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De vuelta

Ya estoy de vuelta en mi casa virtual. En la otra, la real (o la tangible, porque la de la web no es menos real) estoy hace un par de días. Es curioso, la ciudad digital de los blogs también está en parte “cerrada por vacaciones”. Extraño mes agosto, despoblado en la ciudad, pero lleno a rebosar en otros lugares (las playas de levante, por ejemplo. Apenas uno puede adivinar que debajo de la gente haya arena).

Pero afortunadamente no todos están de vacaciones. Magda continúa ahí, y me da la pista de un artículo interesante de mi admirado Vila-Matas en El País. En relación con la famosa portada de El Jueves y la dignidad del Príncipe (una curiosa profesión para estos tiempos. Los príncipes y las princesas me resultan como las hadas o las brujas: categorías de cuentos infantiles. Cuesta pensar que alguien en estos tiempos sea príncipe en activo). El artículo reseña un libro de ensayos de J. M. Coetzee que viene muy a propósito: Contra la censura.

La idea es que para que haya una ofensa tiene que existir un concepto equivocado de la dignidad: sólo hay ofensa si se ignora que la dignidad es una ficción, un eje más de las ruedas del teatro del universo.

Así es, si así nos parece. El mundo es una ilusión, un escenario en el que todos tenemos frases que decir y un papel que representar. Cierta clase de actores, al reconocer que están en una obra, seguirán actuando a pesar de todo; otra clase de actores, escandalizados de descubrir que están participando en una mascarada, tratarán de irse del escenario y de la obra. Los segundos se equivocan. Se equivocan porque fuera del teatro no hay nada, ninguna vida alternativa a la que uno pueda incorporarse. El espectáculo, al igual que el teatro kafkiano de Oklahoma, es, por así decirlo, el único que hay en la cartelera. Y lo único que uno puede hacer es seguir representando su papel, aunque tal vez con una nueva conciencia, una conciencia cómica.

Vila-Matas, que tan aficionado es a los teatros, sobre todos si son kafkianos. El artículo me abre las ganas de leer el libro de Coetzee y de volver a Vila-Matas, al que hace tiempo que dejé de seguir la pista. Lo que menos me interesa es el tema del Príncipe y de su dignidad. El chiste de El Jueves no dejaba de tener su gracia, aunque es una pena constatar que cada vez tenemos menos sentido del humor.

Por otro lado, me topo en Literatúrame (que me remite a un blog que no conocía, Poemas del alma) con una nueva campaña de esas que llaman de “fomento de la lectura” y que deberían llamar de “fomento de la compra de libros”. Se denomina “Lee en la playa 2007” y consiste en que varios actores disfrazados de personajes literarios (entre los que no podían faltar Don Quijote y Sancho Panza) regalan montones de chorradas si demuestras estar leyendo algo tumbado encima de la toalla. Se me ocurre: entre tanta campaña de fomento de la lectura, ¿alguna vez se le ha ocurrido a alguien publicar estadísticas de uso de bibliotecas públicas o de número de libros prestados? Aunque quizá sea mejor no hacerlo, que con todo ese tema del canon de las bibliotecas puede que esa sea una información que no convenga airear (¿alguien sabe cómo está este tema, si han implantado el famoso canon?).

El escalón intermedio de la lectura

Ayer Carmen Calvo, nuestra querida ministra de cultura, dijo algo en relación con el canon que, si se cumplen los planes de la Unión Europea, deberán pagar las bibliotecas en concepto de derechos de autor. Dijo una cosa muy buena, seguro que a todos nos lo parece, y es que el gobierno “se esforzará” porque el canon no repercuta en los ciudadanos. Se esforzará. Más le vale, porque si no, ya puede echar el cierre a las bibliotecas públicas y buscarles otros puestos a los esforzados bibliotecarios. Pero no hay cuidado, el gobierno “se esforzará”.

Pero no solamente dijo eso, también dijo otra cosa interesante. La copio aquí:

La ministra de Cultura, que residió varios años en la localidad extremeña, defendió el papel que desempeñan las bibliotecas como ‘puertas del conocimiento’ y advirtió del ‘peligro que significa Internet saltándonos el escalón intermedio de la lectura‘.

A veces me pregunto de dónde han podido salir estas personas. ¿Alguna vez la señora ministra se ha asomado a internet? Supongo que sí, que como es la responsable de un área como la de cultura, tendrá que estar al día de todo lo que esté relacionado con la misma. ¿O tal vez es que piensa que la red no tiene ni por asomo nada que ver con lo que ella gestiona? Quizá son sus asesores los que navegan por la red y la tienen completamente engañada. El peligro que significa internet saltándonos el escalón intermedio de la lectura. Sorprendida se quedaría si supiera lo que uno lee diariamente en la red, lo que podría leer si tuviera tiempo para ello. Y sin dejar de leer libros de los de toda la vida. Pero está claro que eso para ella no es leer, leer debe ser lo que viene después de adquirir un libro, lo otro seguro que se parece a piratear. Ah, y si tan convencida está de que las bibliotecas son “las puertas del conocimiento” que se aplique un poco más en conseguir que la entrada por esas puertas sea libre, que no sé yo si acabaremos teniendonos que sacar un bonolibro para preparar un examen o buscar información en una biblioteca.

Más sobre derechos de autor

La polémica sobre los derechos de autor encubre dos visiones antagónicas de la cultura. Cada vez lo tengo más claro. Una de ellas la ve como un bien social, como algo a lo que todos tenemos derecho. Para esa visión, todo lo que favorezca el acceso a la cultura es deseable. La otra la ve como una industria, como un producto más que se vende y que produce beneficios. Y la única manera de acceder a ella es siempre previo pago. Lo que ocurre es que la cultura no es tan tangible, no es tan material como, pongo por caso, un par de zapatos o un coche. Está formada por ideas, por pensamientos, por construcciones de la inteligencia que, gracias a los nuevos medios tecnológicos, pueden ser copiados y transmitidos con facilidad. La industria cultural no produce cultura, la cultura la producen los autores. Lo que produce la industria cultural es el soporte, y el problema es que ese soporte ha perdido valor porque ahora todos tenemos acceso a producirlo con nuestros ordenadores y con internet.

Estoy de acuerdo con este artículo de Blanca Calvo. Los autores tienen que ganar dinero con sus creaciones. Es la única manera de que puedan dedicarse a ellas. Por supuesto. Pero la transmisión de la cultura, la facilidad para acceder a ella a través de internet o de las bibliotecas públicas, en este caso, no les perjudica. Más bien al contrario, les beneficia. Les permite ser más conocidos. No deja la difusión de la obra de un autor a merced exclusivamente de los intereses editoriales o de las empresas discográficas. Es más, incluso les permite a ellos mismos acceder con facilidad a la obra de otros. ¿Alguien puede asegurar que los propios miembros de la SGAE nunca han bajado música de la red a través del P2P? ¿Que las influencias que se aprecian en sus obras siempre las han adquirido previo pago, nunca a través de discos prestados y copiados, antes en cinta y ahora en CD?

Blanca Calvo enumera una serie de razones por las cuales el canón de las bibliotecas no sólo no beneficia a los autores, sino que les perjudica claramente. Claro que habrá quien no esté de acuerdo.

España, denunciada por no cumplir con el canon de bibliotecas

Bruselas ha denunciado a España ante el Tribunal de Justicia por el asunto del canón de bibliotecas, es decir, por eximir a las bibliotecas públicas españolas (que me imagino que no deben nadar en la abundancia) de pagar derechos de autor por cada libro que se preste. Aún queda esperar la reacción del Tribunal de Justicia, pero me temo que no va a ser favorable a quienes pensamos que es una aberración pagar la cantidad que sea por cada libro que queramos sacar de la biblioteca. En fin, los derechos de autor continúan su imparable camino hacia la conversión de la cultura en un producto industrial más. Se me ocurre que, por ejemplo, también deberían cobrar un canon por préstamo en sala. Así, si un estudiante acude a una biblioteca y consulta quince libros de distintos autores, pues quince euros que la biblioteca tiene que abonar (¿a quién? ¿a la SGAE?). En ese caso, la biblioteca haría bien en limitar el número de libros que un estudiante puede consultar, no vaya a ser que la sed de saber de algunos la deje descapitalizada.

Es una aberración tan grande que uno estaría dispuesto a dejar de leer al autor que se pronuncie en favor de la medida. A ver quién es el guapo que se atreve.

(Llego a esta noticia a través de Barrapunto)

Contra el canón de bibliotecas

El Gobierno parece decidido a enfrentarse a la Comisión Europea en el tema del canón de bibliotecas. Defiende que la directiva europea que obliga a grabar el préstamo de libros está correctamente aplicada en España (donde quedarían exentas todas la bibliotecas públicas y sin ánimo de lucro), pero para la Comisión la extensión de las excepciones vaciaría de contenido la medida. Podeís leer sobre ello aquí y aquí. Por otra parte, se han presentado ante el Defensor del Pueblo unas veinte mil firmas contrarias a la medida, recogidas entre todos aquellos a quienes afecta, incluidos algunos escritores, como Miguel Delibes (y alguno más que no puedo recordar, porque recogí la noticia en televisión, de pasada).

¿Y qué significa todo esto? Que contrariamente a lo que nos temíamos, dado lo proclive que es el Gobierno a aceptar los criterios que defienden a ultranza los derechos de autor, se ha adoptado una postura favorable a las tesis de quienes defienden el libre acceso a la cultura. Aunque ello suponga enfrentarse con la Comisión Europea y, más adelante, con el Tribunal Europeo de Justicia. No puedo hacer otra cosa que aplaudir. Como ya dije hace tiempo, uno es un viejo usuario de bibliotecas, y es mayoritariamente en la biblioteca donde ha adquirido la cultura, no demasiado amplia, que tiene. Si no hubiera sido por la biblioteca de Moratalaz, mi antigüo barrio, habría leído muchos menos libros de los que he leído. Y ya entonces (y ahora) los fondos de los que disponían estas bibliotecas de barrio no eran como para tirar cohetes. Imaginaros lo que hubiera ocurrido si hubieran tenido que pagar un canón por libro prestado. O aún peor, si hubieramos sido nosotros los obligados a pagar. La idea me parece tan aberrante, tan contraria al espíritu de las bibliotecas públicas, que no entiendo cómo se le ha ocurrido precisamente a la Comisión Europea, tan avanzada para otras cosas. Por cierto, como leí el otro día en algún sitio, ¿se imagina alguien a lo que hubiera tenido que dedicarse la Disney si los cuentos clásicos que fusilaba en sus películas hubieran tenido unos derechos de autor como los se que se pretende implantar?

Movilizaciones

Las bibliotecas públicas comienzan con las movilizaciones. Y nosotros deberíamos apoyarlos.

Libros electrónicos

Continúa la polémica en torno al copyright. Hace unos días publiqué una nota en relación con el canon de bibliotecas, dando cuenta de la protesta que habían iniciado las bibliotecas españolas contra la imposición de la Unión Europea. Hoy os traigo aquí, desde la página de José Antonio Millán, el texto de una conferencia de Cory Doctorow, escritora de ciencia ficción, pronunciada en San Diego (California) el pasado mes de febrero. Cory Doctorow hace una apasionada defensa de los libros electrónicos y de internet como un medio nuevo de edición y transmisión de contenidos culturales. Son pocos los autores que se atreven a hablar tan claro sobre este tema. Es más, estoy convencido de que su postura, en general, es bastante diferente de la que mantienen las organizaciones que los representan (o dicen representarlos).

¿Pagar por leer?

Lo confieso: no estoy suficientemente atento a todo lo que se cuece en relación con lo que debería interesar a esta bitácora. Es por eso que no he hablado antes de una situación que resulta cuando menos chocante a un viejo usuario de bibliotecas (desde la época en que leía con pasión los relatos de Guillermo Brown no he dejado de ir por alguna, con mayor o menor frecuencia). Me refiero al canón de bibliotecas. Supongo que todos sabréis que existe una directiva europea que obliga al pago de una cantidad por préstamo a los autores cuyos libros se encuentren a disposición del público en una biblioteca. Dicho así suena completamente aberrante: quieres, por ejemplo, leer Las inquietudes de Shanti Andía, pongo por caso, y el bibliotecario te cobra un euro. Y otro más por cada día de retraso. Alucinante, ¿no es cierto?

Pero las cosas no son tan así. La directiva europea (que España, por lo visto, no ha aplicado bien, ya que en la práctica ninguna biblioteca paga el citado canón) no habla en último término de que sea el usuario de la biblioteca el que deba realizar el pago. La idea es que sea la propia biblioteca quien lo realice o, como muchos países ya están haciendo, el propio estado. Es decir, que el usuario no notaría directamente dicho pago, pero sí la biblioteca, que vería disminuida la cantidad de dinero destinada a la adquisición de libros (y no creo que ahora naden en la abundancia).

La Comunidad Europea presiona a España, a la que prevee multar por su deficiente aplicación de la directiva. El gobierno (hasta ahora el del partido popular, ya veremos que hace el nuevo) ha dado la callada por respuesta, y son las propias bibliotecas las que se han alzado en pie de guerra. Porque, como es evidente, se niegan en redondo a aplicar el citado canón. Cada parte tiene sus razones, que la sociedad gestora de los derechos de autor explica muy bien aquí, y el ámbito bibliotecario (y lector, porque no están solos en esto) aquí. Yo, por mi parte, creo que en el cacareado tema de los derechos de autor se está llegando a un extremo que amenaza con acabar la facilidad de acceso a la cultura de la que ahora gozamos, primero en el ámbito de la música, ahora en el de la lectura. Alegan que sólo tratan de luchar contra la piratería (no sé si habrá algún lector que fotocopie los libros que saca de la biblioteca y los venda en el top manta) y defender los derechos de los autores, pero me temo que están produciendo el efecto contrario. Porque, hoy por hoy, en internet siguen siendo accesibles esos bienes culturales y uno puede caer en la tentación de hacer el mayor acopio posible de ellos por si llegan épocas de mayor escasez.