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Recopilación de cuentos

Me gusta leer relatos en la red. Hay muchas revistas literarias, de todos los tipos y todos los colores, que publican relatos. Los hay bastante malos, pero también muy buenos. Como digo, me gusta leer relatos en la red, pero normalmente no lo hago. Tengo la sensación de que requieren siempre más tiempo y más sosiego que cualquier otra cosa. Un artículo en torno a un tema sobre el que me interesa aprender me parece siempre mejor lectura, más adecuada a internet. Uno lee con rapidez, buscando la información relevante. Cuando se lee un relato, por el contrario, es necesario hacerlo con lentitud, disfrutando de las palabras. Por eso mi tendencia es siempre a dejarlos para más adelante. Para evitarlo (o al menos para compartirlos con vosotros), voy a intentar publicar de vez en cuando una entrada recogiendo unos cuantos de ellos, los que me hayan parecido mejores. De esa manera, con la finalidad práctica de publicarlos aquí, volveré a leerlos.

Aquí os dejo unos cuantos de los que he encontrado estos días.

Óscar Sipán Sanz – Hay otros mundos, pero están en mi cabeza

Renzo Carnevale – La casa acribillada de enfrente

Ricardo Juan Benitez – Consejo de amigo

Isabel Moure – Me llamo Enrique, como yo

Gerardo Lartigue – Bajo la lluvia

Relato: “Historia de un escritor”

Esta es la historia de un escritor que dejó de escribir. Desde su infancia había anhelado crear historias como las que leía en los libros, deleitarse imaginando peripecias en su cabeza antes de pasarlas al papel, y hay que decir que había logrado hacerlo, al menos en una cierta medida. Pero luego el anhelo cambió, se transformó en el anhelo de publicar, de vivir de la escritura. La escritura dejó de ser para él un juego, un vicio solitario, para convertirse en una profesión. Y ahí se encontró con su cruz. Escribía bien, sí, pero no lo suficiente como para poder soñar con convertirse alguna vez en algo más que un escritor secreto. Se esforzó durante un tiempo, pero luego lo dejó. No era un buen escritor. Durante mucho tiempo intentó convencerse de que sí, de que era capaz de escribir algo que se publicara y que le diera dinero, pero en su interior no estaba convencido de ello. Así que la escritura se convirtió en un tormento para él. Cuando se sentaba ante la pantalla blanca del ordenador enseguida sentía la necesidad de levantarse de inmediato: había olvidado hacer algo o simplemente tenía hambre, sed o necesidad de ir al lavabo. Luego, cuando regresaba, aún se demoraba un rato en cualquier página de internet. Cuando al fin reunía la voluntad suficiente, no conseguía sobrepasar las diez o doce líneas sin tener la fuerte tentación de eliminarlas al instante.

Estaba tan desesperado que un día dejó de estarlo. Una noche en la que tampoco escribió, que desperdició sentado frente al televisor mientras en su mente la idea de que debía escribir le horadaba y le deprimía, pensó de repente que no tenía necesidad. ?¡A la escritura que le den!?, se susurró a sí mismo. ¿Qué necesidad tenía? ¿Por qué? ¿Para qué? No era un buen escritor, ya no le gustaba escribir. Muy bien, pues punto en boca. Ya estaba. No había más que decir. De repente se sintió extrañamente aliviado. Podía mirar la pantalla del televisor y desperezarse con una sensación de liviandad como no había sentido en mucho tiempo. ¡A la escritura que le den! En la pantalla del televisor había un par de chavales haciendo lo que parecía ser una prueba de un concurso absurdo. Lo miró ahora con interés, saboreando la sensación de que aquel tiempo era suyo y no tenía que rendir cuentas de él a nadie.

Sin embargo, su aparente decisión le desveló aquella noche. No podía dejar de pensar en ello mientras daba vueltas en la cama. ¿De verdad era aquello una decisión, una decisión que estaba tomada, una decisión firme? ¿Iba a dejar la escritura? Pensó en el placer que le producía antes escribir, desgranar sus pensamientos frente a la pantalla del ordenador, corregir el texto una vez escrito. No podía creerse que aquello fuera a acabar. Había ocasiones en que no era capaz de imaginar algo, comprender un suceso hasta sus últimas consecuencias si antes no lo había escrito, si no lo había trabajado sobre el papel. En ocasiones no sabía que pensaba sobre un cierto tema si antes no había intentado escribir sobre él, si no había diseñado un discurso por escrito. Eso no podía haber terminado. Sintió un fuerte deseo de levantarse de la cama y ponerse a escribir, pero no hizo porque sospechaba que, una vez sentado frente al ordenador, sentiría lo mismo que había venido sintiendo durante los últimos meses.

A la mañana siguiente se sentó frente a la mesa con un propósito claro. La noche anterior había terminado por dormirse, no sin antes tomar una determinación, esta sí, completamente seria. Frente a la mesa, la recordó. Se trataba de recuperar la escritura, pero no la escritura que había intentado practicar, la escritura profesional, la que conlleva publicar y ganar dinero. No, esa no, la otra, la que siempre le había gustado. La escritura como práctica, como terapia, la escritura porque sí, porque quiero escribir, porque me gusta escribir y no me importa si me sale un churro de cuando en cuando.

(continuará)

Vértigo

Había dejado de escribir porque le asustaba la medida en que perdía el sentido de la realidad cuando lo hacía. Siempre le habían dicho que eso era lo deseable, lo que todos los escritores ansiaban, pero él no lograba abandonarse a esa sensación, había sido educado para mantener los pies pegados a la tierra y sentía que había algo malo en esos vuelos sin motor. Pero al mismo tiempo el vértigo le atraía como atrae un vicio. Con frecuencia se sentaba frente al papel y garrapateaba algunas palabras que le rondaban por la cabeza, palabras desordenadas que le hacían intuir un mundo, palabras que una vez colocadas en el papel abrían una puerta a la que únicamente se asomaba antes de cerrarla de golpe. Arrugaba el papel y se levantaba de la mesa, contrariado y aliviado a un tiempo, esforzándose por pensar que se había evitado un mal. Y entonces veía en un interior la imagen de su padre, sonriéndole.

Cientos de cuadernos

No había sido capaz de contestar a los que le preguntaban qué iba a hacer cuando se jubilara, pero el primer día que no tuvo que ir a la oficina se levantó con la certeza de que quería dedicar los próximos años a escribir. Era una idea extraña, por eso no la comentó con su mujer durante el desayuno, y cuando ella le preguntó en qué iba a ocupar el tiempo esa primera mañana, le dijo vagamente que tenía que ir a comprar unas cosas. Ya en el supermercado, en la sección de papelería, se detuvo, un poco confuso. Cuatro libretas de espiral, de papel cuadriculado y unas cien hojas; una pluma y un par de tinteros. Con eso sería bastante, lo tenía claro. Pero bastante, ¿para qué? Nunca había escrito más que los informes de la oficina. Cierto que siempre le había gustado leer, que admiraba la capacidad de aquellos autores para inventar personas, lugares, cosas, vidas en definitiva. Pero eso no tenía nada que ver, nunca quiso ser escritor, ni siquiera se le pasó por la cabeza que también pudiera inventar mundos como aquellos.
Cuando llegó a casa con las libretas y la pluma, se sentía más seguro. Había decidido que no importaba. No sabía lo que iba a escribir, ni siquiera si sería narrativa, como era probable, o ensayo. O simplemente un diario de su jubilación. Sólo sabía que iba a escribir, y así se lo dijo a su mujer. A ella, sin embargo, no pareció sorprenderle. Probablemente lo consideraba un mero voluntarismo de recién jubilado que aún no tiene claro que va a hacer con el tiempo del que ahora dispone, y no le daba más que unos días de vida. No le dijo nada cuando se encerró en el antiguo cuarto de su hijo mayor y se sentó a la mesa en la que había estudiado su ingeniería, y durante las horas siguientes no le molestó.
Tenía la vaga idea de que debía comenzar cuanto antes, por donde fuera, sin demorarse o abandonaría el proyecto. Después de pensar un instante le salió la primera frase, casi de golpe e inusitadamente larga. Era sobre su infancia, un recuerdo de su niñez que le sorprendió. Y le asustó, porque era un mal recuerdo, un momento que, si bien no tenía escondido en el fondo de su corazón, fuera de su conciencia, solía esquivar en cuanto le asaltaba. Tal vez por eso, la segunda frase tardó más tiempo en salir y fue más titubeante. Tuvo que ponerse firme y repetirse en voz baja una y otra vez su propósito. Escribir, lo que fuera, como fuera.
Para la hora de comer tenía siete páginas cubiertas con su apretada letra. Hubiera seguido escribiendo, pero su mujer asomó la cabeza por la puerta y le anunció que tenía un plato de conejo en salsa esperándole en la mesa. Le pareció ver en su rostro una ligera sonrisa, sobre todo cuando su mirada se posó en el cuaderno, pero no dijo nada. �l se levantó a regañadientes, sin cerrarlo, como si no quisiera archivar aún aquellos recuerdos sobre los que había estado escribiendo las dos horas anteriores. Pero cuando volvió después del café, no le apeteció seguir con ellos. En realidad, quería probar suerte con lo de inventar, sus recuerdos ya le aburrían. Sin comenzar nueva hoja, dejando únicamente un espacio en blanco, comenzó a escribir el embrión de una historia. Su personaje se le parecía sospechosamente, aunque su vida era completamente distinta a la que él había llevado. Aquello le gustó más y se dedicó a ello durante buena parte de la tarde. Luego, después de haber salido un momento del cuarto y haber oído por casualidad un informativo que escuchaba su mujer en la radio mientras corregía exámenes (a ella todavía le quedaba un año para la jubilación y estaba pensando en retrasarla porque decía que el instituto era su vida), comenzó a escribir una amarga crítica contra el gobierno, imitando las formas que tantas veces había leído en la prensa. No duró mucho tiempo en aquella actividad, poco más que una página, antes de dejar la pluma, por fin, sobre el cuaderno. Eran casi las nueve de la noche y llevaba más de tres horas escribiendo sin parar. El cuaderno tenía una apreciable cantidad de hojas escritas y él sentía aún el deseo de continuar escribiendo.
Por la noche, antes de dormirse, su mujer le pidió que le enseñara lo que había escrito con tanto ahínco durante el día, pero él se negó. Tuvo que prometerle que lo haría una vez hubiera terminado el primer cuaderno y pasado al segundo. Contestó vaguedades cuando ella le preguntó extrañada de qué se trataba y luego, durante la madrugada, que se le fue parte en vela, se descubrió pensando en cientos de cuadernos llenos de su letra. Curiosamente, se sentía feliz.

La decisión

Había dejado de escribir hacía meses. Por decisión propia. Desde siempre, desde que podía recordar, había mantenido una relación dolorosa con la escritura, en la que había luchado y sufrido, había intentado todo lo que un hombre puede intentar, y sólo había obtenido textos, textos nada más, escritos con corrección, bien redactados, pero en los que no había nada que pudiera considerarse literatura. Una mañana, después de una infernal noche de trabajo y sólo tres horas de sueño, se levantó con una convicción que sintió tan profunda que le dio miedo: debía dejar de escribir. No albergaba ninguna duda: nunca, por mucho que luchara, por muchas horas que dejara de dormir, sería capaz de producir literatura. Pero, curiosamente, aquella decisión tan firme, que suponía nada menos que tirar por la ventana todo lo que siempre había deseado, no le causó dolor, sino un extraño alivio. Durante los siguientes días vivió como si hubiera iniciado una nueva vida, más liviana y ociosa. Se dijo que tenía que haberlo hecho mucho tiempo atrás.

Pero un día se encontró escribiendo una pequeña nota en el reverso de una factura. Fue un acto inconsciente, casi involuntario. Había comenzado a garrapatear para entretener el tiempo y se dio cuenta de que las palabras que escribía cobraban sentido y formaban algo que podía ser el embrión de una historia. Más aún, comprendió que durante los últimos días no había dejado de pensar en aquello. Su primer impulso fue romper aquella factura, su primer sentimiento fue de culpabilidad. Había dejado de escribir por decisión propia y no se arrepentía, no podía volver a las noches de insomnio, a la frustración y al fracaso. Pero en los días siguientes no pudo evitar hacerlo de nuevo. Nunca iba más allá de un pequeño párrafo, dos o tres frases. Se dio cuenta, sin embargo, de que poco a poco iba construyendo una historia. No le contó a nadie que había vuelto a coger la pluma, oficialmente era un ex-escritor, si aquella cacofonía tenía algún sentido. Pero a escondidas pronto dejó de luchar contra aquel deseo. Su cajón comenzó a llenarse de papelitos, en su cabeza pronto hubo una historia casi lista para ser escrita, a falta de estructurarla y organizarla, lo que, por supuesto, se negó a hacer. Y así continuó el resto de su vida, vaciando de cuando en cuando el cajón de papelitos y soñando con personajes que nunca llegarían a existir, más allá de unas pocas líneas garabateadas en cualquier lugar. Porque nunca volvió a escribir.