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La muerte de Montaigne, de Jorge Edwards

La torre de MontaigneDe entrada no estoy muy seguro de cómo calificar el texto de Edwards. El propio autor lo considera novela, pero en realidad tiene mucho más de ensayo. En todo caso se trata de un juego literario en el que el autor chileno indaga en la vida de Montaigne desde la suya propia, y se muestra plenamente identificado con el espíritu del autor francés. Porque Montaigne, como el propio Edwards dice que ha intentado siempre ser, es un “güelfo entre los gibelinos y un gibelino entre los güelfos”, es decir, es un personaje de juicio independiente que toma partido en su fuero interno pero que intenta no beneficiar a ninguno de los dos bandos. Porque en la época en que le tocó vivir había dos bandos ferozmente enfrentados, los católicos y los hugonotes, protestantes. Montaigne era un hombre respetado, influyente a su manera (había sido alcalde de Burdeos), muy preocupado por la violencia desatada que se vivía en Francia. De la lectura de esta obra de Edwards se desprende que, en su fuero interno, tenía bastantes simpatías hacia los hugonotes, pero ante todo le preocupaba que Francia por fin respirara en paz bajo el poder de una monarquía que ejerciera un papel unificador.

La novela-ensayo de Edwards pinta los últimos años de la vida de Montaigne. Son aquellos en los cuales transcurre su extraña relación con Marie de Gournay, una joven de 22 años (Montaigne tenía 55), entusiasta de sus ensayos, que le propone ser su fille d’adoption, su hija adoptiva. Al menos en una ocasión, Edwards sospecha (porque una gran parte de la novela tiene un caracter conjetural) que esa relación dejó de ser paterno-filial y se convirtió en amorosa. En todo caso, Montaigne vivió esa relación como la última pasión erótica de su vida, una vida que ya anhelaba recluirse en su torre, rodeada de sus libros y sus escritos, lejos de todo. Sin embargo, esos años también fueron los más difíciles en el ámbito político. El año en que vivió su relación con Marie, Montaigne fue llamado a París por Enrique III. En el camino fue asaltado por una banda de hugonotes como represalía por un asalto que ellos habían sufrido a manos de los católicos. Cuando llegó a París, fue inmediatamente encarcelado en la Bastilla por la Liga católica, puesto que su figura también levantaba sospechas en ese bando. Así pues, zarandeado por uno y otro bando, considerado traidor por ambos, cuando él solo aspiraba a que le dejasen solo con sus libros y sus ensayos.

Edwards admira profundamente al autor de los ensayos. Se deleita haciendo referencia a sus cualidades como lector, al caracter absolutamente independiente de su prosa, juguetona en ocasiones, amante de las digresiones, y el mejor ejemplo de lo que en ese momento se entiende por ensayo. Montaigne escribe “ensayando”, explorando los temas, atravesando cualquier puerta y recorriendo cualquier camino hasta donde puede, aunque en ocasiones deba volver sobre sus pasos y explorar otro. El mismo dice, en algún momento de los ensayos, que si su pluma da para entrar en aguas profundas, lo hace sin temor, pero que si se enfrenta a aguas que no conoce, se contenta con contemplarlas desde la orilla. Pero su amor por los clásicos, su caracter de lector impenitente, con frecuencia le proporcionan base para no quedarse nunca en la orilla.

En fin, que la novela de Edwards respira pasión por Montaigne y es imposible leerla sin tener a mano los Ensayos.


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Michel Onfray y la otra historia de la filosofía

Con su Contrahistoria de la filosofía, Michel Onfray se propone un proyecto muy ambicioso. Nada menos que poner en cuestión la filosofía que se nos ha transmitido a través de la historia, marcada por la tradición del idealismo que comienza en Platón y llega hasta Kant y Hegel, y que ha silenciado otras corrientes de pensamiento, como el materialismo y el hedonismo. Su propuesta es rescatar  del olvido a todos aquellos filósofos relegados por la “ideología” dominante y construir una nueva historia de la filosofía en la cual se sitúe en el centro el placer y el disfrute de la vida, que ponga su foco en el hombre y se aleje de los dioses y de mundos ideales. Porque detrás del triunfo del idealismo platónico y de toda su evolución posterior se encuentra el cristianismo y el poder de la iglesia en la sociedad europea durante tantos años.

Las sabidurías de la antigüedadContrahistoria de la filosofía es una obra en varios volúmenes, de la que hasta ahora han sido publicados los tres primeros. El primero de ellos, Las sabidurías de la antigüedad, rescata a los filósofos que fueron enterrados bajo la denominación de presocráticos (aunque algunos de ellos eran contemporáneos o incluso posteriores a Sócrates) y sofistas. Aristipo de Cirene, Demócrito, Lucrecio, Epicuro. Todos ellos sufrieron la influencia de Platón y fueron condenados al silencio. En el caso de Demócrito incluso estuvo a punto de sufrir la incineración de su obra (Platón quería llevarla a cabo, pero le disuadieron de hacerlo porque ello no hubiera tenido un efecto determinante, puesto que la obra de Demócrito estaba ya en ese momento muy difundida). El que persistió, a pesar del boicot de los idealistas y, posteriormente, de los cristianos, fue Epicuro. Su filosofía demostró ser sumamente resistente, tanto que impregnó a una parte del cristianismo posterior, con lo que llegamos al segundo tomo de la obra, El cristianismo hedonista.

El cristianismo hedonistaOnfray recoge en este segundo libro visiones cristianas no muy lejanas del espíritu de Epicuro. Cristianos que no ponían el acento tanto en la culpa y en el sufrimiento como en el goce de la vida. La idea era que, puesto que Jesús había muerto en la cruz para redimirnos del pecado, por qué no considerar éste como algo superado y disfrutar de la vida que el propio Jesús ha concedido al hombre. Dicha visión, sin embargo, no fue del agrado de la Iglesia, que reaccionó ante estas “desviaciones” con su instrumento favorito: la hoguera. Así acabaron en gran parte los Hermanos y las Hermanas del Espíritu Libre, una corriente de pensamiento que, a pesar de todo, se las arregló para pervivir oculta en Europa hasta el siglo XVI y que denunciaba la hipocresía de la Iglesia oficial.  Posteriormente, durante el Renacimiento, Onfray menciona a una serie de pensadores que se proclamaban cristianos pero que sostuvieron una actitud proclive al epicureismo al considerar que algunos placeres moderados no eran contrarios a la virtud. El libro termina con una extensa parte dedicada a Montaigne, a quien Onfray considera uno de los filósofos más importantes de todos los tiempos y que encarna plenamente el ideal que enuncia el título, ese hedonismo cristiano. De Montaigne he hablado por aquí en unas cuantas ocasiones (también he recogido alguno de sus textos), destacando sobre todo el espíritu que anima sus Ensayos, ese “conocerse a sí mismo” y disfrutar de lo que poco a poco va descubriendo.

Los libertinos barrocosPor último, el tercer tomo, el que cierra temporalmente la obra, Los libertinos barrocos. Filosofía francesa fundamentalmente. Una serie de autores que parten de la obra de Montaigne y profundizan en sus planteamientos. Onfray dice de ellos que ninguno niega a dios (el ateismo como tal aún no existe), pero si lo apartan discretamente, haciendo buena aquella máxima de Epicuro que decía que los dioses existen, pero no se ocupan de los hombres. Dios también existe, pero no le interesan los asuntos de los hombres, es decir, de alguna forma estos autores le piden que no se inmiscuya en la vida de los hombres. A cambio nadie negará su existencia. Pierre Charron, Pierre Gassendi, Cyrano de Bergerac, Saint-Évremon, La Mothe Le Vayer son estos libertinos barrocos que han desaparecido de la historia de la literatura. El período se cierra con una de las más importantes figuras de la filosofía, Spinoza. La actitud de Spinoza ante la existencia de dios, el panteísmo (no quería que nadie le pudiera acusar de ser ateo), preludia sin embargo la llegada de la negación de dios. Para Onfray, esta época supone el final del apogeo de la creencia en dios. A partir de entonces la figura de dios irá llevando a cabo un discreto y paulatino mutis en el ámbito de la cultura europea.

Quedan aún por publicar (al menos en España) tres tomos más de esta revisión de la historia de la filosofía. Un servidor los espera con auténtica impaciencia. Mientras tanto, habrá que ir leyendo y releyendo las otras obras de Onfray.

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