La especulación, el crecimiento desordenado y la contaminación son los dueños de la bahía de Tokyo. Las orillas de la bahía de Tokyo se desbordan en una megalópolis de 33 millones de almas -una cuarta parte de la población del país- que configura el núcleo económico, político y cultural de Japón.

En Yokohama, la batalla por dominar el horizonte se hace patente, donde la torre Landmark, parece desafiar al sagrado Fuji-Yama. En poco tiempo una antigua zona de almacenaje se convirtió en un complejo de hoteles, oficinas, bloques de viviendas y diversiones, entre ellas una noria monumental. y un rascacielos de 70 plantas -que con sus 296 metros, es el más alto de Japón. Vivir por todo lo alto en la bahía de Tokyo, significa tener un elegante ático en Chiba. En la actualidad, ya no se práctica la austeridad, los jóvenes viven al día y no ahorran, el ahorro familiar no ha dejado de descender en los 12 años de recesión.

La bahía de Tokyo se ha ido encogiendo a causa de la escased de suelo. Se comenzó a ganar tierras al agua hace cuatro siglos, al rellenarse la zona próxima al castillo de Edo, emplazamiento del actual Palacio Imperial. El proceso de industrialización ha provocado la invasión de amplias áreas de marismas a expensas de una actividad pesquera que había sido importante.

El precio del progreso es la suciedad del aire y las aguas de Kawasaki, donde las industrias contaminantes se amontonan en un archipiélago creado por un hombre. Se aspira a crear industrias sin emisiones y, para romper la monotonía, se pintan las fábricas con todos los colores del arco iris. Pero se sigue ganando tierra al mar, en perjuicio de las corrientes de aguas indispensables para limpiar la bahía.

La primera ruta asfaltada en atravesar la bahía de Tokyo es el puente y tunel Aqua-line. Coronado en su centro por un complejo de ocio, el proyecto naufragó desde su botadura. Pocos usuarios pueden permitirse el peaje diario de 50 dólares. Sus carriles aparecen tan desiertos como la entrada del túnel de ventilación que, con su perfil parabólico, parece un iceberg.

A consecuencia de la larga ocupación de Japón por las tropas estadounidenses se desarrolló una afinidad por la cultura americana. Y esto ha convertido la instalación de Disneyland de Tokyo en el parque temático más visitado del mundo.

El Sanja-Matsuri, la fiesta anual que concentra en Tokyo a millares de personas entre el fragor de tambores y silbatos. Las procesiones recorren las calles pidiendo la bendición de los dioses, que en los tiempos que corren es más necesaria que nunca.

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