Tal vez por eso nuestros abuelos no padecieron fiebre del heno.

Las alergias se están volviendo tan comunes que uno podría pensar que se trata de enfermedades contagiosas. Casi puede decirse que están de moda. Hasta el siglo XVIII este trastorno era tan raro que nunca había sido descrito en la literatura médica. Fue en 1819 cuando un médico describió por primera vez una enfermedad que producía picor de ojos y moqueo.

Parece que las alergías respiratorias han aumentado desde entonces. Algunos científicos han propuesto una explicación curiosa, aunque todavía no demostrada: la hipótesis higiénica. Básicamente consiste en que no hay suficiente suciedad en nuestra vida.

la higiene

Para luchar contra los invasores, el sistema inmunitario utiliza un batallón de células, en especial dos grupos de élite llamados Th1 y Th2. Las células Th2 de un alérgico y un asmático están fuera de control, librando una batalla desenfrenada contra sustancias inofensivas. Cuando la Th2 se topa con uno de los millones de granos de polen de gramíneas desencadenan la producción de inmunoglobulina E -un arma diseñada para combatir la enfermedad, no el polen-, produciendo una inflamación de las vías respiratorias.

¿Qué determinó el fallo de la respuesta inmunitaria del ser humano, después de millones de años con un funcionamiento eficaz? La respuesta puede estar en nuestro moderno entorno.

“¿Cual ha sido el principal cambio en materia de salud en los últimos 200 años? Básicamente, la higiene”, dice Calman Prussin, investigador del Instituto Nacional de Alergia y las Enfermedades Infecciosas, de Estados Unidos. Para muchos quedan atrás los tiempos de ambientes insalubres, y de las bacterias, virus y parásitos que los acompañaban. Parece haber menos alergias respiratorias en las sociedades pobres que en las ricas. Presentan menos alergias los que han crecido en medios rurales que los que lo han hecho en ciudades. Y hay menos alérgicos entre los niños que han ido a la guardería.

¿Qué ocurre a nivel celular? Nadie está seguro, pero la clave puede ser el equilibrio de poder entre nuestras defensas Th1 y Th2. Quizás el sistema inmunitario necesite ser calibrado en la infancia, “aprendiendo” a producir Th1, cuando sea asaltado por los agentes infecciosos de enfermedades como la hepatitis A o la tuberculosis. Ahora que estás son menos frecuentes, al menos en ciertas partes del mundo, es posible que no produzcamos suficiente Th1 para ayudar a controlar al desenfrenado Th2.

“Aunque puede que no sea tan malo el picor de nariz”, señala Prussin, si lo comparamos con las dolencias que se sufrían antaño.

No todas la reacciones -a una planta, a un animal doméstico o una píldora- son alergias. Diez de cada cien pacientes de los hospitales de Estados Unidos dicen ser “alérgicos” a la penicilina, pero al menos seis de ellos están equivocados. Los efectos secundarios más comunes más comunes de los antibióticos -diarreas y dolor de estómago- no significan que sea usted alérgico. La auténtica alergia a la penicilina provoca un estallido del sistema inmunitario: las reacciones varían desde simples molestias (urticaria) hasta el riesgo de muerte (constricción de las vías respiratorias y altibajos en la presión sanguínea). Es importante saber si uno es verdaderamente alérgico, porque las penicilina continua siendo el tratamiento de primera elección para las infecciones, desde la faringitis hasta la sífilis. Si su organismo la rechaza, puede que deba sustituirla por un fármaco menos efectivo, más caro y con una lista de efectos secundarios nocivos aún más larga.