Al ver mi obra en retrospectiva, me doy cuenta de que se mueve entre esos dos polos: el confinamiento y el vagabundeo: el espacio abierto y el espacio hermético. Al mismo tiempo, esto encierra una curiosa paradoja: cuanto más encerrados están los personajes de mis libros, más libres parecen ser. Y cuanta más libertad tienen para vagar, más perdidos y confusos están. Asà que, de manera curiosa, hay una inversión de expectativas en esos dos estados. En mi primer libro en prosa, “La invención de la soledad”, hay un largo párrafo acerca de mi amigo el compositor, el hombre que llamo “S”. VivÃan en un espacio mÃnimo, el más diminuto que he visto nunca. Y sin embargo, probablemente su inteligencia era la más grande que he conocido, y lograba habitar ese espacio como si fuese totalmente libre. Más recientemente, un personaje como Nashe, en “La música del azar”, es un trotamundos. Se pasa todo un año recorriendo Estados Unidos, y sin embargo, en cierto sentido, es un prisionero. Le aprisiona la idea de libertad que él mismo se ha creado. Pero para él la libertad no es posible hasta que se detiene y se instala en algún sitio y asume la responsabilidad de algo, de alguien.
Hay un paradójico movimiento de vaivén entre ambos personajes, pero ninguno representa lo que uno imaginarÃa al principio. Creo que lo que me resulta estimulante de todo esto no es la idea de viajar a un destino elegido de antemano, sino el hecho de explorar lo desconocido. Tal como hizo Cabeza de Vaca, por ejemplo, el primer hombre blanco que puso pie en América del Norte. Es una historia de extravÃos, de errancias sin fin, de nunca saber lo que va a pasar. Como escribir, supongo, al menos tal como yo lo hago. Cada dÃa emprendo un viaje hacia lo desconocido y sin embargo estoy todo el tiempo sentado en mi habitación. La puerta está cerrada, nunca me muevo, y sin embargo el confinamiento me proporciona una absoluta libertad: de ser quien yo desee, de ir donde me lleven mis pensamientos.
Paul Auster, Experimentos con la verdad
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