Somos una débil estrella solitaria en la oscuridad del fondo marino donde ninguna otra luz ha brillado antes, ¿o no? quizá por eso el ser humano explora, por descubrir que no somos los primeros y no estamos solos.

El espíritu explorador constituye una parte integral del ser humano. Todo el mundo lleva dentro un explorador, si no ¿cómo es posible pasarse la vida ante una puerta abierta y no intentar abrirla?.

Sin embargo, hoy en día toda exploración que aspire a conseguir buenos resultados precisa de algo más que valentía y ambición. A menudo requiere una preparación especializada y material costoso.

La clave es la ciencia. La ciencia aporta legitimidad y valor a la exploración. Ahora abundan las proezas, pero si no haces una ciencia seria que resulte útil, no eres un explorador; solo alguien que se dedica a recorrer el mundo.

Mil años atrás, el mundo conocido por las civilizaciones occidentales se centraba en el mar Mediterráneo. Se extendía hasta China por el este, el mar Báltico al norte y el África sahariana y la India en el sur. Hacia el oeste se hallaba el inmenso y temido “mar verde de oscuridad”, y más al sur latía un continente desconocido semimítico, una tierra donde se decía que los hombres se volvían todos negros.

Las sociedades vivían sin conocerse entre sí. Los franceses ignoraban la existencia de los incas y los songhai de África ni siquiera sospechaban que hubiera un pueblo llamado inuit.

El vikingo Leiv Eriksson llegó a América del Norte hacia el año 1.000, pero las exploraciones aún tardarían tiempo en cobrar impulso. Tendrían que transcurrir cinco siglos para que otros europeos llegaran al Nuevo Mundo.

¿Por qué fueron los europeos los que se dirigieron hacia América? Chinos y árabes poseían los recursos y la tecnología para surcar los mares, y ambas civilizaciones navegaban por el océano Indico y por el Pacífico asiático para comerciar. Pero, ¿y la exploración? A mediados del siglo XV, China vivía inmersa en el aislamiento confuciano. Los árabes, que tenían acceso a los minerales y a las especies de África y de Extremo Oriente, no veían necesidad alguna de adentrarse en lo desconocido, no había espíritu explorador.

Europa, sin embargo, necesitaba oro y plata, ya que sus minas no podían hacer frente a la demanda de moneda. Los turcos bloqueaban las rutas terrestres hacia Asia. Sólo el mar ofrecía perspectivas de nuevas riquezas.

No fue hasta el siglo XVIII que la curiosidad intelectual se convirtió en una motivación principal para los exploradores europeos. Hacia 1800, la mayoría de los mares ya habían sido explorados e incluidos en un mapa. Sin embargo, han pasado 120 años desde entonces y la oceanografía, como la astronomía, son disciplinas aun en ciernes. En el 2000, se exploraban las lunas de Júpiter, pero el fondo marino sigue en su mayor parte inexplorado.

La superficie terrestre situada bajo el mar constituye el 71%, y la forma de vida que creen haber encontrado en un meteorito de Marte es similar a la que se ha descubierto en las chimeneas o surgencias hidrotermales en torno a las Galapagos. Estas chimeneas pueden ser el lugar donde se originó la vida en nuestro planeta.

En la árida sabana de Kenya, a escasa distancia del ecuador, el sol desciende verticalmente tras las acacias y las estrellas aparecen en el cielo componiendo un espectáculo de fuegos artificiales. Marte empieza a emitir su brillo ámbar y el cielo es tan transparente que incluso la oscuridad entre cada punto de luz está salpicado con un fino polvo estelar cuyos granos constituyen estrellas distantes e insondables.

La luz de esas estrellas de la galaxia Andrómeda surgió hace millones de años, cuando el homínido denominado Homo erectus cruzaba el valle fluvial de África caminando sobre dos piernas. De África partieron los primeros exploradores en busca de nuevos horizontes y acabaron poblando la Tierra.

Con la llegada del siglo XIX , la mayor parte del mundo estaba conectada debido a que los avances tecnológicos propiciaron la expansión de Estados Unidos así como la colonización de África por Gran Bretaña, Francia , Alemania y Bélgica.

Las regiones polares fueron las últimas en ser definidas y su inclusión en el mapa dio por terminada la era de la exploración terrestre movida por intereses nacionales.

Cinco siglos antes del primer vuelo espacial, los sabios pensaban que el Sol y los planetas giraban alrededor de la Tierra, hasta que el astrónomo Nicolás Copérnico expuso la sorprendente teoría de que la Tierra era la que daba vueltas sobre su eje y en torno al Sol. Esta teoría aceptada por Galileo Galilei, matemático italiano que en 1609 construyó un anteojo ocular de 20 aumentos con el que observó el firmamento.

La exploración científica elevó al hombre, pero al mismo tiempo nos hizo caer del centro del universo. Desde entonces, nos hemos esforzado en comprender el lugar que ocupamos y el papel que desempeñamos. ¿Qué pasará con la vida en la Tierra? ¿Es posible que algún día seamos sorprendidos por la evolución natural de los cuerpos celestes y que nuestra existencia en el tiempo se haya limitado a un abrir y cerrar de ojos? Los humanos somos egocéntricos y tememos la extinción tanto como soledad cósmica. Apartados del centro del universo por la razón, aún seguimos preguntándonos quiénes somos y exploramos profundos cañones submarinos, valles de ríos prehistóricos y llanuras de planetas lejanos.