Archive for the tag 'Libros'

El placer de trabajar

El suplemento de libros de El País de ayer, Babelia, recoge una entrevista con el escritor inglés Ian MacEwan. Independientemente de los temas de los que en ella habla (relacionados con su último libro, Sábado, y con la guerra de Irak), hay algo que dice que me llama la atención:

[El trabajo] Me parece una área de la experiencia que no se explora mucho en la literatura contemporánea. No me refiero al trabajo en el sentido marxista de opresión o desde la perspectiva de que somos esclavos del trabajo. Conozco a mucha gente, incluido el tipo que está pintando la habitación de arriba (la entrevista se lleva a cabo en su casa de campo, que en este preciso momento está siendo decorada), que siente gran satisfacción con el trabajo y sus connotaciones de autoidentidad, estatus profesional… La liberación fruto de una concentración profunda no se describe ni se celebra lo suficiente. Estar absorto en el trabajo es uno de los placeres de la vida. No se corresponde exactamente con la felicidad, puesto que en ese momento ni siquiera sabes que existes y, sólo cuando terminas la tarea, saboreas esa libertad. Como dice Perowne: “Estás entonces totalmente cualificado para existir”.

En estas palabras coincide casi exactamente con Montaigne, que también, en algún lugar de sus memorias, dice:

Envidio la felicidad de aquéllos que saben gozar y obtener satisfacción con su trabajo, pues es un medio fácil de darse placer puesto que se saca de uno mismo. Especialmente, si se da cierta firmeza en su obstinación.

La entrevista se centra en el libro que McEwan acaba de publicar, Sábado, en el que relata los sentimientos y pensamientos de un neurocirujano durante una jornada en la que se dan las más importantes manifestaciones contra la guerra de Irak en Gran Bretaña. No es mi intención haceros aquí un resumen, así que si queréis saber del libro de McEwan, lo mejor que podéis hacer es leer esta reseña de Guillermo Martínez, “El ejemplo crítico”, o el propio artículo de Babelia (no soy capaz de encontrarlo en la red, ya sabéis que El País e Internet mantienen una relación un tanto tensa). Lo que me interesa ahora es, exclusivamente, esa concepción del trabajo como fuente de placer y de libertad. Y más en el caso de la literatura, en el que se dan aún más las condiciones para uno sufra un “rapto” mientras escribe una novela. Al fin y al cabo, narrar una historia es casi vivirla. El autor asume temporalmente otra personalidad (o se trata de la suya en otra época de su vida) mientras “sueña” situaciones y peripecias. Eso le separa de la realidad inmediata y le induce una especie de sueño despierto. Como alguien me dijo una vez, el escritor “juega” como un niño a crear un mundo que no es el real, el inmediato. En ese sentido, la escritura debe ser una de las profesiones más absorbentes y más capaces de producir ese placer del que hablan McEwan y Montaigne.

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La polémica del Planeta

Y continúa la polémica del Planeta. Juan Marsé ha tirado de la manta y ha dejado al descubierto lo que todos sabíamos que había debajo: mercancía pura y dura, marketing, gente guapa que sale en la tele con un letrero debajo que dice “escritor” o “escritora”. Pero libros, literatura, de eso no hay. El florido byte dice que ya casi no hay nada que leer, que las librerías, las librerías de verdad, están cerrando y que quienes amamos los libros ya casi no encontramos libros que leer. Quedan las bibliotecas, claro está, y la propia, esa que uno ha ido construyendo durante años.

Me llaman la atención unas palabras de Juan Benet que menciona el florido byte. Que los libros deberían publicarse de forma anónima, con un código de barras a lo sumo, se le ocurrió decir. ¡Hombre, ya! ¿Y la propiedad intelectual, qué?

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El prêt-á-porter de la literatura

“Ocurre, simplemente, que estoy un poco harto de novelas insustanciales con premio o sin premio que ocupan tanto espacio mediático en perjuicio de otras con empeños más honestos y ambiciosos, pero que apenas les dejan espacio para respirar. Sé que esto tiene difícil arreglo, que así está el mercado, que el cotarro cultural y mediático es el que tenemos y que responde a intereses y bolsillos que tienen muy poco que ver con la literatura según yo la entiendo, pero en cualquier caso yo me niego a dar gato por liebre, ya sea como miembro del jurado en un concurso literario o como simple ciudadano al que le piden una opinión sobre un libro”.

“Me gustaría añadir lo que ya dije una vez en relación con la literatura de ficción, tal como hoy se nos vende, en tanto premios: que es una literatura que se asemeja cada vez más al mundo del prêt-á-porter, y que el verdadero reto para un escritor actual no es entrar en ese mundo, sino ser capaz de rechazarlo”.

Juan Marsé, exmiembro del jurado del premio planeta.

Creo que nadie se llama a engaño, que todos sabemos que hace tiempo que la literatura (y la música y el cine) se está conviertiendo sólo en una mercancía. Que cada vez cuenta menos la calidad y más “el entretenimiento”. Pero lo malo de las cosas que se dan por sabidas y nadie dice en voz alta es que parecen no existir. De vez en cuando es bueno verbalizar una determinada situación porque, aunque creamos conocerla, en realidad es entonces cuando nos la planteamos en toda su amplitud.

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Sin pelos en la lengua

Juan Marsé se atrevió a decir el otro día lo que todos sospechábamos hacía años: que el premio Planeta está más relacionado con el mundo de las bambalinas, los medios de comunicación y la gente guapa, que con la auténtica literatura. Rompió con eso que se ha dado en llamar la corrección política en plena entrega de los premios y soltó, sin cortarse lo más mínimo, sin suavizarla, la opinión que le merecían las dos novelas ganadoras, que no pudo ser más contundente. Bien por él, bien por todo aquel que se atreve a denunciar imposturas como la de este premio literario. También Miguel Delibes denunció en su momento el “tongo” del Planeta, que le habían ofrecido ganar sin tener siquiera una novela preparada para presentar.

No tengo tiempo de nada más. Os dejo los enlaces sobre el premio para que juzgueis vosotros mismos.

Marsé, una exigente oveja negra
El «Planeta» de la discordia

Actualizando casi a la hora de comer:

Antonio Galvez también habla sobre el tema y despotrica (con toda la razón) contra la autocomplacencia literaria y lectora que nos rodea. Completamente de acuerdo con sus palabras.

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Gombrowicz

Seguro Azar me recuerda que Witold Gombrowicz era uno de los autores que tenía en mis notas de posibles lecturas, o futuras lecturas, o el futuro posible de mis lecturas. El polaco es uno de los autores que ronda por las obras de Vila-Matas y, por tanto, es un pecado dejar de leerle. Aquí hay un compendio de información sobre su obra, publicado por la imprescindible Bitácora Almendrón, cuyo enlace nos proporciona Pedro y que habría que estudiar con detalle. Pero lo primero es lo primero: leer Ferdydurke, por ejemplo.

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Milán Kundera vuelve

Milán Kundera ha vuelto a publicar, lo que no puede ser más que motivo de alegría para cualquiera a quien apasione la literatura y el pensamiento, precisamente ambas cosas, porque el checo es un maestro a la hora de fundir ficción y ensayo, como lo es también (por ejemplo) Ernesto Sabato. Bienvenido sea, por tanto este nuevo libro, “El telón” en el que Kundera reflexiona sobre el arte de la novela (precisamente otro de sus ensayos se titula así) y en el que hay un punto de polémica con quienes defendemos un acceso libre a la cultura:

el nacimiento de la novela quedó atado a la toma de conciencia del derecho del autor y a su defensa feroz. El novelista y su obra son una misma cosa, el novelista es el único dueño de su obra; es su obra. No siempre fue así.Y no siempre será así. Pero entonces el arte de la novela, la herencia de Cervantes, habrá dejado de existir

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No hay repuesto

Siempre me da una cierta rabia que muera un autor del que he leído poco o nada. Es como si mi oportunidad de leerle hubiera pasado y en cierta manera es así, porque no es lo mismo un escritor muerto que uno vivo. Al menos, yo no los leo de la misma forma. Cuando un autor está vivo, lo leo (si me gusta) con la satisfacción de saber que puede escribir más, que aún no está cerrado su cupo. La obra de los escritores fallecidos, por el contrario, está ahí, es la que es. Si es lo suficientemente rica, no se agotará nunca, siempre habrá posibilidades de nuevas interpretaciones. Pero nunca habrá obras nuevas. Como le ocurre ahora a la de Roa Bastos, para el que, como dice Eduardo Galeano, “no hay repuesto“.

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La literatura y la isla desierta

A César Aira le indigna que le pregunten qué libro se llevaría a una isla desierta. A él no le basta con un libro, necesitaría una biblioteca entera. Es más, ni siquiera una biblioteca sería suficiente

Pero no. Una biblioteca no alcanza porque allá en la isla no tendría cómo ampliarse, y a su espléndida acumulación de clásicos y modernos, por bien escogida que estuviera, le faltaría algo esencial: ese otro libro, quizá malo, quizá insignificante, con cuyo anhelo urgente expresamos la libertad de la gana o el antojo. En efecto, hay que tomar en cuenta la veleidad caprichosa, que es parte de la etología del lector, la curiosidad repentina e irrefrenable por la rareza bibliográfica, o la última novedad, o la antigualla. Lo que se desea es, por definición, lo que no se tiene. Para ese rubro el lector tiene las librerías, las de viejo y las de nuevo. Y en las islas desiertas no hay librerías, ni llega el cartero con la suscripción a las revistas con las que el lector se entera de lo que quería leer y no lo sabía.

Porque, claro, en una isla desierta tampoco hay internet y entonces sí que la hemos fastidiado del todo. Un solo libro en la isla desierta, una sola biblioteca, no son suficientes. Uno necesita tener al alcance la literatura universal, y no solo la consagrada, como también dice Aira, sino la que inspira curiosidad, aunque no la conozca nadie. La literatura absoluta. Si no tenemos eso, no tenemos nada.

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Poseer las estrellas

El Sr. Martínez rescata un fragmento de El principito que arroja algo de luz en el complicado tema del copyright. Yo diría que resume el pensamiento de muchos de los que observamos con preocupación la deriva que llevan las gentes de la SGAE (a las que por desgracia el gobierno parece plenamente dispuesto a escuchar) y otras, más preocupantes aún, que integran los altos organismos de la Unión Europea (me refiero a temas como la patentabilidad del software o el canón de bibliotecas). La literatura, como siempre, nos sirve de ayuda a la hora de interpretar la realidad.

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Rafael Sánchez Ferlosio, premio Cervantes 2004

De Rafael Sánchez Ferlosio apenas he leído nada. Tal ver sólo El Jarama, la novela con la que se dio a conocer (ganó el premio Nadal), y eso porque era un clásico y, como tal, de recomendada lectura en el bachillerato. Hace poco me tropecé con su nombre en la novela de Javier Cercas (y la película de David Trueba), Soldados de Salamina, que gira alrededor de la figura de su padre, el escritor falangista Rafael Sánchez Mazas. Recuerdo que me llamó la atención la relación padre e hijo de ambos, tal vez porque escritor y falangista siempre me parecieron terminos incompatibles.

En fin, como ocurre siempre con los premios, tal vez sea el momento de conocer un poco más a fondo a este escritor.

El novelista y ensayista Rafael Sánchez Ferlosio, Premio Cervantes 2004

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