardo Juan Benitez – Consejo de amigo

Isabel Moure – Me llamo Enrique, como yo

Gerardo Lartigue – Bajo la lluvia

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La lectura y sus modos

Bucear en las letras y las líneas, un interesante post de Miguel sobre el placer y la necesidad de la lectura, en unos tiempos en que la lectura se ha convertido en consumo superficial o en detestado peñazo cuando lo leído sobrepasa una determinada extensión o densidad:

Y cuántas lecturas caben de un mismo texto, por una misma persona, a lo largo de la vida, en diferentes momentos del tiempo. Una vida que se acerca a otra vida: eso es la lectura. Por eso hay tantas formas de leer y de bucear en las letras y las líneas.

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Retorno y algunas lecturas

Sin destinoMis ausencias de Octaedro son tan frecuentes, los pocos que me leéis estáis tan acostumbrados a ellas que, simplemente, me parece absurdo intentar justificarlas. Ocurre que, de cuando en cuando, el blog desaparece de mis listas de prioridades. No sé muy bien por qué, tampoco se trata de que tenga mucho trabajo en otros ámbitos. Simplemente ocurre. Y luego, de repente, un día me da por volver a él. Así, sin más. Supongo que uno no tiene más remedio que asumirse como es, que no tiene objeto luchar denodadamente por autoimponerse una periodicidad que tal vez no vaya con su carácter. En fin, que aquí estoy de nuevo.

Lo curioso es que durante ese tiempo no abandono la actividad que se halla en la base de este blog. Como siempre, sigo leyendo, tanto literatura como referencias a ella en otros blogs. Ahora, por ejemplo, tengo dos libros para comentar en Octaedro. Por una parte, Sin destino, de Imre Kertész, que lo debía desde el verano (fundamentalmente a Magda, que fue quién me lo recomendó). Y el otro, nada menos que lo último de mi querido Vila-Matas, Exploradores del abismo. Vamos, pues, con el primero.

La historia de Sin destino es de sobra conocida. Un adolescente judío en Hungría durante la Segunda Guerra Mundial. El acoso de los nazis y fascistas locales es imparable. Un día su padre es destinado a un campo de trabajo. György lo registra con cierto distanciamiento, como si no fuera muy consciente de lo que ocurre. Su familia adopta variadas actitudes ante la situación, entre las que predominan la resignación y la obediencia. En todo caso, todos confían en que sea cosa de poco tiempo: los nazis van perdiendo la guerra y pronto puede llegar la liberación.

En un momento posterior es el propio György el que experimenta en su persona “el destino común de los judíos”. De repente recibe la noticia de que debe abandonar los estudios y comenzar a trabajar, lo que en realidad no le disgusta del todo. Pero un día, camino de ese trabajo, su autobús es detenido y todos los judíos que lo ocupan son deportados. El destino será un pueblo cuyo nombre no les dice nada: Auschwitz-Birkenau.

A partir de ese momento, el protagonista conoce el mundo de los campos de concentración. Aprende que hay dos tipos, los de trabajo y los de exterminio, que, a primera vista, se distinguen con facilidad por el número de chimeneas que hay en unos y en otros. Como es un joven ágil y fuerte, su destino es acabar en uno en el que solo hay una chimenea, Buchenwald. Allí trabaja como una mula, recibe golpes y termina contrayendo sarna y teniendo heridas abiertas en el costado. Acaba en la enfermería, de donde ya no saldrá hasta el momento de la liberación.

Lo más chocante de la novela es el tono en que está narrada. Hay un cierto distanciamiento, cierta objetividad que hace al autor narrar los hechos sin introducir ningún tipo de interpretación de los mismos. Gyorgy, el protagonista, simplemente observa lo que le rodea y trata de comprender. Pero lo hace con una actitud desapasionada, una actitud que no se rebela, que no maldice su destino. Simplemente, lo acepta. Incluso, aunque parezca increíble, llega a sentirse feliz cuando por fin se encuentra en la enfermería, con una cama para él solo, libre del sufrimiento y de las obligaciones de los sanos. Se arrebuja entre las mantas y piensa con agrado que no tiene que formar ante su barracón ni marchar al trabajo, que no tiene que luchar por conseguir una porción mayor de rancho. Se siente en esos momentos libre de preocupaciones y obligaciones.

Cuando llega la liberación y puede volver a su país, a su ciudad, reflexiona por primera vez acerca de la experiencia que acaba de vivir. Un periodista le pregunta por sus sentimientos en relación con lo vivido. György examina por primera vez su interior y descubre con cierta sorpresa que siente odio. Odio hacia sus compatriotas, que les dejaron marchar a los campos nazis sin mover un solo dedo, que incluso ayudaron a su traslado, contentos de no ser ellos los deportados. Es el primer sentimiento del protagonista que aparece en la novela, al menos que aparece inequívocamente. Y lo hace sin pasión, casi de forma inesperada. Gyorgy comprueba que siente odio como quien se da cuenta de que tiene hambre. De repente, todo lo vivido se le manifiesta en toda su magnitud. Se podría decir que hasta ese momento no ha sido consciente de lo que ha sufrido.

Kertesz, como dice Magda, es uno de los mejores escritores vivos. Al menos uno de los mejores que he leído.

P.S. El otro libro que he mencionado al principio, Exploradores del abismo, de Enrique Vila-Matas…, lo dejo para otro día.

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Nominados al Nobel de literatura

Tenemos encima el Nobel de literatura y uno de los nombres que suena más insistentemente es el de Philip Roth. Magda está haciendo su habitual encuesta y en el primer lugar se encuentra el norteamericano. Pero el suyo no es el único lugar de la red en el que se habla de él. En su contra tiene el ser bastante conocido (una de las aficiones de la Academia Sueca es la de conceder el Nobel de Literatura a escritores prácticamente desconocidos, pero pertenecientes a países que por alguna razón política están de actualidad). No sé, ya veremos con qué nos sorprenden este año. Yo, por mi parte, he votado en Apostillas por Milán Kundera. Lo siento, qué le voy a hacer, es uno de mis vicios. Hay otros autores en la lista que he leído y me han gustado (está mi querido Paul Auster), pero si tuviera que elegir a uno, pues ya sabéis.

Me ha llamado la atención que estuviera nominado Haruki Murakami, uno de mis descubrimientos de los últimos tiempos y con quien tengo una relación un poco ambigüa como lector. Dos novelas suyas me gustaron y una tercera no me convenció lo suficiente como para leérmela entera (Crónicas del pájaro que da cuerda al mundo).

Ah, y lo que ya resulta plenamente alucinante es que en la lista figure nada menos que Bob Dylan. Aún estoy intentando entenderlo. Si alguien sabe por qué está ahí, que me lo explique, por favor.

(Aquí tenéis la lista de nominados)

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Narrativas

Ha salido el número 7 de Narrativas, la revista que edita Magda Díaz y Carlos Manzano. Como siempre, multitud de relatos, ensayos, entrevistas, reseñas de libros. Todo en torno al mundo de la literatura. En esta ocasión, además, Magda me invitó amablemente a colaborar. Podéis encontrar el resultado en la página 100. Ya me contareis.

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