La costumbre

[...] Pues es en verdad la costumbre, violenta y traidora maestra de escuela. Poco a poco, a la chita callando, nos pone encima la bota de su autoridad; mas con este suave y humilde principio, al haberla asentado y plantado con la ayuda del tiempo, nos descubre de pronto un furioso y tiránico rostro, contra el que no tenemos ni siquiera la posibilidad de alzar los ojos. [...]
Mas el principal efecto de su poder es apoderarse de nosotros y dominarnos hasta tal punto que apenas esté en nosotros el liberarnos de su influencia y volver a nuestro ser para discurrir y razonar sus órdenes. En verdad, al mamarlas con la leche materna y al presentarse el rostro del mundo en este estado ante nuestra primera mirada, parece que hayamos nacido con la condición de seguir esta marcha; y parece que sean generales y naturales las ideas comunes que hallamos vigentes a nuestro alrededor y que nos han sido imbuidas por la semilla de nuestros padres. De donde viene que lo que está fuera del marco de la costumbre, lo creemos fuera del marco de la razón; sabe Dios con qué sinrazón, con harta frecuencia. Si así como nosotros que estudiamos hemos aprendido a hacer, cada cual al oír una justa sentencia, inquiriese en su interior cómo le concierne propiamente a sí mismo, daríase cuenta de que ésta no es tanto una agudeza como un buen latigazo a la común necedad de su entendimiento. Mas recibimos las opiniones de la verdad y sus preceptos, como si fueran dirigidos al pueblo y no a nosotros mismos; y en lugar de aplicarlos a nuestras costumbres, cada cual los relega en su memoria muy necia e inútilmente. [...]
Michel de Montaigne, Ensayos
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