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Urgencia de crear

También siento pena por esos llamados artistas, poetas y escritores que sienten que no pueden trabajar, pero de lo que hablan no es de trabajar sino de ganar.
Uno no necesita demasiado para ser capaz de vivir. Lo más importante es poder ser libre en tu trabajo. Por supuesto que es importante poder filmar y exhibir, pero si eso no es posible todavía te queda el asunto más importante de todos: ser capaz de trabajar sin pedirle permiso a nadie.

Si un escritor desprecia sus dones naturales dejando de escribir porque nadie lo va a publicar, entonces no es un escritor. El artista se caracteriza por su urgencia de crear, que por definición es un acompañante del talento.

Andrei Tarkovski, Diarios

Un relato evocativo

A mí, este relato me recuerda al del dinosaurio de Augusto Monterroso. Obvio, por supuesto, pero qué queréis, no doy para más. O sí. Me recuerda también al taller literario. O mejor aún: al día en que hablamos sobre el cuento del dinosaurio de Monterroso en el taller literario. Como veís, continúo en el reino de lo obvio. Pero el relato está muy bien, os lo recomiendo.

(Vía Libro de Notas)

Cosa por cosa

Cosa por cosa. Y sin embargo, todas están ahí, nos embarullan, nos marean. Es como un delicado ballet: no dejarse avasallar ni confundir por los demás bailarines, pero sin ignorar que están en escena, que de nuestro paso tanto como del suyo depende la armonía del conjunto. Saber “voy circulando por el hilo de todo, pero ahora estoy en esto”. Hablo del narrador testigo, de la memoria, de la coherencia en los relatos, de su elaboración del interlocutor, del juego, de la improvisación, de la mentira, del tiempo, y todo depende de todo, ya lo sé, en cada apartado de estos que recorto y pego con una leyenda al margen, se mezclan cosas de los demás, pero qué le voy a hacer. No tengo más remedio que separarlos de alguna manera. Tampoco me voy a dejar asfixiar por las adherencias que crían entre sí. Aislar unos argumentos de otros mientras se le está prestado atención a cada uno, si no menudo follón.

Carmen Martín Gaite, El cuento de nunca acabar, Anagrama, Barcelona, 1988, pag. 316-317.

Este párrafo de Carmen Martín Gaite (que pertenece a un libro que os recomiendo fervorosamente) viene al pelo para lo que comentabamos unos post atrás (hace ya muchos, muchos días) sobre el caos de la información y la necesidad de encontrar un sistema para organizarla. Ya veis, Martín Gaite no necesitaba internet para bregar con un montón de informaciones y tratar de sacar algo en claro de ellas. No lo necesitaba porque ella misma producía sus mensajes: todos procedían de su propia experiencia. En serio, os recomiendo que leais este libro (me están entrando ganas de releerlo).

Nota al pie (justificativa): Ultimamente estoy muy aperreado con Octaedro. Tengo cosas en el tintero, lecturas hechas y que merecería la pena comentar aquí, pero no me pongo. También tengo pendiente cambiar de host, la informalidad de F2O con las cuentas gratuitas comienza a ser legendaria. Pero ahí sigo, esperando que cambie el viento de mis estados de ánimo.

Grandeza

No se ha de juzgar lo que es posible y lo que no lo es, según lo que es creíble o increíble para nuestro juicio, como ya he dicho antes; y es gran defecto y en el que sin embargo caen la mayoría de los hombres [...] que cueste creer de otros lo que uno no sabría o no querría hacer. A cada cual le parece que la forma maestra de la naturaleza está en él, que es la piedra de toque, y a ella remite todas las demás. Son fingidas y artificiales las actitudes que no se adaptan a las suyas. ¡Cuán bestial estupidez! Yo considero a muchos hombres muy por encima de mí y sobre todo a muchos de los antiguos; y aunque reconozca claramente mi impotencia para seguir sus pasos, no dejo de seguirlos con la mirada ni de juzgar los resortes que los elevan así, cuya semilla percibo en mí de algún modo: otro tanto hago con la extrema bajeza de las almas, la cual ni me asombra ni dejo de creer. Bien veo el impulso que toman para subir; y admiro su grandeza y abrazo esos vuelos que tan hermosos hallo; y si no llegan a ellos mis fuerzas, al menos se aplica gustoso mi juicio.

Montaigne. Ensayos.

Ironía

[...] creí advertir en su más amplia dimensión el poder de las palabras escritas, y eso me condujo, por un intrincado atajo, a intuir la importancia de éstas como medio de adquirir cierta distancia de lo que llamaban realidad, que era algo -como lo ha sido siempre para tantas y tantas personas jóvenes- muy decepcionante. Creí advertir de pronto, bajando aquellas escaleras, esa necesidad que tenía de las palabras y también la de que éstas pudieran resultarme útiles para distanciarme del mundo real. Seguramente empecé a hacerme realmente escritor en aquellas escaleras. Pero como aún no había tenido acceso a la ironía, poco podían hacer ese día por mí las palabras, aunque eso no podía saberlo en aquel momento, precisamente a causa de mi falta de sentido de la ironía. Era como el pez que se muerde la cola. Desde luego, es más bien complicado ser joven, aunque eso no implica ni muchísimo menos que uno deba andar desesperado. Claro que la madurez tampoco es que sea una maravilla. En la madurez conoces la ironía, sí, Pero ya no eres joven y la única posibilidad que te queda de serlo un poco estriba en resistir, no renunciar demasiado, con el paso del tiempo, a aquella húmeda imaginación del arcón de Neauphle-le-Château. Sólo te queda resistir, no ser como aquellos que, a medida que la intensidad de su imaginación juvenil va decayendo, se acomodan a la realidad y se angustian el resto de su vida. Sólo te queda tratar de ser de los más obstinados, mantener la fe en la imaginación durante más tiempo que otros. Madurar con obstinación y resistencia: madurar, por ejemplo, dictando una conferencia de tres días sobre la ironía de no haber conocido de joven la ironía. Y después envejecer, envejecer mucho y mandar al diablo la ironía, pero aferrándote patéticamente a ella para no quedarte sin nada y ser el blanco espeluznante de la ironía de los otros.

Enrique Vila-Matas, París no se acaba nunca, Anagrama, 2003, pág. 101.

(Hacía mucho que no echaba mano de Arturo. La tengo tan olvidada que esta cita es de finales del año pasado. Creo que en algún lugar de Octaedro hay un comentario sobre el libro)

Enseñar a pensar

Hace tiempo que no cuelgo citas en la bitácora. Esta no lo es, en el sentido estricto del término, pero me interesa mucho las ideas que expresa, sobre todo la que se refiere a la facilidad de vivir con una convicción, sea la que sea, que siempre nos resistimos a revisar, y la dificultad (pero por otra parte la riqueza) de vivir en la ambigüedad de las preguntas, de reconocer que no estamos seguros de casi nada.

P. ¿Cómo convencer entonces a alguien para que lea?
R. Hay varios aspectos en esa cuestión. Primero, uno social. Las campañas para que la gente lea son hipócritas. Nuestras sociedades no creen en la importancia del acto intelectual. Los gobiernos le tienen mucho miedo. Cualquier gobierno prefiere un pueblo estúpido a uno inteligente. Es muy difícil gobernar a un pueblo que lea y cuestione las cosas. Cuando Atenas juzga a Sócrates, éste reconoce la validez de ese juicio: corrompe a los jóvenes porque les enseña a pensar. La segunda cuestión es que le tenemos miedo al conocimiento. Es mucho más fácil permanecer en un estado de semiestupidez donde las definiciones nos son dadas, donde todo es blanco o negro. Ã?se es el discurso de Bush el 11 de septiembre: “Nosotros somos los buenos, ellos son los malos”, que es un eco claro del grito de las Cruzadas: “Los paganos se equivocan, los cristianos tienen razón”. En ese tipo de dialéctica nos sentimos cómodos. Es muy difícil vivir en la ambigüedad, en la tensión que crea una pregunta que no tiene respuesta, como cuál es el sentido de la vida o por qué nos enamoramos o morimos, esas preguntas enormes… Y es justamente eso lo que la literatura propone constantemente. Borges decía que el hecho estético era la inminencia de una revelación que no se produce. Uno termina Romeo y Julieta sin una solución. ¿Cuál es la solución? ¿No enamorarse?

Alberto Manguel: “La lectura electrónica es casi contraria a la lectura misma” (entrevistado por Javier Rodríguez Marcos), suplemento Babelia, El País, 12 de enero de 2002.

Cortázar

He dejado pasar el veinte aniversario de la muerte de Cortázar sin decir una sola palabra, a pesar de que este es un blog sobre libros y escritura, y de que le debo el nombre bajo el cual me oculto. Voy a subsanar mi omisión recuperando del estante mi manoseado ejemplar de Rayuela (más bien polvoriento, porque debo reconocer que ha pasado tiempo desde la última vez que lo leí), y copiando aquí uno de mis fragmentos preferidos. A modo de homenaje.

Hacer. Hacer algo, hacer el bien, hacer pis, hacer tiempo, la acción en todas sus barajas. Pero detrás de toda acción había una protesta, porque todo hacer significaba salir de para llegar a, o mover algo para que estuviera aquí y no allí, o entrar en esa casa en vez de no entrar o entrar en la de al lado, es decir que en todo acto había la admisión de una carencia, de algo no hecho todavía y que era posible hacer, la protesta tácita frente a la continua evidencia de la falta, de la merma, de la parvedad del presente. Creer que la acción podía colmar, o que la suma de las acciones podía realmente equivaler a una vida digna de este nombre, era una ilusión de moralista. Valía más renunciar, porque la renuncia a la acción era la protesta misma y no su máscara.

Julio Cortázar. Rayuela

La libertad según Paul Auster

Al ver mi obra en retrospectiva, me doy cuenta de que se mueve entre esos dos polos: el confinamiento y el vagabundeo: el espacio abierto y el espacio hermético. Al mismo tiempo, esto encierra una curiosa paradoja: cuanto más encerrados están los personajes de mis libros, más libres parecen ser. Y cuanta más libertad tienen para vagar, más perdidos y confusos están. Así que, de manera curiosa, hay una inversión de expectativas en esos dos estados. En mi primer libro en prosa, “La invención de la soledad”, hay un largo párrafo acerca de mi amigo el compositor, el hombre que llamo “S”. Vivían en un espacio mínimo, el más diminuto que he visto nunca. Y sin embargo, probablemente su inteligencia era la más grande que he conocido, y lograba habitar ese espacio como si fuese totalmente libre. Más recientemente, un personaje como Nashe, en “La música del azar”, es un trotamundos. Se pasa todo un año recorriendo Estados Unidos, y sin embargo, en cierto sentido, es un prisionero. Le aprisiona la idea de libertad que él mismo se ha creado. Pero para él la libertad no es posible hasta que se detiene y se instala en algún sitio y asume la responsabilidad de algo, de alguien.

Hay un paradójico movimiento de vaivén entre ambos personajes, pero ninguno representa lo que uno imaginaría al principio. Creo que lo que me resulta estimulante de todo esto no es la idea de viajar a un destino elegido de antemano, sino el hecho de explorar lo desconocido. Tal como hizo Cabeza de Vaca, por ejemplo, el primer hombre blanco que puso pie en América del Norte. Es una historia de extravíos, de errancias sin fin, de nunca saber lo que va a pasar. Como escribir, supongo, al menos tal como yo lo hago. Cada día emprendo un viaje hacia lo desconocido y sin embargo estoy todo el tiempo sentado en mi habitación. La puerta está cerrada, nunca me muevo, y sin embargo el confinamiento me proporciona una absoluta libertad: de ser quien yo desee, de ir donde me lleven mis pensamientos.

Paul Auster, Experimentos con la verdad

Botella al mar

Ernesto Sabato
¿Sentirían otros escritores lo que él experimentaba ante un desconocido que ha leído sus libros? Una mezcla de vergüenza, curiosidad y temor. A veces, como en ese momento, era un chico, un estudiantes que lleva las insignias de sus tribulaciones y amarguras, y entonces trataba de imaginarse por qué leía sus libros, qué páginas podrán ayudarlo en sus ansiedades, y cuales, por el contrario, sólo servirían para intensificarlas; qué fragmentos marcaría con ferocidad o alegría, como prueba de su rencor contra el universo, o como confirmación de una sospecha sobre el amor o la soledad. Pero otras veces era un hombre, una dueña de casa, una mujer de mundo. Lo que más le asombraba era esa variedad de seres que pueden leer el mismo libro, como si fueran muchos y hasta infinitos libros diferentes; un único texto que no obstante permite innumerables interpretaciones, distintas y hasta opuestas, sobre la vida y la muerte, sobre el sentido de la existencia. Porque de otro modo resulta incomprensible que apasionase a un muchacho que piensa en la posibilidad de asaltar un banco y a un empresario que ha triunfado en los negocios. “Botella al mar”, se ha dicho. Pero con un mensaje equívoco, que puede ser interpretado de tantas maneras que difícilmente el naufrago sea localizado. Más bien una vasta posesión, con su castillo bien visible, pero también complicadas dependencias para sirvientes y súbditos (en alguna de las cuales tal vez esté lo más importante), cuidados parques pero también enmarañados bosques con lagunas y pantanos, con temibles grutas. De modo que cada visitante se siente atraído por partes diferentes del vasto y complejo dominio, fascinado por las oscuras grutas y disgustado por los cuidados parques, o recorriendo con temeroso furor las grandes ciénagas pobladas de serpientes mientras otros escuchan frivolidades en los salones estucados.

Ernesto Sabato, Abbadón el exterminador

Francotirador

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Manía de colgarle de antemano letreros al narrador, de vincular lo que dice con su personalidad, con su presunta ideología. ¿Y si no tuviera otra que la que se configura a través de las palabras que va tejiendo? Estamos deteriorados por el abuso de un oído polémico. La España de los abogados, de las defensas, de las banderías. ¿Pero tú quién eres para decir eso? ¿De qué bando eres tú? Y si se contesta: “de tal bando”, ya hay un apaciguamiento por parte del oyente; a la tempestuosa urgencia por clasificar sucede la calma chicha. “¡Ah!, bueno, entonces ya sé lo que me vas a decir, sé a qué atenerme. Paso a preparar mi defensa o mi adhesión.” Para que todo quede atado y bien atado, ha llegado a adjudicarse letrero incluso a lo que no admite ninguno, porque no le gustan, porque se los sacude todos: a ése se le llama “francotirador”.

Carmen Martín Gaite, El cuento de nunca acabar

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