Archive for the tag 'Libros'

Mala suerte

El escándalo del premio Loewe no tiene nada de escandaloso. O a mi me lo parece. No hay nada extraño, ni censurable en presentar la misma obra a dos certámenes distintos. Los que nos hemos presentado alguna vez lo sabemos: uno intenta rentabilizar su esfuerzo todo lo posible. Se trata de llamar a la mayor cantidad de puertas que uno pueda, para ver si nos dejan pasar por una de ellas. El problema, en el que muchos hemos pensado pero hemos desechado por considerarlo una posibilidad remota, es ganar dos premios a la vez. A Antonio Gracia le ha ocurrido. Mala suerte. Pero no hay nada censurable en su actitud, ni entiendo la indignación de los promotores del premio Loewe. Con renunciar a él, asunto concluido. Claro que entiendo que es el más prestigioso, el que más dinero mueve. Si se hubiera fallado antes que el de Almendralejo, Antonio Gracia hubiera renunciado tranquilamente al del pueblo extremeño y nadie se hubiera enterado.

Ah, otra cosa. En el mundo del cine una película puede acaparar premios. Es lo normal. Pero en el mundo de la literatura, no. Incluso se considera poco ético, como se puede comprobar en este caso. ¿Alguien sabe por qué?

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Estanterías y libros

?ltimamente, siempre que me paso por la bitácora de Rafael Marín, me encuentro con alguna historia interesante. En esta ocasión se trata de libros, pero de libros de verdad, de los que se pueden tocar y oler. Al parecer, Rafael pertenece al gremio de aquellos a los que no terminan de convencer los ebooks: los que necesitan tener el libro en la mano, la cosa junto con las ideas. Comparto su vicio y los problemas que le ocasiona: yo también me encuentro con dificultad a la hora de añadir algún volumen más a mi biblioteca. Problemas de espacio, sobre todo, pero también de orden. Porque, como dice Rafael, tener un libro fuera de su sitio es como no tenerlo. A mí me ocurre que tengo tan atiborrados los estantes que, si quiero incluir un nuevo volumen en su lugar correspondiente, tengo que desplazar uno o dos a la estantería siguiente, y en esta tengo que hacer lo mismo, y así hasta el final, donde aún hay un poco de sitio libre. Y, claro, me da pereza hacerlo, tanta que al final opto por colocar el libro tumbado sobre los demás, en el primer hueco libre que encuentro. Consecuencia: como también dice Rafael Marín, el desorden se va apoderando de mi biblioteca. Gracias a dios que todavía mantengo una base de datos con todos los títulos, y que la actualizo cada vez que me compro algún libro.

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De novelas y piratas

A García Marquez no le ha dado tiempo a publicar su nueva novela: se la han pirateado y la venden en los semáforos. Siempre me ha resultado curioso oír hablar de ediciones piratas de libros, la música y las películas se prestan más al pirateo porque, al fin y al cabo, se trata de CDs y DVDs. Pero un libro impreso, con su portada y todo, exige una infraestructura mayor que a mí al menos me cuesta imaginar en manos de las redes del top manta. En todo caso, parece que es algo muy típico de Latinoamerica (creo que en algunos paises la edición clandestina de libros es toda una institución). Y con el tiempo supongo que llegará también a nuestro país.

Y esto nos lleva de nuevo al tan traido y llevado tema del copyright. En cuanto a eso, yo ya no sé qué pensar, no sé quién tiene la razón. Lo único claro en todo esto es que los medios de reproducción y distribución de los bienes culturales han cambiado y que hay aún mucha gente que no quiere darse cuenta de ello. Y como internet y las redes de intercambio, las grabadoras de CD y DVD, no van a desaparecer, no tendrán más remedio que adaptarse. Antes o después tendrán que hacerlo, aunque no les guste.

Todo esto viene a cuenta de que Alber Vázquez está a punto de publicar su nueva novela. Y nos pide que la pirateemos como a García Márquez le han pirateado la suya. Yo estoy plenamente dispuesto a hacerlo, si doy con el medio.

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La infancia de Coetzee

John Maxwell CoetzeeSigo con mi particular exploración de la obra de Coetzee. En esta ocasión se trata de un libro de memorias, Infancia, que, sí, lo habeis adivinado, recoge la infancia del autor a comienzos de los años cincuenta. John Maxwell Coetzee tiene diez años y es el primero de su clase en Worcester, cerca de Ciudad del Cabo (no sé si decirlo, pero estamos hablando de Sudáfrica). Mantiene una extraña relación con su familia, a la que a menudo trata de manera tiránica. Su relación más importante es con su madre, a quien ama y odia a la vez, pero a quien siempre necesita. No es capaz de concebir el momento en que tenga que separarse de ella, pero al tiempo le echa la culpa de parte de sus problemas. A su padre simplemente lo ignora, lo que siente por él es pura indiferencia, como si se tratara de un individuo que se hubiera adosado a la familia sin que nadie supiera muy bien cómo ni por qué. Hacia el final del relato el padre cae en la bebida y amenaza gravemente la economía familiar: en ese momento la indiferencia se transforma en un odio indisimulado. Y por último, su hermano pequeño, que le sigue adonde puede con admiración.

Una de las mayores preocupaciones de Coetzee en su infancia parece ser la indefinición en la que vivía en relación con su raza y su cultura. En Sudáfrica, al menos en los años cincuenta, había tres tipos de personas: la gente de color, en su mayoría sirvientes y empleados (es la época del apartheid); los afrikaners, descendientes de los colonos holandeses que llegaron por primera vez a Sudáfrica en el siglo XVII; y los ingleses. La familia de Coetzee, como su propio nombre denota, es de origen afrikaner, pero la cultura en la que viven, o tratan de vivir, es plenamente inglesa. El autor no se considera inglés del todo, incluso le gusta hablar afrikaner, aunque no llegue a hacerlo a la perfección. Pero considera a los afrikaners como intransigentes y violentos. Por aquellos años llega al poder un gobierno nacionalista y se rumorea que se obligará a todos los niños de nombre afrikaner a acudir a escuelas nacionalistas. Coetzee, que acude a una inglesa, se aterroriza. Sospecha que el modo de entender la vida de los afrikaner acabará con el espíritu que siente dentro de sí mismo. Rehuye, por tanto a los afrikaner, pero al tiempo no termina de sentirse inglés. Lo que constituye una constante fuente de conflicto dentro de su corazón.

Habría muchos temas que mencionar acerca de este libro y de la infancia del autor, como por ejemplo su amor a la tierra, personificado en el rancho que posee la familia de su padre, al que siempre acude como un mero visitante pero que, en el fondo de su corazón, siente como propio, como uno de los dos puntales en los que se basa su vida (el otro es su madre). O su absoluta pasión por el críquet, ese extraño deporte inglés por quien nadie, nada más que los ingleses, parece sentir el más mínimo interés (es una opinión personal, ojo). O incluso su convicción de que algún día llegaría a ser un gran hombre. Pero es mejor que lo descubráis por vosotros mismos.

(Después de redactar este texto, he descubierto que Infancia es parte de una trilogía que recoge las memorias del autor, y que se completa con Juventud y Desgracia. Aquí teneis un enlace con información sobre el autor).

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El mal de Montano

El mal de MontanoEl mal de Montano es un libro extraño, muy original o muy tramposo (según algunas opiniones). Nos encontramos, en primer lugar, con un crítico literario que está perdidamente enfermo de literatura. Para intentar curarse, y olvidarse de la literatura, no se le ocurre nada mejor que visitar a su hijo, Montano, que es un escritor bloqueado, aquejado de su propia versión del mal de Montano. A partir de esa visita, el narrador constata que, en realidad, no quiere librarse de su enfermedad, sino que, al contrario, quiere que la literatura se encarne en él. Quiere convertirse en literatura para luchar contra los enemigos de lo literario, tan abundantes y tan cercanos al triunfo. A partir de ahí vive unas cuantas experiencias rocambolescas.
En el segundo capítulo nos llevamos la sorpresa de saber que no existe ningún hijo llamado Montano y que el narrador no es crítico literario, sino un escritor personalmente aquejado de ese mal que él mismo ha llamado de Montano, y que además responde al matrónimo (palabra creada por Vila-Matas para la ocasión) de Rosario Girondo. A partir de este momento, la novela oscila entre el diario personal y el ensayo. Ya no hay más autoficción como la del primer capítulo, pero si hay un continuo ir y venir en torno a una serie de ideas recurrentes. Una de ellas es que la literatura se encuentra en plena decadencia, casi derrotada por los enemigos de lo literario (y es un deleite saber que entre ellos considera a todo profesional del marketing y las estrategias de mercado que pulula en torno al mundo de los libros), a consecuencia de lo cual, el narrador se dedica a poner bombas mentales cada vez que se topa con uno de ellos. Otra idea, muy interesante, es que la literatura sirve para inventar un doble, para vivir una vida que bien pudiera haber sido la nuestra. Para ?recordar con una memoria extraña?, en palabras del autor, y ser visitados por los recuerdos de los autores que leemos y admiramos.
Toda la novela está recorrida por el amor a la literatura y por la erudición que nos presenta una gran cantidad de autores que recogieron en diarios íntimos sus propias reflexiones sobre la vida literaria. También hay una gran dosis de ironía y mala leche contra todos los que, de alguna forma, propician el fin de lo literario.
En definitiva, un libro muy interesante y un autor que, para mí, ha sido todo un descubrimiento.

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Ensayo sobre la lucidez

Se me está acumulando el trabajo. Tengo una serie de libros pendientes de comentar, libros leídos en los últimos tiempos de los que no he dicho absolutamente nada en esta bitácora. Y eso no puede ser. Empecemos, pues, por Saramago y Ensayo sobre la lucidez.

Lo primero que debo decir es que el libro del que este se supone continuación (Ensayo sobre la ceguera), fue mi primera lectura del autor portugues. Y me fascinó. Me fascinó ese universo creado con ciegos sin nombre (curiosamente, siempre que pronuncio la palabra “ciegos” me viene a la mente el Informe sobre ciegos de Sabato, aunque nada tiene que ver), me fascinó, paradójicamente la fuerza de las imágenes que la angustia de los ciegos creaba en ese sanatorio tan complejo como un mundo.

Después de ese primer libro vinieron unos cuantos más. El evangelio según Jesucristo, Todos los nombres, La caverna, La balsa de piedra. Citados así, sin orden ninguno. La fascinación del principio por el autor que acababa de descubrir no se repitió. Algunas de sus novelas me gustaron, incluso me gustaron mucho. Otras, no, tengo que confesarlo. Saramago me parece un buen autor, pero tiene lo que para mí es un defecto: la historia narrada es un elemento secundario para él. Lo esencial es la tesis que defiende. Todos sus libros parten de una tesis, de una idea. ¿Qué ocurriría si España se desgajara de Europa y navegase al encuentro de América Latina? (La balsa de piedra). La inhumanidad de los centros comerciales (La caverna). ¿Y si el sufrido pueblo se revelase y se negase a acatar el devaluado sistema democrático en que le han confinado los partidos políticos tradicionales? (la que ahora nos ocupa, Ensayo sobre la lucidez). Y partiendo de esa idea, crea uno o varios personajes intensos, auténticos, pero totalmente desgajados de su realidad. El mísmo lo reconoce en esta novela, el espacio físico apenas existe. El comisario, más que un personaje, es una conciencia. Vive, habla, se desespera dentro de sí mismo. La realidad que lo rodea, que existe a pesar de todo, es una realidad esquemática, somera. Saramago se arregla con un par de pinceladas, lo que para mí a veces convierte sus libros en un poco artificiales.

Otro problema es el estilo. Saramago tiene un estilo muy personal, demasiado personal, diría yo. Escribe en un solo párrafo, sin puntos y aparte, e incluye en el también los diálogos, con sus acotaciones casi sin separación. Es un estilo en apariencia dificil, pero sólo en apariencia. En realidad, cuando uno ha comenzado a leer, cuando se ha metido en la novela, se da cuenta de que aquello va fluyendo muy bien y no le molesta la carencia de blancos. Lo que le molesta, al menos a mí me molesta, es un cierto tono de letanía, de un discurso continuo y un poco monótono. Personalmente, nunca me han gustado los autores que tienen un estilo muy marcado, inconfundible. Me dan la sensación de ser únicamente estilo, sin contenido. Probablemente no sea ese el caso de Saramago, pero tengo que reconocer que su estilo me disuade en gran medida de leer más libros suyos.

Y el caso es que me parece un buen autor, aunque creo que tiene más alma de ensayista que de novelista.

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Coetzee

Con el final de las oposiciones he vuelto a una actividad que me apasiona y que fue, en gran medida, la razón por la que comencé a publicar Octaedro. Me refiero a la lectura. Y he vuelto con un autor nuevo para mí: John Maxwell Coetzee, premio Nobel en 2003. Elegí su última novela, Elizabeth Costello, porque como siempre suele ocurrir, cuando no sabemos nada de un autor, la primera información que recibimos siempre es la más reciente en el tiempo. La leí con cierta prevención, todo el mundo decía que era uno de los mejores novelistas vivos, y yo ya tengo experiencia (más o menos negativa) con otros autores de los que se decía algo parecido. Pero no, Coetzee no sólo me ha gustado, me ha sorprendido, me ha encantado. Una vez en el final del libro, he vuelto al principio, para comprender mejor aún al personaje.

Elizabeth Costello es una escritora (trasunto, al parecer, del propio autor) que ya aparecía en algunas novelas anteriores de Coetzee, en un discreto segundo plano. Aquí la desarrolla en toda su plenitud a través de las conferencias que va dando a lo largo del mundo y de sus propias reflexiones. Los temas que recogen las preocupaciones de la autora se refieren a, por ejemplo, las actividades no literarias a las que tienen que dedicarse muchos autores profesionales para asegurarse unos ingresos estables, como el circo de las conferencias; su postura (y la de Coetzee) ante la creación literaria y la responsabilidad que tiene el autor sobre lo que narra (que aparece en el mejor capítulo de la novela, el dedicado al problema del mal). Incluso el vegetarianismo y la preocupación por el sufrimiento de los animales de los que nos alimentamos, que llega a comparar al que experimentaron los judios en los campos de concentración nazis (y que le acarrea una reacción airada de la sociedad, que no la comprende).

Los temas son muy variados, pero todos igualmente necesarios, importantes para la construcción del personaje. Porque la novela es, solamente, Elizabeth Costello, la escritora. Es una novela de un solo personaje, aunque el autor no desdeña introducir otro de una cierta importancia, su hijo, desde el cual vemos a la autora como madre y como escritora ya anciana a la que todos tratan casi como un fenómeno de feria. Aunque ella, en su interior, lo sabe perfectamente.

Seguiré con Coetzee. Precisamente esta misma mañana he acudido a una biblioteca pública (desde la que estoy escribiendo el post de hoy) a por otros dos libros del surafricano. Quiero saber si hay mucho más que descubrir en este autor. Os tendré al corriente de ello.

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Los detectives salvajes

Un libro me tiene preso desde hace unos días (aún no lo he acabado, pero me queda poco). Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Lo curioso es que Bolaño es el primer autor que descubro gracias a exclusivamente a internet, lo que constituye una de las mayores ventajas de la red. Y ha sido todo un descubrimiento, al menos la novela que estoy leyendo. Recuerda, como todo el mundo apunta (en este enlace sobre el autor y sus obras), a Cortázar, sobre todo a Rayuela. Pero sólo la recuerda, porque ésta es una novela muy distinta.

Los fundadores de una corriente poética en el México de los años setenta, emprenden un largo viaje en busca de la pista de una poeta (que no poetisa) que desapareció unos cuarenta años atrás y a quien consideran precursora de su poesía, el real visceralismo, una tendencia de la que todo el mundo abomina, formalmente olvidada unos años más tarde, y que sólo conoce un especialista tras su desaparición. Los fundadores de la corriente, Arturo Belano y Ulises Lima, emplean veinte años en la búsqueda de Césarea Tinajero. Para ello recorrerán media docena de países y se relacionarán con extraños personajes, tan perdidos como ellos mismos. La parte central de la novela está constituida por entrevistas con todos estos personajes, entrevistas en las que cada uno de ellos narra, desde su punto de vista, el momento en que sus vidas se cruzaron con la de Arturo Belano o la de Ulises Lima. Precisamente lo curioso de toda esta parte es cómo se entrelazan esas historias, muchas de ellas tremendamente interesantes, y cómo las figuras de los dos poetas aparecen, a veces en el centro de esas historias, otras en una posición un poco más alejada.

En fin, me he anticipado un poco (después de todo, aún no he acabado la novela ni me he puesto a pensar en ella o sobre ella, todavía estoy disfrutando del viaje), pero no me podía aguantar las ganas de haceros partícipes de mi descubrimiento, tal vez porque es el primer libro que leo en mucho tiempo y, para ser el primero, parece que he acertado plenamente.

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El cementerio de los libros olvidados

La sombra del viento
Llevo varios días queriendo hablar de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, pero por el camino me he ido encontrando con otros temas de interés y lo he ido dejando y dejando. La novela tampoco me gustó demasiado (en realidad, la dejé a medias) como para hacer una reseña sobre ella. Entonces, se preguntaran mis hipotéticos lectores, por qué no dejar el libro en paz, descansando en su estante, y a otra cosa.

Porque lo que no me gustó fue el desarrollo, ni los personajes, pero sí la idea germinal, que me pareció fascinante. Ese Cementerio de los Libros Olvidados, sin orden ni concierto, donde uno sólo puede leer aquello que cae en sus manos por causalidad, sin referencias previas, sin recomendaciones, donde todos los autores son autores sin nombre y casi sin historia. Recuperarlos un poco al azar y apadrinarlos como si fueran perros abandonados en busca de dueño. Cuando comencé a leerlo me pareció una idea muy estimulante, de esas que uno desearía haber tenido. Pero después de ese comienzo era muy difícil que la continuación estuviera a la altura. El misterio de ese autor desconocido que el protagonista rescata del olvido se me antojó pobre y poco interesante, tampoco fui capaz de soportar el personaje de Fermín, su manera artificial y poco verosimil de hablar.

Me quedo con la idea del principio, con ese cementerio improbable donde yacen tantos mundos inventados, perdidos para siempre, a menos que alguien un día los saque al azar del estante en el que ven pasar el tiempo. No es una biblioteca, aunque se le parece, porque en una biblioteca los libros no están perdidos, los autores existen en los ficheros, hay referencias sobre ellos. Se parece más a una internet desmesurada en la que los bibliotecarios sólo han podido clasificar una parte mínima de la información, y donde subsiste un inmenso territorio inexplorado. Tal vez sea eso lo que más me atrae de la idea. Me gustaría recorrerlo, ir cogiendo libros al azar y leerlos sin referencias previas, en busca de alguna perla. Podría hacerlo sin disponer de un lugar así, hay miles de autores de los que no sé absolutamente nada, sería cuestión de buscar un nombre al azar en el catálogo de cualquier librería y leerlo sin más. Pero no sería lo mismo, la información, aunque yo no la conozca, existe. En el Cementerio no hay ningún modo de averiguar algo sobre un autor, a no ser que uno se dedique a investigar en plan detective de novela negra, como hace el protagonista.

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Libro viejo, libro leído

En estos tiempos, incluso aunque sea el Día del Libro, regalar uno es tan manido como antaño era regalar una corbata el Día del Padre. Rafa Marín se ha inventado una nueva forma de hacerlo (copiada, dice de la Semana Negra) que, tal vez, no siente demasiado bien a los defensores de los derechos de autor. Se trata de conjugar el famoso amigo invisible con el intercambio de libros, pero con una salvedad

Pero no un libro nuevo, sino un libro viejo, un libro leído, un libro querido. Y dedicarlo para que su nuevo dueño, cuando lo lea, si lo lee, tenga un recuerdo de su paso por este curso.

¡Qué magnífica idea! No se trata de regalar un libro cualquiera, sino un libro que nos sea querido, con el que nosotros mismos hayamos disfrutado. Estoy deseando ponerla en práctica.

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